El peso de la verdad bajo los techos de mármol

Continuamos con la historia donde la dejamos... la tensión se puede cortar con un cuchillo.
Viviana humedeció sus labios.
Su mente volaba.
En su habitación tenía guardados varios sobres con dinero que había ido sustrayendo, pero no recordaba ninguno específicamente "amarillo" que Elena le hubiera entregado esa mañana.
Sin embargo, su arrogancia y su necesidad de mantener el control la traicionaron.
Pensó que si negaba haber recibido algo de Elena, parecería que la empleada estaba inventando historias.
Pero luego pensó lo contrario: si decía que sí lo había recibido y que era suyo, cerraría el tema de una vez.
—Ah, ese sobre —dijo Viviana, forzando una sonrisa de suficiencia—. Sí, por supuesto. Lo recibí. Eran unos documentos personales que me llegaron por mensajería. ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso también querías robártelo?
Don Ricardo frunció el ceño.
Miró a Elena, esperando su reacción.
La empleada doméstica mantuvo una calma gélida, una calma que empezó a poner nerviosa a Viviana.
—¿Segura que lo recibió, señora? —insistió Elena—. ¿Segura que era "papelería personal"?
—¡Absolutamente segura! —estalló Viviana—. Ricardo, ¿ves cómo me está interrogando? Me lo entregó en la cocina antes del desayuno. Lo subí a mi habitación y lo guardé en mi cajón. ¿Contenta ahora? ¡Ya admite que mientes y lárgate!
Don Ricardo suspiró profundamente.
Se sentó de nuevo tras su escritorio y se cubrió la cara con las manos por un momento.
Cuando levantó la vista, sus ojos no tenían rastro de duda, sino de una profunda tristeza.
—Viviana... —dijo él con voz ronca—. Hoy no ha venido ningún mensajero a esta casa. Y Elena estuvo conmigo en el jardín desde las siete de la mañana ayudándome a organizar unas macetas viejas antes de entrar a la oficina.
El color desapareció del rostro de Viviana de forma instantánea.
Se quedó con la boca entreabierta, como si el aire le faltara de repente.
—Yo... yo me confundí de día —tartamudeó ella—. Quizás fue ayer... o quizás fue otro sobre...
—No hubo ningún sobre amarillo, Viviana —sentenció Ricardo, levantándose y caminando hacia ella—. Elena nunca me habló de un sobre hasta hace un minuto. Se lo inventó para ver si mentías. Y mentiste con una naturalidad que me asusta.
—¡Ricardo, me tendió una trampa! —gritó Viviana, tratando de agarrar el brazo de su marido—. ¡Es una trampa de esta mujer para separarnos! Ella me odia porque tengo lo que ella nunca tendrá.
—No, Viviana —dijo él, apartándola con suavidad pero con firmeza—. Ella no te tendió una trampa. Tú te pusiste la soga al cuello sola. Si no tuvieras nada que ocultar, habrías dicho la verdad: que no sabías de qué sobre estaba hablando. Pero estabas tan desesperada por cubrir tus huellas que aceptaste una mentira como verdad.
Elena se mantenía a un lado, en silencio.
No sentía alegría.
Sentía una mezcla de alivio y pena.
Pena por Don Ricardo, un hombre que le había dado todo a una mujer que solo lo veía como una fuente de ingresos ilimitada.
—Ricardo, por favor... —sollozó Viviana, forzando unas lágrimas que empezaban a arruinar su maquillaje—. He estado bajo mucho estrés. Mis padres tienen deudas, yo no quería molestarte...
—¿Tus padres? —preguntó Ricardo—. Les envío una mensualidad generosa cada mes. ¿De qué deudas hablas?
Viviana guardó silencio.
La red de mentiras que había tejido durante años se estaba desmoronando hebra por hebra.
Elena decidió que era el momento de soltar la última pieza del rompecabezas.
—No es para sus padres, señor —dijo Elena con voz suave—. Es para el casino clandestino de la calle 14. La he oído hablar por teléfono varias veces. Debe mucho dinero, y los hombres que regentean ese lugar no son personas que acepten un "luego te pago".
Viviana se giró hacia Elena con una furia animal en los ojos.
Si las miradas pudieran matar, Elena habría caído muerta en ese mismo instante.
—¡Maldita gata! ¡Te voy a destruir! —gritó Viviana, lanzándose hacia ella con las uñas por delante.
Pero Don Ricardo fue más rápido.
La sujetó del brazo antes de que pudiera tocar a Elena.
—¡Basta! —rugió él. Su voz retumbó en las paredes de la biblioteca como un trueno—. Ya has hecho suficiente daño en esta casa, Viviana.
La mujer se detuvo, jadeando.
Se dio cuenta de que había perdido.
La máscara de "esposa perfecta" estaba en el suelo, rota en mil pedazos.
Ya no había vuelta atrás.
—Quiero que subas a tu habitación —dijo Ricardo, con una frialdad que asustó incluso a Elena—. Empaca una maleta. Solo una. Lo que quepa en ella. El resto de tus cosas se quedarán aquí hasta que mis abogados decidan qué te pertenece, que te aseguro, será muy poco.
—¡No puedes hacerme esto! —chilló ella—. ¡Soy tu esposa! ¡Tenemos un contrato prenupcial que me protege!
—Un contrato que tiene una cláusula muy clara sobre conducta deshonesta y robo —respondió él—. Mis abogados se encargarán de recordártelo. Ahora, vete de mi vista antes de que llame a la policía por el dinero que falta en mi caja fuerte.
Viviana miró a su alrededor.
Vio a su marido, que ya no la miraba con amor, sino con asco.
Vio a Elena, la mujer a la que siempre había despreciado, de pie con la frente en alto.
Sin decir una palabra más, dio media vuelta y salió de la biblioteca, sus tacones golpeando el mármol con un sonido que ahora parecía el de una marcha fúnebre.
Don Ricardo se dejó caer en su silla.
Parecía haber envejecido diez años en diez minutos.
Se frotó las sienes, tratando de procesar que su vida matrimonial había sido una farsa financiada por sus propios ahorros.
—Elena —dijo él, sin levantar la vista.
—¿Sí, señor?
—Perdóname. Perdóname por no haberte creído desde el principio. Por haber dejado que esa mujer te humillara en mi presencia.
—No hay nada que perdonar, señor —respondió ella—. Yo solo cumplía con mi deber. Usted siempre ha sido bueno conmigo y con mi familia. No podía dejar que le siguieran viendo la cara de esa manera.
Ricardo levantó la vista.
Había un brillo de admiración en sus ojos.
Se dio cuenta de que la verdadera lealtad no se compra con vestidos caros ni con cenas de lujo.
La lealtad estaba allí, frente a él, vestida con un uniforme sencillo y con las manos gastadas por el trabajo.
—Ella dijo que te irías hoy mismo —dijo Ricardo con una pequeña sonrisa triste—. Pero se equivocó. No te vas a ir. De hecho, necesito a alguien de absoluta confianza que me ayude a poner orden en esta casa y en mis asuntos personales. Alguien que no me mienta, nunca.
Elena sintió que un peso inmenso se le quitaba de encima.
Su trabajo estaba a salvo.
Su honor estaba intacto.
Pero la historia no terminaba ahí.
Porque cuando Viviana bajó las escaleras media hora después con su maleta de diseñador, se encontró con algo que no esperaba.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA