«Jesús, ten compasión de mí»: el grito desesperado que detuvo una tarde entera

Sabías que esto no terminaba con un simple milagro más, y por eso seguiste aquí, buscando el momento exacto en que todo cambió para siempre.
—¡JESÚS, HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ!
El grito rasgó el aire cálido de la tarde como un cuchillo.
Bartimeo llevaba años sin ver nada. Años de oscuridad. Años tropezando con recuerdos que se desvanecían. Pero escuchaba todo. Y lo que escuchaba ahora era un murmullo que crecía, un rumor de multitud que se acercaba por el camino polvoriento de Jericó.
Alguien importante venía.
Y el corazón de Bartimeo empezó a golpear tan fuerte que creyó que todos podrían oírlo.
—
El sol caía a plomo sobre las casas encaladas. Los niños corrían delante, apartándose para dejar paso. Las mujeres se asomaban desde las azoteas.
—¿Quién llega? —preguntó Bartimeo al vacío, estirando el cuello como si eso pudiera devolverle la vista.
Una anciana que pasaba junto a él se detuvo, con el rostro tembloroso de emoción.
—Es Jesús de Nazaret. El que sana. El que habla como nadie ha hablado jamás.
Bartimeo sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Pero las manos que lo tocaron esa mañana habían sido despiadadas. Lo habían empujado desde la entrada del templo hacia la calle.
—¡El ciego! ¡Arrastra tu manto y ve a pedir a otra parte!
Y él se había ido, como siempre. Había encontrado su rincón junto al muro de piedra. El polvo se metía en su ropa. Los insectos le caminaban por las piernas.
Pero Bartimeo no se rendía.
No porque fuera valiente. Era porque la oscuridad ya le había quitado todo. No le quedaba nada que perder. Y a veces, cuando no te queda nada, dentro de ti empieza a crecer una fuerza que ni tú mismo conocías.
—
Las manos de Bartimeo eran ásperas, surcadas de callos.
Se ganaba la vida milagro a milagro, moneda a moneda, mendicidad a mendicidad. Había desarrollado un oído tan fino que podía distinguir el paso de un fariseo, de un recaudador de impuestos, o de un mercader. No escuchaba rostros, pero escuchaba almas.
Y en esos días, algo extraño pasaba con Jesús.
Los peregrinos hablaban de otros milagros desde que cruzó el Jordán. Hablaban de un joven que se había ido de la casa de su padre, de una mujer sorprendida en adulterio a la que Él no condenó, de una hermana que lo convenció de resucitar a su hermano Lázaro después de cuatro días.
—Cuatro días —murmuraba Bartimeo para sí, mientras sus dedos pasaban sobre las arrugas de su manto—. A los cuatro días ya se puede saber que hay algo más que un milagro. Eso ya es otra cosa.
Bartimeo no sabía cuántos días llevaba ciego. Habían sido demasiados.
—
La mañana en que todo llegó fue como cualquier otra, al menos al principio.
Los primeros rayos de sol tocaron las piedras sin avisarle. La brisa movía los árboles, sí. Pero lo que lo sacó de su duermevela fue el olor.
Flor de naranjo. Era la época de floración, y Jericó entera olía a un milagro imposible de tocar que él no podía ver.
Bartimeo se incorporó sobre su estera. Se ajustó la túnica, una prenda vieja con manchas que sus dedos reconocían como si fueran un mapa de todas las tardes de lluvia.
Un mercader pasó a su lado con prisa.
—¡Apártense, apártense! ¡Que va por aquí, que va por aquí!
El mendigo estiró una mano suplicante.
—Una limosna, buen hombre, una limosna para un pobre ciego.
Pero el hombre pasó de largo. No había tiempo para limosnas.
Había algo inevitable en el aire. Bartimeo lo sentía en la forma en que la multitud murmuraba, como si una ola enorme estuviera acumulando fuerza antes de romper.
—
La multitud se agolpaba ahora por el camino que venía del valle.
Bartimeo estaba sentado en el borde, pero la gente se amontonaba a su lado, empujándolo casi contra el muro. Podía oler el sudor de los que corrían, escuchar las sandalias golpeando la tierra. Escuchaba voces mezcladas, el crujido de telas nuevas, risas nerviosas, lágrimas.
—¿Ya viene? ¿Ya se ve?
Isaí, un joven aprendiz de tejedor que siempre le traía pan por las tardes, se inclinó hasta su oído.
—Se está acercando, Bartimeo. Y va acompañado por gente que lo sigue desde el río. Dicen que es el Mesías.
El corazón del mendigo se estremeció.
—¿El Mesías? —preguntó, casi con un hilo de voz—. ¿Cómo sabes que es Él?
—Qué pregunta tan rara haces. Mira, todos lo dicen. ¿No tienes fe, acaso?
Bartimeo apretó con fuerza el borde de su manto. Sí. Tenía fe. Pero tener fe también significaba estar desgastado de tanto esperar. Cuando llevas años pidiendo un milagro y cada día tu mano se alza hacia el vacío, la fe se vuelve algo distinto. Se vuelve como una brasa que sigue ardiendo entre ceniza.
—
—Jesucristo pasaba por ahí. Como si el mundo se hubiera detenido para verlo pasar.
Se lo contaba una mujer a otra en la puerta siguiente. La mujer era joven, con el rostro todavía sucio por la faena de la prensa de aceite, y temblaba.
—¿Lo viste hacer algún milagro?
—No hace falta verle hacer un milagro para saber que algo cambia a su alrededor. A la mujer de la fuente le dijo que si dejaba de tenerle miedo a la vida, el agua de su pozo se convertiría en la mejor agua de Jericó. Y nadie volvió a enfermarse en su casa desde ese día.
Bartimeo tragó saliva. Le parecía que un nudo le oprimía la garganta.
Esa era su oportunidad. La única que tendría quizás en toda su vida. Un hombre que iba a Jericó una vez, y quizás nunca más volviera. Y Bartimeo estaba sentado, con los ojos secos y marchitos, tocando el muro, como un pelele que no sabe hacer otra cosa que esperar.
Pero no. Ya no más.
—
Empezó a pedir permiso. A abrirse paso entre la multitud a tientas.
—¡Con permiso! ¡Permiso! ¡Soy un ciego! ¡Déjenme pasar! ¡Necesito hablar con él! ¡Permiso! ¡Por favor!
La gente lo miraba y lo empujaba hacia los lados.
—¡Estás loco, mendigo! ¡Es el profeta, no te va a atender a ti!
—¡Ya voy a llegar tarde a casa porque esta turba me detiene! ¡Apártate, ciego!
Bartimeo tropezó. Sus manos buscaron apoyo y encontraron solo piedras. Sintió que se rasgaba la piel de la rodilla.
Pero se levantó.
Y la multitud que caminaba hacia la entrada de Jericó no era de las que se apiadaban de los ciegos. Lo empujaban, lo pellizcaban, algunos se reían:
—¡Que va a ver el ciego al profeta! ¡Eso sí que sería un milagro!
Y Bartimeo sintió que la sangre le ardía en las mejillas. No por las risas, sino por la propia rabia.
Él no iba por un milagro cualquiera.
Iba por su vida.
—
Entonces, en medio de ese vocerío y de los gritos que se mezclaban, Bartimeo hizo algo que sorprendió incluso a él mismo.
Se arrodilló.
Así, con las rodillas hincadas en el polvo ardiente del camino de Jericó, sin importarle el hambre, el frío de la noche, ni las risas de los que pasaban a su lado. Alzó el rostro hacia donde no podía ver, pero que presentía.
Ni siquiera estaba seguro de la dirección exacta. Pero dio igual.
Tomó aire con toda la fuerza de sus pulmones. Aire que sabía a polvo, a flor de naranjo, a pueblo, a vida.
Y levantó la voz, no como quien pide una limosna, sino como quien grita su propia existencia:
—¡JESÚS, HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ!
El sonido rebotó contra los muros de las casas.
Fue un grito tan fuerte que algunas aves alzaron el vuelo desde los tejados. Algunos perros se encogieron en las esquinas.
La multitud que acompañaba al maestro se detuvo por un instante.
—
En el centro del camino, Jesús caminaba con paso sereno, levantando una leve nube de polvo con cada pisada. Su túnica era de lino, oscura del camino, con el borde apenas desgastado por el polvo. Tenía el rostro bronceado de hombre que camina, no de erudito que se queda solo en las aulas.
A su lado caminaba Pedro, con la frente surcada.
—Maestro —murmuró Pedro—, la gente lleva días buscándote. Han venido desde Galilea y hasta desde las ciudades del este. ¿Quieres que los hagamos sentar en grupos?
Jesús no respondió. O quizás sí, pero la respuesta se la llevó la brisa. Sus ojos miraban al frente, pero no como quien mira una meta, sino como quien escucha algo que los demás no pueden oír. Algo profundo dentro de su ser se movía.
Entonces se escuchó.
Ese grito.
—¡JESÚS, HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ!
Jesús se detuvo.
Así, de golpe, como si el suelo se hubiera movido bajo sus pies.
Pedro también se detuvo. Los discípulos lo miraron. Y toda la comitiva, la gente que venía detrás y la que estaba al frente, todos frenaron en seco.
El silencio se hizo tan denso que Bartimeo pensó que algo había pasado.
O quizás que había ofendido a alguien.
Y tembló más fuerte. Pero sus labios no se cerraron. Su corazón siguió gritando:
—¡Señor, ten compasión de mí!
—
Jesús giró lentamente la cabeza.
Y en esos ojos, que habían visto tantas tormentas y tantos milagros, se dibujó una pequeña sonrisa. No una de burla. Una de reconocimiento.
—¿Oyes eso, Pedro? —preguntó con la voz baja, pero clara.
Pedro Frunció el ceño.
—Sí, Maestro. Un mendigo ciego que no deja de gritar desde la vera del camino. Debemos seguir. La multitud te espera en la ciudad.
—Y sin embargo —dijo Jesús, sin dejar de mirar hacia la dirección del grito—, yo escucho a un hombre que pide con más fe que muchos que me esperan dentro de la ciudad.
Sus dedos se movieron ligeramente, como si acariciaran el aire.
—Tráiganmelo.
—
Juan y Pedro intercambiaron una mirada.
—¿Estás seguro, Maestro? Es un mendigo. La gente se quejará de que detengamos la marcha por alguien así.
Jesús lo miró de nuevo. Y esta vez su voz no fue una pregunta.
—Ya lo he dicho. Tráiganlo.
Y así, uno de ellos, el más joven de los discípulos, empezó a caminar hacia el borde del camino, donde Bartimeo seguía de rodillas, temblando, sin saber si había pasado algo terrible.
El joven se inclinó y dijo, no con orgullo sino con urgencia:
—Anímate, levántate. Te llama.
Bartimeo alzó el rostro, entre la oscuridad.
—Pero ¿quién me llama?
—Jesús de Nazaret. Quiere verte.
Y esas palabras le corrieron por la espalda como un latigazo. Pero ya no de miedo.
—
Bartimeo no se levantó lentamente. Se levantó de un salto, como si sus piernas hubieran estado esperando toda la vida esa orden para moverse.
Arrojó su manto.
El manto que lo protegía del frío, que lo cubría de la vergüenza. El manto que era su casa, su cama, su refugio. Lo dejó botado en el polvo, sin importarle si alguien se lo quedaba.
Y se puso de pie.
A tientas, tambaleándose, corrió.
Corrió como si pudiera ver, porque en el fondo de su pecho sabía que aquel grito había despertado algo que ya no podía volver a dormirse.
Tropezó dos veces. Se cayó una tercera. Pero se levantó de inmediato, y un brazo fuerte — el brazo del discípulo — lo ayudó a llegar hasta el lugar correcto.
—Está aquí —murmuró el joven—. Jesús te está mirando.
Bartimeo sintió el calor. No el calor del sol. Un calor diferente. Cercano. Tenía la sensación de que una sombra se posaba sobre él, una sombra que no le quitaba luz, sino que se la daba.
—¿Qué quieres que haga por ti? —preguntó una voz.
Esa voz era suave, era profunda. Tenía el tono de quien no necesita gritar, porque sabe que quien lo escucha está escuchando desde el corazón.
Bartimeo levantó el rostro hacia la voz. Y por primera vez no tuvo miedo de pedir lo imposible.
—Rabbí —dijo con la voz rota—. Que yo vea.
—
El silencio que siguió fue tan enorme que la ciudad entera pareció contener la respiración.
Bartimeo no podía ver los rostros de los testigos, pero podía sentirlos. Sentía cómo los que estaban más cerca se inclinaban hacia adelante, cómo otros se llevaban la mano al pecho, cómo algunos negaban con la cabeza — no podía ver los gestos, pero los presentía en las posturas, en las sombras que se movían alrededor de la escena.
Sentía el sol en su rostro, el cálido, vivo sol que debía estar en ese momento cayendo sobre sus ojos ciegos.
—Jesús no dice nada —murmuró alguien del grupo.
—Quizás no le ha escuchado bien —susurró otro.
—Si es un ciego de nacimiento, ni Él podrá hacer nada —murmuró un tercero, casi a la defensiva.
Pero entre ese susurro y el siguiente, ocurrió algo.
Una mano.
Una mano que no era la de un hombre cualquiera. Nadie pudo explicarlo después, pero cuando esa mano se extendió hacia el rostro de Bartimeo, todo el aire alrededor pareció vibrar. Como si la presencia de esa mano fuera más real que todo el camino de Jericó.
Jesús no se inclinó.
Se arrodilló.
Sí. El que caminaba entre reyes, el que la multitud esperaba en la puerta de la ciudad, se arrodilló en el polvo junto al mendigo. En el mismo polvo que el manto de Bartimeo había tocado durante horas.
Sus dedos, cálidos y firmes, rozaron primero la frente del ciego. Luego, bajaron con una delicadeza increíble hasta sus párpados cerrados.
Bartimeo contuvo el aliento.
—Vete —dijo Jesús, con una voz que era apenas un susurro—. Porque tu fe te ha sanado.
—
Y entonces, mientras el polvo seguía levantándose a su alrededor, Bartimeo sintió que el mundo cambiaba.
No supo explicarlo.
Pero primero fue una luz. Una claridad diferente de la del sol, más suave, más llena de colores. Sus párpados, que habían estado sellados durante años, empezaron a temblar ligeramente. Como si de pronto supieran cómo abrirse.
Bartimeo parpadeó con torpeza. Primero una vez. Después otra.
Y una tercera.
Entonces, los párpados se abrieron.
La luz inundó sus pupilas, y Bartimeo cerró los ojos con fuerza, cegado por tanta claridad. Había olvidado lo que era la luz. No, no lo había olvidado: lo había olvidado tanto que ahora no podía soportarla.
—Tómate tu tiempo —dijo la voz de Jesús—. La luz no se irá.
El hombre volvió a abrir los ojos, lentamente. Parpadeó varias veces más, y cada vez, su pupila se acomodaba mejor.
Lo primero que vio no fue un rostro.
Lo primero que vio fue un resplandor. Un contorno de luz que se perfilaba frente a él. No era el sol. Era una figura humana, y la luz salía de esa figura.
Entonces, los contornos se fueron haciendo más nítidos, y Bartimeo pudo distinguir un rostro.
Un rostro que lo miraba con una ternura tan desbordante que al hombre le dolió el pecho.
—Maestro —dijo, y ya no era un grito. Ya era un susurro tembloroso—. Maestro, puedo ver.
—
Las exclamaciones estallaron a su alrededor.
—¡Lo ha sanado!
—¡Estaba ciego desde hace años y ahora dice que ve!
—¡Es un verdadero profeta, no es un simple maestro!
La gente se agolpaba alrededor, algunos lloraban con alegría, otros se llevaban las manos a la cabeza, algunos se arrodillaban en el polvo, como había hecho Bartimeo momentos antes.
Pero Bartimeo no los escuchaba.
No podía apartar los ojos del rostro de aquel hombre que seguía arrodillado frente a él, con las manos aún ligeramente posadas en sus hombros.
Jesús se incorporó lentamente, y Bartimeo entendió en ese momento que lo que veía era algo más que un rostro humano.
Veía vida.
Veía el rostro de la compasión misma, de aquel que no pasa de largo, de aquel que se detiene cuando nadie más se detiene.
—Levántate —dijo Jesús—. Tu fe te ha traído hasta aquí. No la dejes ir.
Bartimeo sintió que las lágrimas, lágrimas calientes y extrañamente luminosas, corrían por sus mejillas. Por primera vez veía sus propias lágrimas. Por primera vez veía el color de sus propias manos.
Miró sus dedos, los alzó frente a su rostro. Los movió con asombro. Después bajó la mirada hacia su propia túnica, la vieja túnica verde, con las manchas y los agujeros. Los colores le bailaron frente a los ojos, tan hermosos que le pareció que nunca había visto la ropa.
—¿Qué voy a hacer ahora? —balbuceó, sin saber qué decir, sin atreverse a preguntar más.
Jesús asintió con la cabeza.
—Ve. Ahora puedes ver. Escoge qué hacer con esos ojos.
—
Bartimeo no se quedó pegado al suelo. No se fue corriendo tampoco. Permaneció un momento más.
Y entonces, con la osadía que solo tienen aquellos que han estado en la oscuridad, levantó la mano y señaló al grupo que seguía a Jesús.
—Maestro —dijo con una voz que ya era distinta, que ya no era la de un mendigo—. ¿Puedo ir contigo?
La multitud contuvo la respiración otra vez. Un mendigo que pedía seguir al profeta. Eso no se veía todos los días.
Jesús sonrió. Y en esa sonrisa, Bartimeo vio que la luz del sol se reflejaba en sus labios y en sus ojos.
—¿Ves ese camino hacia delante?
—Sí, Maestro.
—Ese camino es para los que tenían miedo. Los que nunca vieron, pues. Los que necesitaron un milagro para creer. Y yo los acompaño todos los días.
Bartimeo inclinó la cabeza.
Y se quedó en silencio un momento muy largo.
—
La gente empezó a dispersarse. Algunos animaban a Bartimeo a celebrar, a ir a su casa, a contar lo que había pasado. A dar gracias en el templo.
Pero él seguía mirando esas manos.
Las suyas. Las manos que habían tanteado el suelo, que habían pedido limosna, que se habían aferrado a la orilla del camino. Ahora podía ver cada línea de la palma. Y se dio cuenta de que toda su vida, esas mismas manos habían estado buscando algo que no podían tocar.
Pero había algo más. Algo en lo que nunca se había detenido a pensar.
Miró a Jesús, que ya se alejaba unos pasos hacia la ciudad.
—¡Maestro! —volvió a gritar, pero esta vez no fue un grito desesperado. Fue un grito nuevo, un grito de reconocimiento.
Jesús se detuvo y se volvió.
—¿Sí?
—Todo este tiempo pensé que estaba pidiendo ver el mundo. Pero ahora que lo veo —y señaló alrededor, hacia la gente, las casas, el cielo—, me doy cuenta de que nunca había visto lo que realmente buscaba.
Jesús guardó silencio.
Bartimeo tragó saliva. Las palabras le salían ahora con más dificultad que cuando gritaba su necesidad.
—¿A quién sigo, Maestro? ¿A mis ojos? ¿A la gente que ya no se ríe de mí? ¿A la ciudad que me ignora?
—¿Qué es lo que quieres, Bartimeo? —preguntó Jesús, con una sonrisa.
El hombre que ya podía ver pensó por un momento. Y luego respondió:
—Quiero seguirte a ti. Porque tú viste en mí lo que nadie más vio: no a un ciego. A un hombre. Y no me diste la vista porque me tuvieras lástima. Me la diste porque creíste en mí antes de que yo pudiera creer en mí mismo.
Jesús extendió la mano.
Y esta vez, Bartimeo no tuvo que tocar el manto para saber de quién era esa mano.
La tomó con fuerza.
—
Jesús no lo soltó. Caminaron juntos unos pasos hacia la entrada de la ciudad.
La gente se apartaba a su paso, los miraba con asombro, algunos con lágrimas. El mendigo ciego de Jericó ahora caminaba al lado del Maestro. No como un sirviente. No como un mendigo curado que va a ofrecer gracias y luego se va.
Caminaba como un discípulo.
Bartimeo todavía estaba temblando de emoción. Veía todo con una intensidad que lo abrumaba. Veía cada arruga en el rostro de los ancianos, cada brillo en los ojos de los niños. Veía el polvo en las túnicas, los pájaros surcando el cielo, el color de las sandalias de los discípulos.
—¿Nunca te cansa la vista, Maestro? —preguntó en voz baja.
Jesús lo miró de reojo.
—A veces me cansa —respondió—. Pero no la vista. Me cansa ver cómo la gente sigue eligiendo la oscuridad cuando tiene la luz delante.
Bartimeo asintió lentamente. Y comprendió algo que ningún otro milagro le había enseñado.
Tener los ojos abiertos no era suficiente. Había que aprender a mirar.
—
Los minutos pasaron. Llegaron a las afueras de Jericó, donde un grupo más grande de gente esperaba impaciente. Los discípulos intentaban contenerlos.
Pero Bartimeo no prestaba atención a la muchedumbre. Caminaba como en un sueño.
En un momento dado, se detuvo y se volvió hacia el camino que había dejado atrás.
—¿Ya extrañas tus horas de mendigo? —le preguntó Pedro con una sonrisa.
Bartimeo negó con la cabeza.
—No. Pero quiero verlo. Quiero ver el lugar donde estuve sentado todos estos años.
Sus ojos recorrieron el camino polvoriento. Vio el muro donde estaba su estera, todavía tirada en el suelo. Vio el borde del camino, donde la gente pasaba sin mirar. Vio las huellas de sus propios pies, marcadas en el polvo, yendo y viniendo siempre en el mismo lugar.
Y soltó una carcajada.
—¿Qué te hace reír? —preguntó Juan.
—Me río de mí mismo. Ahora veo que todo este tiempo yo no estaba sentado pidiendo limosna. Estaba sentado esperando esto.
—¿Qué esperabas, Bartimeo?
—Que alguien que me mirara a los ojos y me dijera que no estoy solo en esto de vivir. —Respondió con una voz clara, nueva.
Aquella respuesta fue seguida por un silencio profundo.
—
Jesús se adelantó a la puerta de la ciudad, donde una fila de personas esperaba para acercarse a Él. Bartimeo se quedó en la entrada, observando a la gente.
Una anciana se le acercó y le tocó el brazo.
—¿Eres tú, Bartimeo? ¿El ciego que siempre está sentado junto a la fuente?
—Sí. Ya no soy ciego.
La mujer lo miró con incredulidad. Lo miró a los ojos, con los ojos totalmente abiertos, brillantes.
—Jesús te sanó. Vamos al templo. Tienes que ofrecer el sacrificio de gracias. ¡Te van a abrazar todos! ¡Es un gran día!
Bartimeo se quedó un momento pensando. Después negó con la cabeza suavemente.
—No puedo. Estoy siguiéndolo.
—¿Siguiéndolo? ¿A dónde va? ¿Vas a ir de ciudad en ciudad como uno de ellos?
Bartimeo no respondió. Pero tampoco se movió de donde estaba.
Se quedó allí, mirando a Jesús atender a los niños, curar a una mujer enferma, hablar con una viuda, tomar de la mano a un anciano tembloroso.
Veía todo. Y sentía que nunca había visto nada en toda su vida.
—
Transcurrieron horas, o quizás minutos, o quizás una eternidad.
La gente fue desfilando poco a poco. Jesús se retiró a un rincón junto al muro de la ciudad a reposar. Pedro y los demás buscaron agua y comida. Algunos niños correteaban por los callejones.
Bartimeo se sentó cerca de Jesús, pero no tan cerca como para estorbar.
Sacó un trozo de pan seco del bolsillo interior de su túnica. Lo miró. Lo mordió.
Y por primera vez, comió viendo.
Miraba el pan mientras lo masticaba. Miraba sus dedos, que lo sostenían. Miraba el polvo en las migas. Miraba el sol, que empezaba a ponerse, y las sombras que se alargaban en el suelo.
—¿Sabes qué es lo más hermoso que he visto en toda mi vida? —dijo de repente.
Jesús levantó la cabeza, que reposaba contra la pared.
—¿El sol ponerse? ¿El rostro de un niño? ¿Las montañas a lo lejos?
Bartimeo negó con la cabeza y sonrió. Y sus ojos se llenaron de lágrimas por segunda vez en el mismo día.
—Lo más hermoso es esto. Que tú estás aquí, conmigo.
Jesús no respondió de inmediato. Lo miró por un largo momento. Después, con suavidad, extendió la mano y la posó sobre el hombro de Bartimeo.
—Eso, Bartimeo, es la fe.
—
Se hizo el silencio.
El hombre que había estado ciego toda su vida se quedó mirando esa mano puesta sobre su hombro. Y no necesitaba entender teología. No necesitaba explicaciones.
Sabía que había sido tocado. Sabía que nada volvería a ser igual, porque ahora veía el mundo, pero más que eso, ahora se veía a sí mismo como alguien que puede caminar, alguien que puede elegir su propio camino.
Se levantó lentamente. Jesús también se levantó. La luz de la tarde ya doraba las piedras de Jericó, y la comitiva comenzaba a moverse para entrar en la ciudad.
Bartimeo no se quedó atrás. No volvió la vista atrás.
Pero en ese momento, cuando ya iba a cruzar la puerta de la ciudad, Jesús se detuvo una vez más.
Y esta vez no se volvió hacia Bartimeo.
Se volvió hacia la cámara.
Hacia los que estaban leyendo. Hacia los que estaban observando la escena desde la distancia. Hacia todos aquellos que, alguna vez, se habían sentido ciegos en medio del camino de su propia vida.
Sus ojos cálidos y profundos miraron directamente a los ojos de cada lector, y su voz se hizo clara, íntima, como la de un amigo que se sienta a tu lado:
“Lo que hiciste hoy no fue distinto de lo que hizo Bartimeo. Levantaste la vista. Me buscaste. Y yo también te he visto a ti. No necesitas gritar en el polvo de Jericó. Yo llego a donde tú estás. En tu mesa. En tu cansancio. En la habitación donde crees que nadie te ve. Aunque hace tiempo que no me hablas, yo no he dejado de mirarte un solo día”.
Bartimeo se quedó paralizado al escuchar esas palabras dirigidas a una presencia invisible.
Pero Jesús sonrió.
Y esa sonrisa traía un mensaje que no se captura con los ojos, que solamente trae un alma quieta.
—
La comitiva reanudó la marcha hacia la puerta de la ciudad. Bartimeo la siguió un paso más atrás.
Todavía había tanto que ver. Había tantas caras, tantas vidas, tantos colores en cada rincón, que simplemente caminando sentía que el mundo le hablaba.
Pero la voz que había escuchado no era del mundo.
Era una voz que se había quedado suspendida en el aire, como las notas de una canción que no se termina de ir.
—Eso que acabas de decir, Maestro —comentó Bartimeo mientras caminaban—. No era solo para ellos, ¿verdad?
Jesús sonrió en la penumbra.
—Toda palabra dicha desde el corazón resuena en más de un corazón, Bartimeo.
Y el cielo, allá en lo alto de Jericó, se tiñó de mil colores mientras la noche comenzaba a llegar.
—
Bartimeo alzó la vista y la mantuvo firme mirando el horizonte.
En su pecho ya no quedaba un nudo que hubiera estado siempre ahí desde los días de la ceguera. Su corazón se sentía extrañamente limpio, extrañamente ligero.
No sabía cuánto tiempo caminaría al lado de este maestro. No sabía a dónde iban.
Pero sabía que ya no era un mendigo sentado en la vera del camino.
Había dejado atrás el manto sobre el polvo. Había dejado atrás su vieja vida.
Delante, las luces de la ciudad empezaban a encenderse una a una mientras las sombras se alargaban. Pero Bartimeo ya no tenía miedo de la oscuridad. Porque sabía que después de la oscuridad, la luz siempre, siempre llega.
—¿Listo? —preguntó Jesús, desde el umbral de la ciudad.
Bartimeo miró al horizonte. Luego, con una sonrisa que le iluminó el rostro entero, asintió con la cabeza.
—Nací listo, Maestro.
Y entraron juntos en la ciudad que ya nunca volvería a ser la misma. Porque aquella tarde, un ciego había recibido algo más que la vista:
Había aprendido a ser visto.
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