El horror de un padre: “Mi esposa lleva veinte años muerta, entonces ¿quién recogió a mi hijo?”

— “¿Cómo que se lo llevó mi esposa? Eso es imposible…” — murmuró Ricardo, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
La maestra Aurora, una mujer de unos cuarenta años con gafas de carey y una sonrisa profesional que empezaba a desmoronarse, sostuvo la lista de asistencia como si fuera un escudo.
— “Señor Mendoza, su esposa llegó hace casi una hora. Muy elegante, vestida de azul. El pequeño Santiago salió corriendo a abrazarla. Fue un momento muy tierno, se lo aseguro.”
Ricardo sintió que su corazón dejaba de latir por un segundo. Luego volvió con una fuerza brutal, golpeándole el pecho como un animal enjaulado.
— “No entiendo, discúlpeme, pero mi esposa… mi esposa no pudo haber venido” — dijo con voz temblorosa, pasándose la mano por el cabello canoso.
La maestra Aurora frunció el ceño, empezando a sentirse incómoda.
— “Señor Mendoza, ¿se encuentra bien? Parece pálido. ¿Quiere un vaso de agua?”
Pero Ricardo ya no la escuchaba. Se llevó ambas manos a la cabeza, cerró los ojos con fuerza y dejó escapar un sonido que no era ni risa ni llanto. Era algo más profundo, más aterrador.
— “Usted no lo entiende” — dijo al fin, con una voz que salía de algún lugar oscuro dentro de él — . “Mi esposa… Elena… lleva veinte años muerta.”
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
La maestra Aurora abrió la boca varias veces como un pez fuera del agua. Sus ojos recorrieron el rostro de Ricardo buscando alguna señal de broma, algún indicio de que todo era una farsa. Pero lo que encontró fue un hombre destrozado, con lágrimas brotando de sus ojos y un temblor incontrolable en sus manos.
— “Eso no es posible” — logró articular ella — . “La vi. La vi con mis propios ojos. Hablamos, incluso. Me dijo que venía a sorprender a Santiago porque quería llevarlo a comer helado.”
Ricardo se tambaleó hacia atrás y tuvo que apoyarse en la pared del pasillo. Las paredes de la escuela, pintadas de un amarillo alegre con dibujos de niños y estrellas, parecían burlarse de él.
— “Necesito ver las cámaras” — exigió con una voz que ya no era un ruego, sino una orden desesperada — . “Por favor, necesito ver las cámaras. Ahora.”
Fue en ese momento cuando la directora del plantel, la señora Patricia Villanueva, apareció en escena.
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Patricia era una mujer de unos cincuenta y cinco años, de presencia imponente y porte militar. Dirigía esa escuela desde hacía quince años y había visto de todo: niños perdidos, padres discutiendo, incluso un intento de secuestro que ella misma frustró con una plancha de metal. Pero nunca, jamás, había visto a un padre temblar de esa manera.
— “¿Qué está sucediendo aquí?” — preguntó con su voz grave, acercándose con paso firme.
La maestra Aurora balbuceó una explicación incoherente mientras Ricardo sollozaba de pie, apoyado contra la pared. La directora hizo una pausa. Estudiando la escena con calma profesional.
— “Señor Mendoza” — dijo Patricia, colocando una mano sobre su hombro — . “Venga conmigo. Vamos a revisar las cámaras de seguridad juntos. Pero primero debe respirar.”
Ricardo levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, hinchados, pero había en ellos una determinación feroz.
— “No entiende nada” — dijo roncamente — . “Mi esposa murió hace veinte años. Yo la enterré. Mis hijos la vieron partir. La pusimos en la tierra. Esto… esto es imposible.”
Patricia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo a lo sobrenatural. Era algo peor: la certeza de que estaban a punto de descubrir algo que ninguno de ellos estaba preparado para enfrentar.
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El cuarto de las cámaras
El cuarto de seguridad era pequeño y abarrotado. Un monitor principal mostraba doce cuadros en tiempo real de diferentes áreas de la escuela. Un técnico joven, apenas mayor de veinte años, casi se atraganta con su café cuando la directora entró con un padre llorando y una maestra pálida como una hoja.
— “Héctor” — ordenó Patricia con autoridad — . “Necesitamos el video de la entrada principal de hace una hora. Rebobina.”
El joven obedeció de inmediato. Sus dedos volaron sobre el teclado mientras buscaba el momento exacto. Ricardo permanecía de pie detrás de ellos, con los brazos cruzados, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi lo hacía sangrar.
— “Ahí está” — dijo Héctor — . “Es la franja de las 2:30 a las 3:30 de la tarde.”
En la pantalla, la entrada vacía de la escuela parecía un escenario a la espera de sus actores. Unos cuantos niños cruzaban con sus mochilas al hombro. Un par de madres conversaban en la acera.
— “Aquí” — señaló la maestra Aurora — . “Ahí llega… ella.”
Ricardo se inclinó hacia adelante, su corazón martillando tan fuerte que podía oírlo en sus oídos.
Y entonces la vio.
Una mujer de vestido azul, cabello oscuro recogido en un moño elegante. Una mujer de espaldas a la cámara. Una mujer que caminaba con una gracia que le resultaba terriblemente, dolorosamente familiar.
— “Esa silueta…” — susurró Ricardo, sintiendo que las piernas le fallaban — . “Esa forma de caminar…”
La mujer en la pantalla se detuvo frente a la puerta principal. Levantó una mano para saludar a alguien dentro. Y entonces, como si supiera exactamente que estaban mirando, giró lentamente su rostro hacia la cámara.
El grito de Ricardo retumbó en todo el edificio.
La directora retrocedió un paso. La maestra Aurora se llevó las manos a la boca. El técnico Héctor soltó el teclado como si quemara.
Porque lo que vieron en esa pantalla eran los ojos vacíos y oscuros de Elena Mendoza.
La mujer que llevaba veinte años muerta.
La piel se le puso de gallina a todos los presentes. Pero lo peor no era el rostro: era la sonrisa. Una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Ricardo sintió que el mundo entero se derrumbaba a su alrededor. Pero aún faltaba lo más aterrador. ¿Qué había hecho esa mujer con su hijo?
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