El Niño que le Pidió Trabajo a Cambio de un Taco, y el Hombre que le Dio Mucho Más que Comida

Doce Años Después
El tiempo en esa esquina de la Avenida Morelos pasaba de forma curiosa.
Las temporadas se distinguían no por el frío o el calor, sino por los clientes que venían y se iban. Los estudiantes llegaban en agosto y desaparecían en diciembre. Los albañiles se quedaban meses y luego no volvían. Los borrachitos de los viernes eran casi siempre los mismos.
Don Aurelio cumplió setenta y tres años un martes sin que nadie se lo festejara.
Bueno, la señora Consuelo, que vendía elotes tres puestos más allá, le trajo un pedazo de pastel envuelto en papel aluminio. Con eso fue suficiente. Con eso siempre había sido suficiente.
Pero los años habían empezado a cobrarle factura de formas que ya no podía ignorar.
La rodilla derecha le tronaba cada mañana cuando se levantaba. La vista le había fallado lo suficiente para necesitar lentes, aunque los lentes que tenía eran viejos y ya no graduaban bien. Y hacía tres meses, el médico de la clínica comunitaria le había dicho algo sobre la presión que don Aurelio prefería no recordar muy seguido.
El puesto seguía funcionando, pero ya no con la misma energía de antes.
Algunos días, cuando el dolor de rodilla era especialmente insistente, don Aurelio se preguntaba cuánto tiempo más podría seguir parado frente al comal. Y después de esa pregunta venía otra, más oscura, que prefería espantar con trabajo: ¿qué sería de él cuando ya no pudiera?
No tenía hijos. Su esposa, doña Carmen, había muerto hacía nueve años de un derrame cerebral que no dio aviso.
Tenía una hermana en Querétaro con quien hablaba por teléfono cada quince días. Y tenía el puesto. Y tenía la esquina. Y con eso, de alguna manera, había sido suficiente.
Ese jueves de marzo era una tarde normal.
El cielo tenía ese color blanco lavado de cuando la lluvia amenaza pero no termina de decidirse. Había cuatro clientes sentados: dos compañeros de trabajo que discutían de fútbol, una mujer joven con un bebé cargado, y un señor mayor que leía el periódico doblado en cuatro.
Fue entonces cuando se detuvo el carro.
Un BMW negro, modelo reciente, con los vidrios polarizados y las llantas de esas que hacen que cualquier carro parezca más serio. Se estacionó justo frente al puesto, cosa que no era común. Por esa calle no estacionaban carros así. Por esa calle casi no pasaban carros así.
Los dos que discutían de fútbol se callaron automáticamente.
La mujer del bebé miró hacia la calle con curiosidad discreta.
El señor del periódico bajó el diario unos centímetros.
La puerta del conductor se abrió.
Bajó un hombre joven. Tendría alrededor de veintidós o veintitrés años. Vestía un traje azul marino perfectamente cortado, camisa blanca sin corbata, zapatos negros con ese brillo que solo da el cuero genuino. El reloj en la muñeca izquierda captó un destello de luz, aunque el cielo estuviera nublado.
Caminó hacia el puesto con pasos tranquilos, sin apuro.
Don Aurelio lo vio venir y asumió lo que cualquiera hubiera asumido: que el joven se había equivocado de lugar, que buscaba otra dirección, que en cualquier momento miraría el celular y se daría vuelta.
Pero el joven no miró el celular.
Se acercó al puesto. Se paró justo frente al comal. Y se quedó ahí, mirando al viejo, con una expresión en la cara que era imposible de leer del todo: había algo de nostalgia, algo de emoción contenida, algo que pugnaba por salir.
— Buenas tardes — dijo, con una voz tranquila y profunda.
— Buenas tardes — respondió don Aurelio, con la cordialidad automática de años de oficio. — ¿Qué le damos?
El joven no respondió de inmediato.
Miró el comal. Miró las tortillas apiladas. Miró el letrero escrito a mano con marcador negro en una cartulina ya amarillenta. Miró el banco de plástico azul.
— ¿Sigue teniendo de tripa? — preguntó.
— Sí, señor. Con todo, ¿le pongo?
— No — dijo el joven, despacio. — Yo quiero lo mismo que me dio hace doce años. Tres de carne. Frijoles. Y agua de jamaica.
Don Aurelio frunció el ceño.
Algo en esa frase le jaló un hilo adentro, de esos hilos que conectan con momentos que uno creía olvidados.
— Perdone — dijo, con cuidado. — ¿Nos conocemos?
El joven sonrió. Y en esa sonrisa — en la forma exacta en que se curvaban las comisuras, en el gesto casi imperceptible de quien cierra los ojos un segundo antes de responder — don Aurelio vio algo. Un fantasma. Un recuerdo.
— Me llamo Mateo — dijo el joven. — Tenía once años la última vez que estuve aquí. Usted me dio de comer sin pedirme nada a cambio. Y me dijo que había un albergue en la calle Reforma.
El comal siguió sonando.
El viento movió la servilleta del señor del periódico.
Don Aurelio no dijo nada durante varios segundos. Se quedó mirando al joven. Buscando en esa cara adulta, en esos rasgos firmes y seguros, al niño de la camiseta gris, de los pies sucios, de la mirada que sabía demasiado.
Y lo encontró.
Estaba ahí, escondido detrás de los años y del traje azul marino, pero estaba.
— Mateo — repitió, casi en un susurro.
— Mateo — confirmó el joven, y ahora sí se le quebró la voz, solo un poco, solo lo suficiente para que fuera real.
Los dos que discutían de fútbol ya no discutían. La mujer del bebé tenía los ojos brillantes sin saber exactamente por qué. El señor del periódico había bajado el diario por completo.
Don Aurelio rodeó el comal.
Caminó hacia el joven con esa lentitud de la rodilla mala, y cuando llegó frente a él, Mateo no esperó más. Abrió los brazos y abrazó al viejo con esa fuerza tranquila de quien lleva años ensayando ese momento en la cabeza.
Don Aurelio tardó un segundo. Y luego correspondió el abrazo.
— Muchacho — fue lo único que atinó a decir.
Estuvieron así un momento que nadie se atrevió a interrumpir.
Cuando se separaron, don Aurelio tenía los ojos rojos. Mateo también, aunque intentaba disimularlo con una sonrisa.
— ¿Cómo...? — empezó a preguntar el viejo. — ¿Cómo estás? ¿Qué pasó contigo?
— Eso es lo que vine a contarle — dijo Mateo. — Pero primero... primero necesito que sepa algo, don Aurelio.
El viejo parpadeó.
— ¿Sabe cómo sé su nombre? — continuó Mateo. — Porque volví dos veces a este puesto a buscarlo. Una a los quince años. Otra a los diecinueve. Las dos veces me dijeron que usted no estaba. Pero no me rendí. Porque hay cosas que no se pueden dejar sin agradecer.
Don Aurelio no supo qué decir.
— Usted no me dio solo comida esa noche — dijo Mateo, con una voz que ya no temblaba sino que pesaba. — Me dio la idea de que existían personas buenas. Y eso, en ese momento de mi vida, fue lo único que necesitaba para seguir.
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