El silencio del guerrero: Lo que el líder de la prisión no vio venir

Continuamos con la historia justo en el momento en que el peligro acecha desde todos los ángulos...
El primer atacante, un hombre delgado apodado "El Cuchilla", se lanzó con un movimiento errático, intentando golpear a Mateo por el flanco izquierdo.
Mateo no esperó a que el golpe llegara.
Dio un paso corto hacia el frente, acortando la distancia y anulando el alcance del golpe del Cuchilla.
Con la palma de la mano abierta, golpeó la barbilla del atacante con un impacto seco que hizo vibrar el aire.
El Cuchilla cayó hacia atrás como un saco de papas, con los ojos en blanco antes de tocar el suelo.
Sin detenerse, Mateo giró sobre su propio eje, evitando una patada baja de otro de los hombres.
Todo en él era eficiencia. No había movimientos extra, no había florituras.
Era la aplicación brutal de la física y la anatomía humana.
El segundo atacante sintió un dolor cegador cuando el codo de Mateo conectó con su hombro, dislocándolo instantáneamente.
El hombre gritó, cayendo de rodillas mientras se sujetaba el brazo inútil.
El tercer secuaz, viendo a sus dos compañeros fuera de combate en menos de diez segundos, se detuvo en seco.
Miró a Mateo, luego miró al Garra, y simplemente dio dos pasos hacia atrás, soltando sus puños.
No le pagaban lo suficiente —ni siquiera en cigarrillos o protección— para enfrentar a un fantasma que se movía como el viento.
El Garra estaba solo.
El silencio en el patio era ahora tan denso que se podía escuchar el zumbido de las moscas sobre los charcos de agua estancada.
Cientos de hombres observaban con la boca abierta.
Nadie, en toda la historia de "La Roca", había despachado a la escolta del Garra con tanta facilidad.
—¿Quién demonios eres tú? —preguntó el Garra, y esta vez su voz temblaba visiblemente.
Mateo no respondió de inmediato.
Se acomodó el cuello de la camisa naranja, que ni siquiera se había arrugado durante la refriega.
—Soy alguien que solo quería cumplir su condena en paz —dijo Mateo finalmente—. Alguien que ha visto suficiente violencia en el mundo exterior como para no querer traerla aquí dentro.
—¡Me humillaste frente a mi gente! —chilló el Garra, sacando de entre sus ropas un "punzón" artesanal, una pieza de metal afilada y oxidada que era una sentencia de muerte en cualquier pelea de prisión.
Un grito de sorpresa recorrió el patio.
Usar un arma en una pelea a puño limpio era una cobardía, pero en la cárcel, la supervivencia no sabe de honor.
Mateo suspiró. Un suspiro de profunda tristeza.
—Guarda eso —advirtió Mateo—. Si intentas usarlo, no podré garantizar que salgas caminando de este patio.
—¡Muérete! —rugió el Garra, lanzándose en una estocada desesperada hacia el abdomen de Mateo.
Lo que sucedió a continuación fue una lección de maestría que el "Viejo" Esteban contaría durante años a los nuevos internos.
Mateo no retrocedió.
Se movió hacia el interior del ataque, atrapando la muñeca del Garra con una mano y presionando un punto nervioso en el antebrazo con la otra.
El arma cayó al suelo con un tintineo metálico que pareció un trueno en el silencio.
Antes de que el gigante pudiera reaccionar, Mateo aplicó una llave de brazo que obligó al Garra a doblarse sobre sí mismo, terminando con la cara contra el suelo polvoriento.
Mateo puso una rodilla sobre la espalda del líder, no para asfixiarlo, sino para inmovilizarlo por completo.
El Garra forcejeó, soltando maldiciones y amenazas, pero era como una mosca atrapada en una telaraña de acero.
—Escúchame bien —susurró Mateo al oído del gigante, lo suficientemente fuerte para que los que estaban cerca lo oyeran—. No soy tu enemigo. No quiero tu trono, no quiero tu comida, ni quiero tu respeto. Solo quiero que me dejes en paz. A mí y a cualquiera que decidas molestar hoy.
—¡Suéltame! —gruñó el Garra, aunque su voz ya no tenía fuerza.
—Te soltaré —dijo Mateo—. Pero si vuelves a levantarle la mano a alguien que no puede defenderse, o si intentas vengarte de mí, vendré por ti. Y la próxima vez, no seré tan paciente. ¿Entendido?
El Garra no respondió. El peso de la derrota y la vergüenza era mayor que el dolor físico.
Mateo aumentó la presión un segundo, una advertencia silenciosa.
—¿Entendido? —repitió.
—Sí... entendido —balbuceó el Garra.
Mateo se puso de pie con una agilidad asombrosa y retrocedió, dándole espacio al hombre caído para levantarse.
Era un gesto de confianza suprema o de absoluta indiferencia ante el peligro.
El Garra se levantó lentamente, limpiándose la tierra de la cara.
Miró a su alrededor. Sus hombres estaban en el suelo o se habían alejado.
Los otros reclusos lo miraban ya no con temor, sino con una curiosidad nueva, casi con desprecio.
El mito del hombre invencible se había roto.
El Garra miró a Mateo una última vez.
Vio en los ojos del joven algo que nunca había visto en esa prisión: compasión.
No era la mirada de un ganador que disfruta su victoria, sino la de alguien que lamenta haber tenido que pelear.
Sin decir una palabra, el Garra se dio la vuelta y caminó hacia las sombras de las celdas, seguido por su escolta herida.
El patio estalló en murmullos.
Muchos se acercaron a Mateo, algunos para felicitarlo, otros para pedirle que fuera su nuevo líder.
Pero el joven simplemente les dedicó una inclinación de cabeza y caminó hacia el "Viejo" Esteban.
—Tienes buenas manos, muchacho —dijo el viejo, ofreciéndole un poco de agua de su botella—. Demasiado buenas para este lugar. ¿Dónde aprendiste a moverte así?
Mateo tomó un sorbo de agua y miró hacia las torres de vigilancia.
—En un lugar donde la paz se gana con la guerra, Esteban —respondió Mateo con melancolía—. Pero aquí, solo espero que la guerra haya terminado.
Sin embargo, en una prisión como "La Roca", la paz es un artículo de lujo que rara vez dura más de una tarde.
Y mientras Mateo hablaba con el viejo, desde una de las ventanas de la administración, un par de ojos fríos observaban todo.
El alcaide, un hombre corrupto que mantenía el orden permitiendo que líderes como el Garra controlaran a la masa, no estaba nada feliz con este cambio en la jerarquía.
Mateo acababa de ganar una batalla, pero sin saberlo, acababa de declarar una guerra contra el sistema mismo.
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