El juramento de un hombre acorralado y la fría mirada de quien no perdona una traición

Seguimos exactamente donde quedó la escena, con el tiempo corriendo en contra de Mateo...

El tic-tac de un reloj imaginario resonaba en los oídos de Mateo con la fuerza de un mazo golpeando un yunque.

Sesenta segundos.

Ese era el tiempo que separaba su existencia de un final violento en un suelo de concreto olvidado por Dios.

Don Valerio se quedó de pie, observando su reloj de pulsera con una indiferencia que hielaba la sangre.

Mateo cerró los ojos con fuerza, tratando de bloquear el miedo para que su cerebro pudiera funcionar.

Recordó la reunión en la casa de seguridad tres días antes del golpe.

Estaban todos: "El Chino", Fabián, Rodrigo y, por supuesto, el propio Mateo.

Don Valerio había extendido los mapas sobre la mesa de billar, señalando con el dedo el muelle 14.

"Aquí es donde la vida nos va a cambiar a todos", había dicho el jefe con esa confianza que lo caracterizaba.

Mateo repasó cada detalle. Fabián se rascaba el cuello nerviosamente, pero él siempre era así. El Chino no dejaba de mirar su teléfono, algo que Valerio siempre prohibía.

¿Había sido El Chino? No, él le debía la vida a Valerio desde que lo sacaron de aquella cárcel en la frontera.

Entonces, un recuerdo fugaz cruzó la mente de Mateo.

Un detalle que en su momento pareció insignificante, pero que ahora, bajo la presión de la muerte, cobraba un sentido aterrador.

Rodrigo, el sobrino consentido de Valerio, se había levantado dos veces al baño durante la reunión.

Y en una de esas ocasiones, Mateo, que iba a buscar más café a la cocina, lo vio salir por la puerta trasera hablando por un radio de corto alcance.

En ese momento, Mateo pensó que Rodrigo simplemente estaba coordinando con la seguridad exterior.

Pero ahora, al conectar los puntos, el panorama era muy distinto.

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—Se te acaba el tiempo, Mateo —la voz de Valerio cortó el aire como una navaja.

Mateo abrió los ojos. El sudor le empapaba la camisa y el pecho le subía y bajaba con dificultad.

Si decía que fue Rodrigo, Valerio probablemente lo mataría ahí mismo por atreverse a calumniar a su propia sangre.

Rodrigo era el hijo de la hermana fallecida de Valerio, el "niño dorado" que el jefe juró proteger por encima de todo.

Acusarlo sin pruebas sólidas era un suicidio.

Pero no decir nada también lo era.

—Patrón... —empezó Mateo, con la lengua pesada—. ¿Qué pasaría si el que habló es alguien a quien usted ama demasiado?

Valerio entrecerró los ojos. Por primera vez en toda la noche, su máscara de frialdad mostró una grieta de duda.

—¿De qué estás hablando? Habla claro si no quieres que te corte la lengua antes de que dejes de respirar.

Mateo respiró hondo, llenando sus pulmones de ese aire viciado.

—El día de la reunión en la casa de seguridad... Rodrigo salió al patio. Lo vi con un radio. No era un celular, era un radio de frecuencia privada.

El silencio que siguió a esas palabras fue tan profundo que Mateo pudo escuchar su propio pulso martilleando en sus sienes.

Valerio se quedó petrificado. Su mano, que aún sostenía el cigarrillo, tembló apenas un milímetro, pero Mateo lo notó.

—Ten mucho cuidado con lo que dices, Mateo —susurró Valerio, y esta vez su voz no era fría, era peligrosa de una manera nueva—. Rodrigo es mi sangre. Él ha estado a mi lado desde que era un mocoso.

—Y por eso mismo nadie sospecharía de él —replicó Mateo, ganando una pizca de valor al ver que no lo habían matado de inmediato—. Él sabía que usted nunca lo investigaría. Él sabía que, si algo salía mal, la culpa caería sobre alguien como yo. Alguien con problemas, alguien "prescindible".

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Valerio caminó hacia Mateo y lo agarró por las solapas de la chaqueta, levantándolo parcialmente del suelo con una fuerza sorprendente para su edad.

—¡Me estás pidiendo que crea que mi propio sobrino me vendió! ¿Por qué lo haría? ¡Él lo tiene todo!

—No lo tiene todo, patrón —dijo Mateo, mirando fijamente a los ojos del hombre que podía terminar con su vida en un segundo—. Él quiere el trono. Y sabe que mientras usted esté al mando, él siempre será el "sobrino". Él no quiere el cargamento, él quiere que usted caiga para él quedarse con el imperio.

Valerio soltó a Mateo, quien cayó de espaldas contra el suelo.

El jefe se dio la vuelta, dándole la espalda a todos. Sus hombros se veían pesados, como si el mundo entero se hubiera desplomado sobre ellos.

Era el momento del clímax emocional de la noche. El hombre más temido de la ciudad estaba enfrentando la traición más dolorosa de todas: la de la familia.

De repente, la puerta del almacén se abrió de par en par.

La luz de los faros de una camioneta iluminó el interior, cegando a Mateo momentáneamente.

Unos pasos rápidos y seguros resonaron sobre el cemento.

—¡Tío! ¡Ya llegué! —la voz de Rodrigo llenó el espacio con una alegría fingida que a Mateo le resultó nauseabunda—. Me dijeron que tenías a la rata aquí. ¿Ya confesó este desgraciado?

Rodrigo se acercó al círculo de luz, luciendo su habitual chaqueta de cuero costosa y una sonrisa de suficiencia.

Se detuvo al lado de su tío y miró a Mateo con un desprecio infinito.

—Míralo, tío. Se nota en su cara que es culpable. Déjame terminar esto por ti. No te ensucies las manos con este traidor.

Rodrigo sacó su arma cromada y la apuntó directamente a la frente de Mateo.

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Mateo no cerró los ojos esta vez. Miró a Rodrigo con una mezcla de lástima y desafío.

—¿Vas a matarme para que no hable, Rodrigo? —preguntó Mateo con voz tranquila—. ¿O vas a matarme porque te duele que te hayan descubierto?

Rodrigo soltó una carcajada nerviosa y miró a su tío, esperando una orden.

—¿De qué habla este loco, tío? Está delirando por el miedo.

Don Valerio seguía de espaldas, inmóvil.

El ambiente estaba tan cargado de tensión que parecía que el aire mismo iba a estallar en llamas.

Los hombres armados en las sombras movieron sus armas, sin saber a quién apuntar.

—Rodrigo —dijo finalmente Valerio, sin darse la vuelta—. Mateo dice que te vio con un radio el día de la reunión.

El silencio volvió a caer, más pesado que nunca.

La mano de Rodrigo, la que sostenía el arma, flaqueó por un instante casi imperceptible.

—¿Un radio? Tío, por favor... —Rodrigo intentó reír, pero el sonido salió forzado, como un vidrio rompiéndose—. Mateo está inventando cuentos para salvar su pellejo. Sabes que yo daría la vida por ti.

Valerio se dio la vuelta lentamente. Su rostro no mostraba ira, sino una tristeza infinita.

En su mano derecha, sostenía un pequeño dispositivo negro que acababa de sacar de su bolsillo interior.

Era el radio de Rodrigo.

—Lo encontré en tu camioneta hace una hora, hijo —dijo Valerio con un hilo de voz—. Quería creer que era para la seguridad. Quería creer que Mateo mentía incluso antes de que él abriera la boca.

Rodrigo palideció. Sus ojos saltaron de su tío a Mateo, y luego a la puerta.

—Tío, puedo explicarlo... —comenzó a decir Rodrigo, pero su voz se extinguió cuando vio que todos los hombres en el almacén ahora le apuntaban a él.

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