La calma de un mecánico que dejó sin palabras al matón del taller

Continuamos exactamente donde se quedó la escena del taller...
Eran las seis y media de la tarde cuando Ernesto colgó el overol en su gancho, guardó sus herramientas personales en el casillero y recogió su mochila del banco donde la había dejado. El taller estaba quedando vacío. Solo quedaban dos furgonetas en reparación y el Corsa azul que esperaba una pieza que debía llegar al día siguiente.
Don Aurelio estaba cerrando la caja registradora, contando los billetes con la precisión de quien lo ha hecho mil veces. Cuando vio a Ernesto pasar, levantó la mirada por encima de sus lentes.
—¿Andás lejos? —preguntó, sin dejar de contar.
—A unas diez cuadras, sobre la avenida. Tomo el colectivo ahí.
—¿Y no tenés auto?
Ernesto sonrió.
—Estoy ahorrando, don Aurelio. El primero que tenga va a ser mío, y lo voy a mantener yo mismo.
Don Aurelio guardó los billetes en la caja fuerte y cerró con llave.
—Mirá, pibe, no quiero meterme en tu vida, pero lo de esta tarde me dejó pensando. Ese Toño tiene el rencor muy largo. ¿Tenés algún problema con él aparte de lo de hoy?
Ernesto se detuvo. Se acomodó la mochila en el hombro y suspiró.
—Yo no lo conocía de antes, don Aurelio. Lo vi llegar ayer con un problema en el diferencial de su camioneta, pero no le hablé más que para indicarle el foso. Hoy fue la primera vez que me dirigió la palabra, y ya ve cómo fue.
—Qué raro. Él no suele agarrarse con la gente que no conoce. Tiene su grupo, sus reglas, pero nunca lo vi atacar a alguien sin motivo previo.
Algo en el tono de Don Aurelio hizo que a Ernesto se le pusieran los pelos de punta. No era miedo. Era más bien esa sensación que uno tiene cuando sabe que algo no cuadra, cuando la pieza no encaja en el rompecabezas.
—¿Cree que fue casualidad? —preguntó Ernesto.
Don Aurelio se rascó la barbilla, mirando hacia la puerta trasera por donde se había ido Toño horas atrás.
—No sé, pibe. Pero hay algo que no me gusta. Toño no se equivoca de pelea. Si se agarró con vos, fue porque quería agarrarse con vos.
Ernesto se quedó en silencio un momento. Su mente repasaba las escenas de la tarde. Toño había entrado al taller con un andar decidido, pero no se había ido directo hacia él. Primero había ido a la recepción, donde Valeria, la recepcionista, atendía el teléfono. Había sido después de que Ernesto le dijera que la dejara en paz, cuando Toño se volteó y lo encaró.
—¿Usted cree que él sabía quién era yo? —preguntó Ernesto de pronto.
Don Aurelio arqueó una ceja.
—¿Y quién sos vos, pibe?
Ernesto no respondió. Pero sus dedos, que sostenían la correa de la mochila, se apretaron ligeramente.
—Olvídelo. Fue una pregunta tonta —dijo, y salió del taller hacia la calle.
Pero Don Aurelio, que había visto pasar a demasiados hombres con secretos, se quedó mirando la puerta por donde Ernesto había desaparecido. Y algo en el fondo de su intuición le dijo que, antes de dormir, iba a necesitar un café bien fuerte.
Afuera, la noche caía sobre el barrio. Las luces de los negocios se encendían una a una, y el olor a comida callejera empezaba a mezclarse con el humo de los escapes. Ernesto caminaba rápido, con la cabeza gacha, el paso firme.
No quería llamar la atención. No podía llamar la atención.
Porque lo que Don Aurelio no sabía —lo que nadie en el taller sabía— era que Ernesto Ríos no era su nombre real.
Era un nombre prestado. Un nombre que había elegido para empezar de cero.
Y si Toño lo había reconocido... entonces los problemas iban a ser mucho más grandes que una pelea en un taller.
Se detuvo en la esquina, bajo la luz mortecina de un poste de alumbrado, y sacó su teléfono del bolsillo trasero del pantalón. Abrió los mensajes y buscó un contacto que no había llamado en seis meses.
«Soy yo. Alguien me reconoció hoy. Necesitamos hablar.»
Lo envió. Y se quedó parado ahí, bajo la luz del poste, viendo cómo el mensaje pasaba de enviando a entregado.
Dos minutos después, llegó la respuesta:
«¿Dónde estás?»
Ernesto miró a su alrededor. La calle estaba vacía. Solo un perro flaco cruzaba de acera en acera.
«En la esquina de la avenida y la nueve. ¿Qué tan grave es?»
La respuesta tardó más en llegar. Un minuto. Dos. Tres. Cuando finalmente apareció, Ernesto sintió el estómago frío.
«Grave. Nos vemos en la plaza en una hora. Y Ernesto...»
«¿Qué?»
«No vuelvas a tu departamento esta noche.»
Ernesto guardó el teléfono en el bolsillo. El corazón le latía más rápido que de costumbre, pero su rostro no reflejaba nada. Eso era lo que había aprendido en los últimos años: a no mostrar lo que sentía. A dejarse llevar por los golpes cuando no quedaba más remedio. Pero también a saber cuándo era momento de dejarlo todo y arrancar de nuevo.
Eso fue lo que pensó mientras se metía las manos en los bolsillos y empezaba a caminar hacia la plaza, alejándose de su departamento, alejándose de la vida que había construido con tanto esfuerzo.
Porque sabía, con la certeza de quien ya ha vivido una pesadilla, que había dos tipos de personas en este mundo: las que pueden quedarse y las que tienen que correr.
Y él, pese a sus esfuerzos, seguía siendo de las segundas.
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