El secreto tras los barrotes de la mansión: lo que Elena encontró en el sótano que nadie debía conocer

Estás en la parte 2: la historia continúa y el peligro aumenta paso a paso...
El aire del jardín, cargado con el perfume de las flores que Don Pedro cuidaba con tanto esmero, le pareció a Elena un insulto frente a la podredumbre que acababa de presenciar bajo sus pies. Se quedó allí, oculta tras los arbustos, sintiendo cómo el frío del suelo se filtraba en sus rodillas. Sus pensamientos eran un torbellino de imágenes: la mirada perdida de Doña Mercedes, el brillo siniestro en los ojos de Don Ricardo y la hipocresía de una sociedad que alababa a aquel hombre como un filántropo y un modelo a seguir.
Elena sabía que no podía simplemente volver a su habitación y fingir que nada había pasado. Cada segundo que ella guardara silencio, era un segundo más de tortura para esa pobre mujer que llevaba dos décadas sin sentir la caricia de la brisa. Pero, ¿cómo enfrentarse a un hombre que tenía a la ciudad en su bolsillo? Ricardo Valdivia no solo era rico; era influyente, amigo de jueces y políticos, un hombre cuya palabra valía más que la verdad misma.
—Tengo que ser inteligente —se susurró a sí misma, tratando de calmar el temblor de sus manos.
Se puso de pie y sacó su teléfono celular. La señal en la mansión era errática, especialmente cerca de los muros de piedra. Caminó con cautela hacia la verja principal, fingiendo que buscaba algo en el suelo. Su plan era simple: llamar a la policía. Pero mientras marcaba el número de emergencias, una sombra se proyectó sobre ella.
—¿Buscando señal, Elena? —la voz de Ricardo apareció de la nada, justo detrás de su hombro.
La joven dio un salto, casi dejando caer el teléfono. Ricardo estaba allí, con las manos en los bolsillos de su pantalón de lino fino, observándola con una curiosidad depredadora. No había rastro de la amabilidad fingida de antes. Sus rasgos se habían endurecido, y una sospecha oscura bailaba en sus ojos.
—Yo... sí, señor. Quería llamar a mi madre, pero aquí no hay mucha cobertura —balbuceó ella, escondiendo el teléfono tras su espalda.
—Curioso —dijo él, dando un paso hacia ella—. No sabía que tenías tanta prisa por hablar con tu familia. Pensé que estarías ocupada preparando la cena. Por cierto, ¿encontraste las mantas que te pedí?
El corazón de Elena dio un vuelco. Las mantas. Las había dejado tiradas en el pasillo del sótano en su huida desesperada. Si Ricardo bajaba ahora, vería la evidencia de su intrusión. Vería que el secreto que había guardado con tanto celo durante veinte años había sido expuesto ante una simple empleada doméstica.
—No, señor, no las encontré. El sótano estaba muy oscuro y... y la llave no abría bien —mintió, sintiendo que la garganta se le cerraba.
Ricardo se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal. El olor de su perfume costoso se mezcló con el olor a miedo que emanaba de Elena. Él estiró la mano y, con una lentitud tortuosa, le quitó el teléfono de la mano. Elena se quedó paralizada, viendo cómo él revisaba la pantalla. Por suerte, no había llegado a presionar el botón de llamada.
—Es peligroso andar distraída con estas cosas, Elena. Podrías tropezar y tener un accidente. Esta casa es muy antigua, llena de rincones oscuros y... escaleras traicioneras —dijo él, devolviéndole el aparato con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ve adentro. Ahora.
Elena obedeció, sintiendo que cada paso de regreso a la mansión era un paso hacia una jaula. Al entrar, se cruzó con Don Pedro, quien la miró con una advertencia silenciosa en los ojos. El jardinero sabía algo. No era posible que en treinta años no hubiera sospechado nada. Elena entró en la cocina y, asegurándose de estar sola, se encerró en la despensa.
Necesitaba pruebas. Sabía que si llamaba a la policía sin una evidencia clara, Ricardo simplemente diría que ella estaba loca o que intentaba extorsionarlo. Lo echarían de la casa, o peor aún, ella desaparecería como lo había hecho Doña Mercedes. Recordó que en su uniforme tenía un pequeño bolsillo donde guardaba su grabadora de voz, una que usaba para anotar las listas de compras que la ama de llaves le dictaba.
Con una determinación que nació del puro instinto de supervivencia, Elena esperó a que cayera la noche. Sabía que Ricardo solía retirarse a su estudio a las diez para beber whisky y revisar sus cuentas. Era su única oportunidad. El silencio en la mansión era denso, interrumpido solo por el tictac de los relojes de pie que parecían contar los minutos que le quedaban de libertad a la verdad.
A las once de la noche, Elena salió de su habitación en el ala de servicio. Caminó descalza para no hacer ruido sobre el mármol frío. Se dirigió al despacho de Ricardo. La puerta estaba entreabierta. A través de la rendija, lo vio: estaba sentado frente a una caja fuerte abierta, sosteniendo un fajo de documentos amarillentos. Documentos que, por lo que pudo alcanzar a ver, eran los certificados de defunción de su madre. Él los acariciaba con una satisfacción macabra.
—Pronto, madre —susurró Ricardo a la nada—. Pronto el fideicomiso se liberará por completo. Veinte años de espera... valió la pena cada centavo.
Elena sintió náuseas. No era solo poder; era dinero. Ricardo había fingido la muerte de su madre para tomar control de una herencia que solo se liberaría legalmente tras su fallecimiento oficial, pero necesitaba mantenerla viva lo suficiente para obtener ciertas firmas o cumplir cláusulas que la joven no terminaba de entender. O quizás, simplemente, disfrutaba del poder absoluto sobre la vida que le había dado la suya.
La joven retrocedió, pero en su descuido, rozó un jarrón de porcelana que descansaba sobre un pedestal. El objeto tambaleó, y aunque Elena logró atraparlo antes de que cayera al suelo, el roce de su mano contra la cerámica produjo un sonido metálico.
Ricardo se tensó. Cerró la caja fuerte con un golpe seco y se puso de pie.
—¿Quién está ahí? —rugió, su voz llena de una furia contenida.
Elena no esperó. Corrió hacia las escaleras del sótano. Sabía que era el último lugar donde él esperaría buscarla de inmediato, pensando que ella intentaría salir de la casa. Además, tenía que ver a Doña Mercedes una última vez. Tenía que decirle que el plan estaba en marcha.
Al llegar a la puerta del sótano, notó que Ricardo no la había cerrado con llave tras su breve visita anterior. Entró y se deslizó por el pasillo. Al llegar a la celda de la anciana, la encontró rezando en un rincón.
—¡Doña Mercedes! —susurró Elena—. Escúcheme, voy a salir de aquí. Voy a traer ayuda. Pero necesito que me dé algo, algo que pruebe quién es usted.
La anciana la miró con asombro. Con manos temblorosas, se desabrochó un pequeño escapulario que llevaba oculto bajo su ropa andrajosa. Dentro, había una fotografía minúscula y un anillo de oro con un sello familiar que Ricardo nunca había podido encontrar.
—Lleva esto —dijo Mercedes—. Es el anillo de mi padre. Tiene un grabado que solo el notario real conoce. Si lo enseñas, sabrán que no mientes.
En ese momento, el sonido de la puerta del sótano abriéndose en la parte superior de la escalera retumbó como un disparo. La luz de una linterna potente empezó a barrer las paredes del pasillo.
—¡Elena! Sé que estás aquí abajo —la voz de Ricardo bajaba por las escaleras, cargada de una amenaza mortal—. No hagas esto más difícil de lo que tiene que ser. Solo somos tú y yo... y los secretos de esta familia.
Elena se pegó a la pared, con el anillo apretado en su puño. Doña Mercedes la miró con una súplica final en los ojos: "Corre". La joven vio una pequeña ventana de ventilación en lo alto de la pared del pasillo, una que daba al nivel del suelo del jardín exterior. Era estrecha, llena de telarañas y óxido, pero era su única salida.
Mientras los pasos de Ricardo se acercaban, Elena empezó a trepar por las tuberías de la pared. El metal estaba frío y resbaladizo. Sentía el aliento de su perseguidor casi en sus talones.
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