El toro, el amor y la prueba que pudo costarle la vida

Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela.
El animal no había dejado de mirarlo ni un solo segundo. Ese toro negro, con el lomo cubierto de cicatrices viejas y un odio ancestral en los ojos, arañaba la tierra con la pezuña derecha. Paciencia. Eso era lo que tenía. Y Daniel lo sabía.
El joven apretó la soga en su mano derecha, esa misma cuerda áspera que le habían entregado los peones del hacendado don Ramiro como si le estuvieran dando una soga para ahorcarse. Porque eso era, literalmente, lo que estaba a punto de hacer.
—¡Bájate de ahí, Daniel! —gritó Valentina desde la baranda del corral.
Su voz atravesó el polvo dorado de la tarde, ese polvo que flotaba en el aire como si el mismo tiempo estuviera suspendido. Valentina tenía las manos aferradas a la madera, los nudillos blancos, y el viento le jugaba con ese cabello negro que a Daniel siempre le había parecido una cascada infinita. Pero ahora no había poesía en su rostro. Solo terror.
—¡Escúchame! ¡Ese animal te va a matar!
Daniel la miró. Valientemente la miró, porque en ese momento cualquier otro habría corrido a esconderse. En sus ojos cafés, brillaba una mezcla de miedo y determinación que ni él mismo sabía que era capaz de sentir.
—¡Un minuto! —le gritó de vuelta, con la voz ronca—. Solo un minuto, Valentina. Y entonces serás mía para siempre.
Don Ramiro observaba desde su asiento privilegiado, un viejo sillón de cuero que habían sacado al corredor de la casa. Fumaba un puro habano y sonreía con esa sonrisa de hombre que siempre ha ganado todas las partidas. A sus sesenta y dos años, el hacendado había hecho fortuna a base de terquedad y malas pulgas. Nadie le discutía nada. Nadie se atrevía.
—¿Lo ves, hija? —dijo sin siquiera voltearla a ver—. Ese muchacho presume de quererte, pero ni siquiera tiene los pantalones puestos para pedir tu mano como Dios manda. Así que lo puse a prueba. Si es tan hombre como dice, que lo demuestre.
Valentina sintió que la sangre le hervía. Se volteó hacia su padre con los ojos llenos de fuego.
—¡No tienes ningún derecho, papá! ¡Esto no es una prueba, es una sentencia de muerte!
—¿Ah, no? —Don Ramiro dio una larga calada al puro y soltó el humo lentamente—. Pues en mis tiempos, un hombre no le pedía nada a nadie sin antes demostrar de qué estaba hecho. Tu madre lo entendía perfectamente.
—¡No mezcles a mamá en esto! —gritó Valentina, y su voz se quebró.
Daniel escuchaba todo desde adentro del corral. Los alaridos del animal a un lado, los gritos de su amada al otro. Y en el centro, él. Siempre él, tratando de demostrar que valía algo. Huerfano desde los ocho años, criado entre los surcos de las tierras de otros, con un nombre que nadie recordaba y un apellido que no abría ninguna puerta, Daniel había aprendido desde niño que el mundo no le regala nada a nadie. Todo se gana. Todo se suda. Todo se sangra.
Y ahora, para ganarse el derecho de amar a la mujer que le había dado sentido a su vida, tenía que sobrevivir a ese animal de quinientos kilos que no conocía otra ley que la de la fuerza bruta.
El capataz, un hombre cetrino llamado Elías, se acercó a Daniel con una botella de aguardiente en la mano.
—Tome un trago, muchacho —dijo, ofreciéndole la botella—. Le va a calmar los nervios.
Daniel negó con la cabeza.
—Gracias, pero quiero estar despierto. Todos esos demonios de este toro se van a meter conmigo, ¿no?
Elías soltó una risa seca, sin alegría.
—Mirado el cielo... ese bicho se llama El Diablo. Y no es por presumir, es porque ya mandó a tres hombres al hospital. Uno salió con la pierna destrozada, otro con el brazo fuera del hombro, y el más afortunado de todos, con cuatro costillas rotas de un solo golpe.
Daniel sintió que el estómago se le encogía. Mierda. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había sido tan estúpido de aceptar semejante locura?
La escena se repetía en su mente una y otra vez. Esa mañana, don Ramiro lo había mandado llamar. Daniel llegó a la casa grande con sus mejores botas, el sombrero prestado de un compadre y el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho. Quería pedirle la bendición al hacendado para casarse con Valentina.
Había rehecho el discurso mil veces en su cabeza. Sabía que no era rico, sabía que no tenía tierras propias, pero le podía prometer amor, trabajo y respeto. Eso era lo que ofrecía. Eso era lo que era.
—Con que usted quiere casarse con mi hija... —dijo don Ramiro sin ofrecerle siquiera una silla.
Su voz era profunda, autoritaria. No había en ella nada de calidez ni de conversación: era más bien una sentencia.
—Sí, señor —respondió Daniel con la mayor firmeza que pudo reunir—. La quiero con toda mi alma y le prometo hacerla feliz.
—¿Y con qué? —preguntó el hacendado—. ¿Con promesas? ¿Con buenas intenciones? ¿Con qué piensa mantener usted a una muchacha que ha vivido siempre entre comodidades?
—Trabajando, señor. Yo sé trabajar duro. No le tengo miedo al sol ni a la madrugada.
Don Ramiro se rió. Se rió de verdad.
—Claro que no le tiene miedo al sol, la vida no le ha dado otra opción. Pero ¿sabe qué? Yo no sé si un hombre como usted sirve para algo más que para cultivar una parcela. Y mucho menos sé si es digno de mi hija. Así que le voy a proponer algo...
Daniel lo escuchó. No sabía que proponer podía significar lo que significó.
—El Diablo está en el corral. Si usted puede montar ese toro durante un minuto entero sin caerse, le doy mi bendición para que se case con Valentina. Además, como dote, le regalo diez hectáreas de las que están detrás del río. ¿ qué dice?
Daniel se quedó mudo. Un minuto. El Diablo. Un minuto sobre El Diablo.
—Y si se cae... bueno, al menos sabrá que intentó ganarse su amor —continuó don Ramiro con crueldad.
Daniel sintió el ridículo pesando como plomo en su pecho. No era una bendición paterna: era una emboscada. Pero el amor hace cosas extrañas en la cabeza de un hombre. A veces lo hace valiente. A veces lo hace estúpido. Y a veces... valiente y estúpido al mismo tiempo.
—Está bien —escuchó su propia voz decir—. Lo haré.
Cuando regresó al presente y volvió a escuchar el rugido del toro, Daniel se arrepintió por primera vez en su vida de no haber pensado las cosas antes de hablar.
—¡Está todos locos! —gritó Valentina desde la baranda—. ¡NO VOY A DEJAR QUE LO HAGAN!
Pero nadie la escuchaba. O más bien, nadie se atrevía a contradecir a don Ramiro. La gente miraba en silencio, con esa mezcla de morbo y miedo que despiertan las tragedias. Los peones se amontonaban en las gradas de madera, algunos con botellas de cerveza, otros con la mirada baja, y entre la multitud, corriendo de un lado a otro como un alma en pena, la vieja Nicasia, cocinera de la hacienda desde hacía cuarenta años, resaba en voz baja santiguándose y mordiéndose los labios.
—Ay, Dios mío, este muchacho se va a matar. Esta familia está endemoniada, ¡endemoniada!
Daniel se ajustó el cinturón. Notaba las piernas temblorosas debajo del pantalón de mezclilla gastado. Levantó la vista y, por un instante, sus ojos se encontraron con los de Valentina. Ella tenía lágrimas corriendo por las mejillas, lágrimas que se llevaban el maquillaje que se había puesto esa mañana esperando un día distinto, un día en que su padre aceptara su amor sin condiciones absurdas.
—¡Daniel! —gritó ella, sacando fuerzas de dónde ya no había—. ¡Tú no me necesitas así! ¡No necesito que mueras por mí para demostrarme que me quieres!
—¿Y entonces cómo quieres que te lo demuestre? —preguntó él con una sonrisa temblorosa.
Valentina iba a responder, iba a decir que ya se lo había demostrado mil veces con detalles pequeños y grandes, con esas flores silvestres que le dejaba en la ventana del cuarto, con las poesías que le recitaba cada noche desde la cerca, con esa forma suya de mirarla como si ella fuera el único milagro en un mundo de milagros imposibles. Pero sus palabras se ahogaron en un grito cuando vio que los peones abrían la puerta del cajón y El Diablo salió disparado hacia el centro del corral.
¡Ay, Dios! El toro era más grande de lo que Daniel había imaginado desde la distancia. Sus cuernos eran como dos navajas negras apuntando al cielo, sus músculos se marcaban bajo la piel tensa, y sus ojos... sus ojos eran pequeños, brillantes y asesinos.
—¡Es hora, muchacho! —gritó don Ramiro con una sonrisa amplia—. ¡Demuestra que eres hombre!
Daniel sintió que la tierra se movía bajo sus pies. No, no era la tierra. Eran sus piernas. No podía dejar que lo vieran temblar. Respiró profundo y luego, sin mirar atrás, saltó la cerca y entró al ruedo.
El polvo le llenó la boca. El toro resopló.
Y entonces el mundo se hizo eterno.
Valentina no aguantó más. En un impulso imposible, saltó la baranda y cayó a la arena con un golpe seco. Iba a encontrarlo. Iba a tomarlo del brazo y lo arrastraría fuera de ahí, aunque tuviera que enfrentarse a su padre y a todo el pueblo entero.
—¡Valentina, no te metas! —rugió don Ramiro, levantándose de su sillón con una agilidad que no le conocían.
Pero ella no escuchaba a nadie. Corrió hacia Daniel con la falda levantada, con la respiración rota, y lo agarró del brazo justo cuando el capataz ya se acercaba con la soga ceremonial.
—¡Te lo suplico! —le dijo, mordiéndose el llanto—. ¡No lo hagas, Daniel! No vale la pena. No vale la pena ninguna prueba que pueda matarte.
Daniel la tomó del rostro. Le limpió una lágrima con el pulgar. Y por primera vez en medio de todo ese caos, sonrió de verdad.
—Vale la pena —dijo, con una paz que sorprendió hasta a él mismo—. Vos sabés que valés todas las pruebas del mundo.
—Pero...
—No hay pero, mi amor. Si no lo hago, tu padre nunca nos va a dejar estar juntos. Y yo no puedo vivir sin vos. Prefiero morir intentando que vivir condenado a mirarte de lejos el resto de mis días.
Valentina lo abrazó. Lo abrazó con todas sus fuerzas, como si ese abrazo pudiera protegerlos de todo el mal del mundo. Y en ese abrazo, Daniel sintió más valor que en todas las misas a las que había ido.
—Esta noche, si Dios me presta vida —susurró—, te prometo que voy a contar esta historia con final feliz.
—¿Y si Dios no te presta vida? —preguntó ella con la voz hecha pedazos.
—Entonces voy a morir sabiendo que fui el hombre más afortunado del planeta, porque logré que alguien como vos se fijara en alguien como yo.
Abajo, en la arena, el toro ya estaba furioso. Los cabos lo habían azuzado con picas y látigos, y ahora embestía contra la madera del corral, haciendo temblar los postes con una violencia primitiva y aterradora.
—¡Basta! —gritó Valentina, mirando al capataz—. ¡Basta, Elías, no lo castiguen más!
—Órdenes del patrón, señorita —respondió el hombre con la mirada vacía—. El animal tiene que estar bravo cuando el muchacho se suba. Así se hace siempre.
—¿Cómo se hace siempre? —repitió ella, con el cuerpo temblándole—. ¿Esto ya lo hicieron antes?
—El año pasado un joven de San Isidro lo intentó. Llegó a los cuarenta y cinco segundos. Y nunca más volvió a caminar bien.
Valentina se llevó las manos al rostro. No podía más. No podía sentir más terror sin romperse por completo.
Una hora pasó. O quizás fue un minuto. El tiempo se había vuelto líquido y todo se movía en cámara lenta. Daniel se acercó al toro y los peones le sostuvieron la cabeza del animal mientras él se colocaba en la posición perfecta. Un salto. La soga. La montura improvisada. El mundo girando en sentido contrario.
—¡CUANDO USTED QUIERA, PATRÓN! —gritó Elías.
Don Ramiro levantó la mano. Todos contuvieron el aliento. Valentina cerró los ojos.
—¡YA! —gritó el hacendado.
Y los peones soltaron al toro.
La bestia explotó como un volcán. Saltó hacia adelante con un bramido que retumbó en las montañas y luego, al sentir el peso de Daniel sobre su lomo, empezó a girar sobre sí mismo con una velocidad demoníaca, con el cuerpo arqueado, pateando el aire con las patas traseras como si quisiera partir el mundo en dos.
Daniel se aferró con uñas y dientes. La soga le quemaba la mano, los músculos de sus piernas gritaban, y el mundo entero se convirtió en un remolino de polvo, cuernos y rugidos. Un segundo. Dos segundos. Cinco segundos. Diez.
—¡Vamos, Daniel! —gritó alguien desde las gradas—. ¡Tú puedes!
—¡Ya van veinte segundos! —anunció Elías con el cronómetro en alto.
El toro lanzó un salto más y, en un giro imposible, levantó las patas delanteras hasta casi vertical. Daniel sintió que las piernas se le escapaban. Se aferró con la mano izquierda al lomo del animal, mientras el mundo entero se puso de cabeza.
Treinta segundos.
Un grito colectivo. Valentina se cubrió el rostro. No quería ver.
El toro volvió a caer y arremetió directamente contra la pared del corral, golpeando con su costado contra la madera. Daniel sintió el impacto recorrerle la espalda, un dolor dulce y cegador que le puso estrellitas blancas en la vista. La mano se le soltó. La pierna derecha se le escapó del lomo. Y en ese instante, catorce metros más abajo, durante lo que pareció una eternidad, Daniel supo que el Diablo estaba a punto de ganar la batalla.
Cuarenta segundos.
—¡No te sueltes! —gritó una voz, la voz de una abuela desde las gradas, una abuela que lloraba sin conocerse razones.
Daniel apretó las piernas, apretó la vida entera en esa pierna que todavía le quedaba aferrada al lomo del animal. Pensó en Valentina. En sus ojos. En su risa. En sus manos. Pensó en el amor que no había podido darle. En los hijos que jamás tendrían si soltaba.
El toro giró de nuevo, loco, ciego de furia, la espuma saliéndole de la boca. Y, en un último esfuerzo sobrehumano, arqueó el lomo y estrelló a Daniel contra el polvo.
El grito de Valentina rompió el cielo. Pero antes de que su cuerpo besara la tierra, un milagro ocurrió mientras el silencio se apoderaba del ruedo y el polvo aún no se disipaba...
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