El secreto bajo el uniforme: El día que la reclusa más silenciosa les enseñó lo que es el verdadero miedo

Estás en la parte 2: la historia continúa y el misterio está a punto de revelarse...
El silencio que siguió al golpe fallido de Marta fue más pesado que el mismo concreto de las celdas.
Nadie en ese penal había visto jamás a alguien esquivar un ataque de "La Coronela" con tanta gracia y velocidad.
No fue solo suerte; Elena se movió como si supiera exactamente hacia dónde iría el golpe antes de que Marta siquiera lo pensara.
—Te di una oportunidad —susurró Elena, y su tono de voz hizo que las reclusas que observaban dieran un paso atrás de forma instintiva.
Gorda Betty, viendo que su jefa había quedado en ridículo, se lanzó al ataque por el flanco izquierdo, tratando de taclear a la pequeña mujer.
Elena ni siquiera la miró directamente.
Simplemente dio un paso lateral, usó la propia inercia de la atacante y, con un movimiento sutil de su pie, la hizo tropezar de tal manera que Betty terminó aterrizando pesadamente contra un montón de ropa sucia, gimiendo de dolor.
La Flaca, armada con un cepillo de cerdas duras, intentó atacar por detrás, pero Elena reaccionó con una patada circular que le arrebató el objeto de las manos antes de que pudiera parpadear.
En menos de diez segundos, las tres mujeres más temidas del pabellón estaban desconcertadas, mientras Elena permanecía allí, de pie, con la respiración perfectamente calmada.
—¿Quién diablos eres tú? —preguntó Marta, con la voz temblorosa, mientras retrocedía.
En ese forcejeo, el uniforme de Elena se había rasgado ligeramente en el hombro y el cuello.
Fue entonces cuando la luz mortecina de los tubos fluorescentes iluminó lo que Elena había estado ocultando celosamente bajo esa tela gris y barata.
En la base de su cuello, justo encima de la clavícula, asomaba el borde de un tatuaje negro y rojo.
No era un tatuaje de prisión, hecho con tinta de bolígrafo y agujas improvisadas.
Era un diseño profesional, nítido y cargado de significado: un águila imperial rodeada de alambre de espino y una inscripción en latín que las reclusas no entendían, pero que los militares de élite reconocerían en cualquier parte del mundo.
Pero eso no era lo más impactante.
A medida que el uniforme se desplazaba, se hicieron visibles una serie de cicatrices que cruzaban su torso y brazos.
No eran cortes de peleas callejeras.
Eran cicatrices de quemaduras de grado militar, marcas de metralla y la inconfundible huella de una entrada de bala que había sido curada en el campo de batalla.
Marta, que había sido parte de grupos paramilitares antes de caer presa, reconoció las marcas de inmediato.
Se le puso la piel de gallina. No estaba frente a una "hormiguita".
Estaba frente a una depredadora de alto nivel que, por alguna razón, había decidido jugar a ser presa.
—Ese tatuaje... —balbuceó Marta, bajando la vara de metal—. Tú... tú eres de la Unidad de Sombras.
Elena no dijo nada, pero su silencio fue la confirmación más aterradora.
La Unidad de Sombras era una leyenda urbana en el mundo del crimen y la milicia; un grupo de operaciones especiales tan secreto que el gobierno negaba su existencia.
Eran expertos en combate cuerpo a cuerpo, supervivencia y, sobre todo, en pasar desapercibidos hasta que llegaba el momento de golpear.
—¿Por qué una mujer como tú terminaría en este agujero? —preguntó una de las reclusas desde el fondo, con la curiosidad venciendo al miedo.
Elena finalmente bajó la guardia, pero no su intensidad.
Se acomodó el uniforme, tratando de cubrir de nuevo las marcas de su pasado, pero el secreto ya estaba fuera.
—A veces —comenzó Elena, mirando a Marta directamente a los ojos—, uno elige el castigo para proteger a los que no pueden defenderse. Y a veces, uno necesita el silencio para olvidar que es un monstruo.
En ese momento, las puertas del lavadero se abrieron de golpe.
Los guardias, que usualmente tardaban minutos en intervenir para dejar que las peleas "se resolvieran solas", entraron corriendo.
Pero lo que hicieron a continuación dejó a todas las reclusas con la boca abierta.
El jefe de seguridad del penal, un hombre rudo que no le mostraba respeto a nadie, entró y se detuvo en seco al ver a Elena.
No sacó su macana. No gritó órdenes de "al suelo".
Se cuadró de hombros y, por un segundo que pareció una eternidad, hizo un ligero gesto con la cabeza, casi como un saludo militar de respeto.
—Capitana —dijo el guardia con una voz baja que solo los más cercanos pudieron oír—. Ha llegado una orden de revisión de su caso. El Ministerio ha hablado.
Elena cerró los ojos por un momento, dejando escapar un suspiro que parecía haber estado contenido por años.
—Espero que hayan encontrado lo que buscaban —respondió ella.
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