El escalofriante misterio de la madre que regresó de la tumba por su hijo

Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento más aterrador de la búsqueda...
El silencio en el cuarto de seguridad era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Roberto seguía apoyado contra la pared, con la respiración entrecortada, mientras la imagen congelada de esa mujer lo observaba desde el monitor.
No era un fantasma, eso lo sabía su instinto.
Los fantasmas no mueven objetos, no firman bitácoras de salida y no se llevan a niños de carne y hueso.
Pero entonces, ¿quién era esa mujer que llevaba el rostro de su difunta esposa como si fuera una prenda de vestir?
— Llama a la policía de inmediato —dijo Roberto, recuperando la firmeza en la voz, aunque sus manos seguían temblando—. Y tú, Esteban, no quites esa imagen. Necesito que la policía vea esto.
El director Gutiérrez ya estaba en el teléfono, hablando con una urgencia que Roberto nunca le había visto.
Mientras tanto, Roberto se acercó de nuevo a la pantalla.
Observó cada detalle.
El abrigo azul, la bufanda de seda con motivos florales...
Esa bufanda.
Roberto cerró los ojos por un segundo, un recuerdo golpeándolo con la fuerza de un rayo.
Esa bufanda había sido un regalo de aniversario.
Elena la llevaba puesta el día del accidente.
Recordaba haber visto jirones de esa seda manchados de sangre entre los restos del vehículo.
La policía le había dicho que la mayoría de sus pertenencias personales habían quedado destruidas o se habían perdido en el barranco donde cayó el coche.
— Esto es un plan —murmuró Roberto para sí mismo—. Alguien nos estuvo observando. Alguien sabe todo.
Diez minutos después, que para Roberto se sintieron como diez años, dos patrullas llegaron al colegio con las sirenas apagadas para no alarmar al resto de los niños que aún quedaban en las actividades extraescolares.
El oficial a cargo, un hombre robusto de nombre Martínez, entró al cuarto de seguridad con expresión escéptica.
— A ver, déjenme entender —dijo Martínez, mirando el monitor—. ¿Usted dice que esta mujer es su esposa fallecida?
— Lo que digo, oficial, es que alguien que se ve exactamente como ella se llevó a mi hijo —respondió Roberto con desesperación—. Mire el video. Mire cómo el niño la reconoce. Mi hijo no se iría con una desconocida.
El oficial Martínez observó la grabación varias veces.
Su escepticismo inicial empezó a resquebrajarse.
Él también era padre y podía ver el lenguaje corporal de Dieguito.
El niño no estaba siendo forzado; estaba feliz.
— Si ella murió, ¿dónde está enterrada? —preguntó el oficial.
— En el cementerio Jardines de la Paz, sector B —respondió Roberto de memoria—. Pero eso no importa ahora. Lo que importa es hacia dónde se fueron.
Esteban, el técnico, intervino señalando otra pantalla.
— Señor, logré captar la matrícula del auto en el estacionamiento trasero. Es un sedán gris, modelo antiguo.
El oficial Martínez anotó los números y se comunicó por radio con la central.
Roberto sentía que el tiempo se le escapaba entre los dedos.
Cada minuto que Dieguito pasaba con esa mujer era un minuto de peligro mortal.
¿Y si era una loca que quería "reemplazar" a Elena? ¿Y si era alguien del pasado de su esposa que él no conocía?
— Central, necesito rastreo inmediato de la placa JX-442 —dijo Martínez por el radio—. Posible secuestro de menor.
La respuesta de la central llegó tres minutos después, y lo que dijeron dejó a todos helados.
— Oficial, esa placa corresponde a un vehículo que fue dado de baja hace dos años. El propietario registrado era Elena Quiroz de Mendoza.
Roberto se tambaleó.
Elena Quiroz de Mendoza. Su esposa.
Ese era el coche en el que ella había muerto.
El coche que, según el informe del desguace, había sido compactado y convertido en chatarra tras el accidente.
— Eso es imposible —gritó Roberto—. ¡Yo vi ese coche destrozado! ¡Yo firmé los papeles del seguro!
— Cálmese, señor Mendoza —dijo el oficial, aunque él mismo se veía perturbado—. Vamos a salir a buscar ese auto. No puede estar muy lejos.
Roberto insistió en ir con ellos.
No iba a quedarse esperando en una oficina mientras su hijo estaba en manos de... lo que sea que fuera esa mujer.
Se subió a la patrulla y empezaron a recorrer las calles aledañas al colegio.
— Piense, Roberto —dijo el oficial Martínez mientras conducía—. ¿Alguien tenía motivos para hacerle daño? ¿Alguna cuenta pendiente de Elena?
Roberto negó con la cabeza.
Elena era una mujer amada por todos.
Era enfermera pediátrica, dedicó su vida a cuidar niños.
No tenía enemigos.
O al menos eso era lo que él creía.
De repente, el radio de la patrulla volvió a sonar.
— Oficial Martínez, tenemos un reporte de un ciudadano. Un sedán gris con esa matrícula fue visto entrando al antiguo sector del cementerio municipal.
Roberto sintió un vacío en el estómago.
¿El cementerio?
¿Por qué llevaría a Dieguito al lugar donde descansaban los muertos?
— ¡Vaya hacia allá! —exigió Roberto—. ¡Rápido!
La patrulla encendió las sirenas ahora sí, abriéndose paso por el tráfico de la tarde.
Roberto miraba por la ventana, susurrando oraciones que no recordaba haber rezado en años.
"Por favor, que esté bien. Por favor, que sea una confusión".
Llegaron a las puertas de hierro del cementerio justo cuando el sol empezaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un color naranja sangre.
El lugar estaba desierto.
El guardia de la entrada, un hombre mayor y medio sordo, les indicó que un coche gris acababa de pasar hacia la zona más antigua, la que ya casi nadie visitaba.
Avanzaron lentamente por los senderos estrechos, flanqueados por ángeles de piedra y tumbas olvidadas.
A lo lejos, bajo un sauce llorón enorme, Roberto vio el brillo de metal gris.
— ¡Ahí está! —gritó.
El oficial Martínez detuvo la patrulla a unos metros.
Bajaron con las armas desenfundadas, pero Roberto no esperó órdenes.
Corrió hacia el coche gris.
Estaba vacío.
Las puertas estaban abiertas y en el asiento trasero estaba la mochila de dinosaurios de Dieguito, tirada como si la hubieran dejado caer con prisa.
— ¡Dieguito! —gritó Roberto con todas sus fuerzas—. ¡Hijo, ¿dónde estás?!
El eco de su propia voz fue la única respuesta.
Entonces, a unos cincuenta metros de distancia, entre las lápidas más altas, Roberto vio una mancha de color azul.
El abrigo.
La mujer estaba de pie frente a una tumba, de espaldas a ellos.
Tenía a Dieguito de la mano.
El niño estaba inusualmente quieto, mirando hacia abajo.
— ¡Suelte al niño! —gritó el oficial Martínez, apuntando con su arma—. ¡Ponga las manos donde pueda verlas!
La mujer no se movió.
Roberto corrió, saltando sobre las tumbas, ignorando el peligro.
Solo quería a su hijo.
— ¡Elena! —gritó él, una parte de su cerebro aún aferrada a la esperanza imposible de un milagro—. ¡Elena, si eres tú, por favor, deja al niño!
La mujer empezó a reír.
No era una risa de alegría, sino un sonido seco, rasposo, como si sus cuerdas vocales no hubieran sido usadas en mucho tiempo.
Lentamente, empezó a girarse.
Roberto se detuvo a pocos metros, con el corazón a punto de estallar.
La luz del atardecer le daba de lleno en la cara a la mujer.
Lo que vio no fue a su esposa.
Era un rostro que parecía una máscara de cera mal moldeada.
La piel estaba tirante, con cicatrices quirúrgicas que bordeaban la línea del cabello y los ojos.
Era alguien que se había sometido a decenas de cirugías para parecerse a Elena, pero el resultado era una parodia grotesca y aterradora.
— ¿Roberto? —dijo la mujer, y su voz, aunque forzada, tenía el mismo tono que la de su esposa—. ¿No vas a darme un beso después de tanto tiempo?
Roberto se quedó paralizado por el horror.
Sabía quién era.
Solo había una persona en el mundo capaz de tal nivel de obsesión y locura.
— ¿Sofía? —susurró Roberto, con un hilo de voz—. ¿Eres tú?
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