El último adiós de mi padre no fue una despedida, sino el comienzo de mi justicia

El olor a lirios marchitos todavía impregnaba cada rincón de la sala, mezclándose con el aroma metálico de la lluvia que golpeaba con furia los ventanales de la mansión. El silencio no era de paz, sino de esa tensión espesa que se puede cortar con un cuchillo de cocina. Elena sentía el frío del suelo de mármol atravesándole las rodillas, pero no se movía. Sus ojos estaban fijos en las botas de piel de cocodrilo de Beatriz, que brillaban bajo la luz de la lámpara de cristal como dos ojos de serpiente acechando a su presa.

Beatriz no esperó a que el cuerpo de Don Alberto terminara de enfriarse en el cementerio local. No hubo luto, ni lágrimas, ni un momento de respeto para el hombre que le había dado todo durante los últimos diez años. Solo hubo ruido. El ruido seco de las maletas de lona siendo lanzadas por la escalera y el crujir de la madera vieja bajo los pasos apresurados de los empleados que, por miedo a perder su trabajo, obedecían las órdenes de la "nueva dueña".

— Levántate de una vez, Elena —escupió Beatriz, ajustándose el abrigo de piel que Alberto le había regalado en su último aniversario—. Me das náuseas con ese teatro de víctima. Tu padre ya no está para limpiarte las lágrimas ni para financiarte la vida de princesa. Se acabó la función.

Elena levantó la vista, dejando que un par de lágrimas recorrieran sus mejillas, pero no por debilidad. Era una mezcla de asco y una tristeza profunda por el hombre que amó a esa mujer sin saber que dormía con el enemigo. El rostro de Beatriz, siempre retocado por las mejores cirugías, se veía ahora deformado por una mueca de triunfo absoluto.

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— Por favor, Beatriz... es de noche y está lloviendo —suplicó Elena, con la voz quebrada, interpretando el papel que la mujer esperaba ver—. Mi padre apenas fue enterrado hoy. Déjame quedarme al menos hasta mañana. No tengo a dónde ir a estas horas, ni siquiera he podido recoger mis documentos personales.

Beatriz soltó una carcajada estridente que retumbó en las paredes de la casa que Elena había habitado desde que nació. Se acercó a la joven, inclinándose hasta que Elena pudo oler su perfume costoso y el rastro de ginebra en su aliento.

— ¿Documentos? —rio Beatriz, sacando de su bolso un encendedor de oro—. Todo lo que había en el despacho de tu padre ahora me pertenece. Las escrituras, los contratos, hasta los recuerdos de tu madre fallecida. Si quieres tus "documentos", búscalos en el camión de la basura mañana temprano.

Con un gesto rápido, Beatriz tomó una fotografía enmarcada que Elena sostenía contra su pecho. Era la única foto que tenía de su padre sonriendo, un domingo cualquiera en el jardín. Sin pestañear, Beatriz dejó caer el marco al suelo. El cristal se hizo añicos, esparciéndose por el mármol como diamantes rotos.

— Fuera de mi casa —sentenció la mujer, señalando la puerta principal que ya estaba abierta, dejando entrar ráfagas de viento helado—. Ahora mismo. No quiero que dejes ni tu olor en este lugar. Eres una arrimada más, una herencia no deseada que hoy finalmente tiro a la calle.

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Elena se puso en pie lentamente, fingiendo que sus piernas temblaban. Miró a los criados, quienes bajaban la cabeza avergonzados. Rosa, la cocinera que la había visto crecer, tenía los ojos rojos de tanto llorar, pero Beatriz la vigilaba como un halcón. Nadie se atrevía a ayudarla.

— Te vas a arrepentir de esto, Beatriz —susurró Elena, mientras recogía una pequeña mochila que contenía apenas un par de mudas de ropa y el retrato roto de su padre.

— ¿Arrepentirme? —Beatriz se cruzó de brazos, soltando una risa burlona—. Niña tonta, tengo los mejores abogados de la ciudad. Tu padre fue lo suficientemente estúpido como para dejarme como su esposa legal, y sin un testamento nuevo a la vista, todo este imperio es mío. ¡Vete antes de que llame a la policía por allanamiento de morada!

Elena caminó hacia la puerta, sintiendo el agua empapar su ropa en segundos. Se detuvo en el umbral, bajo el arco de piedra donde tantas veces su padre la recibió con un abrazo al volver de la universidad. Miró hacia atrás una última vez, viendo a Beatriz servirse una copa de coñac en la cristalería de su abuela.

— Algún día entenderás que el dinero no compra la inteligencia —dijo Elena con una calma que descolocó por un segundo a la mujer mayor.

— ¡Lárgate ya, muerta de hambre! —gritó Beatriz, cerrando la pesada puerta de roble con un golpe seco que resonó como un trueno en la oscuridad de la noche.

Elena se quedó allí, bajo la lluvia torrencial, empapada hasta los huesos. Caminó unos metros hasta llegar al final del sendero de entrada, donde las sombras de los árboles la ocultaban de la vista de la casa. Allí, en medio del barro y el frío, la joven hizo algo que nadie esperaba. Se enderezó. Sus hombros se relajaron, su respiración se volvió pausada y una sonrisa fría, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.

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Metió la mano en el bolsillo oculto de su chaqueta impermeable y sacó un teléfono móvil que no era el suyo. Era un dispositivo encriptado, uno que su padre le había entregado en secreto tres meses antes, cuando los médicos le dieron el diagnóstico final.

— ¿Licenciado? —dijo Elena al contestar la llamada que acababa de entrar—. Sí, ya sucedió. Me echó de la casa tal como lo planeamos. Fue más cruel de lo que imaginé, pero eso solo hace que lo que viene sea más satisfactorio. ¿Tiene los documentos listos para mañana a primera hora?

Al otro lado de la línea, la voz grave del abogado de toda la vida de Don Alberto respondió con una mezcla de respeto y determinación.

— Todo está en orden, señorita Elena. Su padre fue muy previsor. Ella cree que ha ganado la guerra, pero no sabe que acaba de entrar directo en la emboscada. Mañana a las ocho de la mañana, el castillo de naipes de esa mujer se vendrá abajo.

Elena colgó el teléfono. Miró hacia la ventana iluminada de lo que solía ser el estudio de su padre, donde Beatriz seguramente ya estaba planeando cómo gastar la fortuna que creía haber robado.

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