El secreto bajo la grasa: el día que ella despreció al hombre que le daría el mundo

Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento exacto en que el destino decidió intervenir...
Valeria se detuvo en seco. El auto que tenía frente a ella no era un vehículo cualquiera. Era el tipo de coche que ella solo veía en las revistas de lujo o en los sectores más exclusivos de la capital. El brillo de la pintura negra era tan perfecto que podía ver su propio reflejo de indignación en la puerta.
De la parte trasera del vehículo descendió un hombre de unos sesenta años, vestido con un traje de sastre gris plomo que gritaba autoridad y dinero. Llevaba un maletín de cuero fino y caminaba con la seguridad de quien es dueño de medio mundo.
Valeria, cambiando instantáneamente su expresión de asco por una sonrisa encantadora, se hizo a un lado, pensando que aquel magnate seguramente se había equivocado de dirección.
—Disculpe, caballero —dijo ella con un tono meloso—, creo que busca el concesionario de lujo que está a tres cuadras. Este es solo un taller de reparaciones... ordinario.
El hombre ni siquiera la miró. Pasó por su lado como si fuera parte del mobiliario y se adentró en el taller, ignorando el olor a aceite y el ruido de las máquinas. Sus ojos buscaban a alguien en particular.
Cuando vio a Mateo, todavía agachado recogiendo los restos de la comida del suelo, el hombre del traje sonrió de par en par.
—¡Ingeniero Mateo! —exclamó el hombre con una voz profunda que retumbó en las paredes de lámina—. ¡Por fin lo encuentro en su hábitat natural!
Valeria, que se había quedado en la entrada observando la escena, sintió que el suelo se movía bajo sus pies. ¿"Ingeniero"? ¿Acaso ese hombre elegante se estaba dirigiendo al "mecánico de cuarta" que ella acababa de humillar?
Mateo se puso de pie, limpiándose las manos en un trapo viejo, aunque la grasa estaba tan impregnada que era una tarea inútil.
—Señor Arango, no lo esperaba hoy —dijo Mateo, recuperando la compostura—. Pensé que la reunión sería en las oficinas de la corporación mañana por la mañana.
El hombre, que resultó ser Ricardo Arango, el CEO de una de las firmas de ingeniería automotriz más grandes del continente, soltó una carcajada y se acercó a Mateo para darle un abrazo, sin importarle que el overol sucio manchara su traje de miles de dólares.
—No podía esperar, Mateo. Los resultados de las pruebas de su nuevo sistema de inyección de combustible salieron esta mañana. ¡Es revolucionario! Los alemanes están vueltos locos. Querían comprar la patente hoy mismo, pero les dije que el dueño de la idea tenía la última palabra.
Valeria se acercó lentamente, con la boca entreabierta. Su cerebro intentaba procesar lo que estaba escuchando. ¿Sistema de inyección? ¿Patente? ¿Alemanes?
—¿Mateo? —interrumpió ella, con la voz temblorosa—. ¿Quién es este señor? ¿De qué está hablando?
Ricardo Arango finalmente se volvió hacia ella, mirándola por encima de sus gafas de lectura con una expresión de curiosidad.
—¿Y usted es...? —preguntó el magnate.
—Soy Valeria, su... su novia —respondió ella, tratando de recuperar su aire de importancia, aunque el contraste entre su ropa elegante y la comida tirada en el suelo la hacía ver ridícula.
Arango miró al suelo, viendo el desastre de comida, y luego miró a Mateo, quien tenía una expresión de profunda tristeza en el rostro. El viejo empresario, que había visto de todo en la vida, captó la situación de inmediato.
—Ah, ya veo —dijo Arango con un tono gélido—. Así que usted es la mujer de la que Mateo me hablaba. La que él decía que era su motor para seguir adelante con sus investigaciones nocturnas en este taller.
Mateo bajó la mirada. Durante dos años, después de su turno normal en el taller de Don Jorge, se quedaba hasta la madrugada diseñando un prototipo que prometía reducir las emisiones de carbono a casi cero. Nadie lo sabía, excepto Don Jorge y ahora, el señor Arango.
—Vengo a traerte esto, hijo —dijo Arango, sacando un fajo de documentos del maletín—. Es el contrato final. La sociedad entre tu nueva empresa de tecnología y mi corporación.
Valeria estiró el cuello para ver el documento. En la primera página, en letras grandes y negritas, se leía: "Acuerdo de Asociación y Transferencia de Tecnología". Y debajo, una cifra que la dejó sin aliento. Eran siete ceros. Millones.
—Mateo... —balbuceó Valeria, acercándose a él y tratando de tomar su mano sucia—. ¿Por qué no me dijiste nada? Yo... yo pensé que solo eras un empleado aquí. No sabía que eras un... un inventor.
Mateo retiró la mano antes de que ella pudiera tocarlo. Sus ojos ya no tenían el brillo de amor que ella estaba acostumbrada a ver. Ahora solo había una distancia insalvable.
—No te lo dije porque quería estar seguro de que me amabas por quien soy, no por lo que tengo —dijo Mateo con una voz firme—. Quería que celebráramos esto juntos, pero hoy me di cuenta de que para ti, el valor de un hombre se mide por la limpieza de sus manos y no por la grandeza de sus sueños.
—¡Pero fue un error! —chilló Valeria, las lágrimas empezando a arruinar su maquillaje—. Estaba estresada, el calor, la comida... yo no quería decir esas cosas. Sabes que te amo, Mateo. ¡Mira todo lo que podemos hacer ahora con ese dinero!
Don Jorge, que había estado observando todo desde el fondo, se acercó con una escoba y empezó a limpiar el desastre que Valeria había provocado.
—El dinero no limpia el desprecio, jovencita —dijo el viejo mecánico sin mirarla—. La grasa se quita con jabón, pero la mancha en el alma no se quita con nada.
Ricardo Arango asintió, mirando a Valeria con una mezcla de lástima y desdén. Luego se volvió hacia Mateo.
—Mateo, el coche está esperando. Tenemos la firma oficial en el hotel, y luego una cena con los inversores internacionales. ¿Vienes?
Mateo miró a Valeria. Ella lo miraba con súplica, con una ambición que ahora era transparente. Luego miró a sus compañeros, hombres que lo habían apoyado cuando no tenía nada más que una idea y un juego de llaves inglesas.
—Dame diez minutos, señor Arango —dijo Mateo—. Tengo que hacer algo antes de irme.
Valeria sonrió, pensando que él iba a perdonarla, que se irían juntos en ese auto negro y que su vida de lujos finalmente comenzaría. Ya estaba imaginando las tiendas que visitaría y los viajes que publicarían en sus redes sociales.
Sin embargo, Mateo no caminó hacia ella. Caminó hacia la pequeña oficina del fondo del taller.
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