El Pacto de Sangre: La foto que reveló el infierno de una venta

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El corazón de Elena latía con una fuerza desmedida, un tambor frenético en su pecho. Las palabras de Arturo, "muy, muy doloroso", resonaron en la habitación como una sentencia de muerte.
"¿Doloroso? ¿Qué vas a hacerme?", preguntó Elena, su voz temblorosa, pero con una chispa de desafío que no sabía de dónde venía. No se rendiría sin luchar.
Arturo rió, un sonido áspero y seco. "Oh, no será un dolor físico, Elena. Eso es demasiado trivial. El pacto exige algo mucho más profundo. Algo que solo tú puedes dar".
Se detuvo, saboreando el terror en los ojos de Elena. "No quiero tu vida, Elena. Quiero tu esencia. Tu capacidad de amar, de sentir alegría, de soñar. Quiero que seas un cascarón vacío. Y que el fruto de tu vientre... sea la verdadera ofrenda".
El aire se le atascó en la garganta. ¿Fruto de su vientre? ¿Un hijo? La idea le revolvió el estómago. ¿Quería un heredero forzado, un sacrificio inocente para su pacto macabro?
"¡No! ¡Nunca!", gritó Elena, la rabia finalmente superando el miedo. "¡No te daré un hijo para tu locura! ¡No te daré nada!"
Arturo la miró con una expresión de desprecio. "No tienes elección. El pacto se nutre del dolor, del desgarro familiar. Y tu madre lo ha asegurado. Ella misma fue la primera en ofrecerte, antes incluso de que nacieras".
La Traición Oculta: Un Secreto Familiar Aún Más Oscuro
"¿Mi madre... me ofreció?", Elena apenas podía procesar las palabras. La avaricia de Doña Rosa era conocida, pero ¿esto? ¿Ofrecerla a un pacto oscuro antes de nacer? Era una dimensión de maldad que no había imaginado.
Arturo asintió lentamente. "Doña Rosa tenía una deuda. Una deuda de sangre con mi familia. Su padre, tu abuelo, rompió un juramento. Un juramento que garantizaba la prosperidad de los nuestros a cambio de una vida. La vida de Laura".
Un escalofrío recorrió a Elena. "Mi abuelo... ¿qué hizo?"
"Tu abuelo, en su juventud, se enamoró de Laura", reveló Arturo, y por un momento, un destello de algo parecido a resentimiento cruzó sus ojos. "Él, un humilde peón de mis tierras, intentó rescatarla del destino que le esperaba. Falló, por supuesto. Pero en su desesperación, hizo un trato. Un trato con mi abuelo".
"¿Qué clase de trato?", preguntó Elena, ahora completamente inmersa en la oscura historia familiar que se desplegaba ante ella.
"Ofreció a su primera nieta mujer", dijo Arturo con una sonrisa cruel. "Tú, Elena. A cambio de la seguridad de su propia hija, Doña Rosa, y de una pequeña fortuna que les permitió huir de la miseria. Tu madre siempre supo el precio de su existencia".
El giro la golpeó como un rayo. Su propia existencia era el resultado de un pacto. Su madre, Doña Rosa, no solo la había vendido por codicia, sino que había sido salvada por un pacto que ahora Elena debía pagar. La sangre de su abuelo, la desesperación de su madre, todo se unía en una madeja de horror.
"Mi madre... mi abuelo...", Elena sentía que el aire le faltaba. "¡Todo este tiempo! ¿Y ella me entregó sin pestañear?"
"Tu madre es una superviviente, Elena", dijo Arturo, con un tono que casi parecía justificarla. "Hizo lo que tenía que hacer para asegurar su propia vida. Y ahora, tú harás lo mismo. Por el bien de la tradición. Por el bien de mi linaje. Y por el bien de un futuro que te espera, vacío y sin esperanza, a mi lado".
Arturo se acercó a un armario antiguo, de madera oscura, y sacó una túnica ritual. El aire de la habitación se volvió más denso, cargado de una energía maligna. Elena vio los objetos que había en el armario: velas negras, hierbas secas, una daga curva de obsidiana.
"Es hora, Elena", dijo Arturo, su voz ahora grave y resonante, como un eco de tiempos ancestrales. "El ritual nos espera. Y el amanecer traerá la renovación... o la oscuridad eterna".
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