La Chica de los Vasos de Agua y el Hombre que lo Vio Todo en Silencio

Si llegaste desde Facebook con esa sensación de que la historia todavía no había terminado, tenías razón. Lo que pasó después de que esa recepcionista cerró la puerta fue mucho más grande de lo que cualquiera podría imaginar.
Una mañana que parecía igual a todas las demás
El sol de las nueve de la mañana ya pegaba con ganas en el asfalto cuando don Rodrigo Castellanos salió de su camioneta frente al Hotel Mirador, el mismo establecimiento que había construido con veinte años de trabajo, de sacrificio, y de no dormir completo ni una sola noche.
Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, de esos que no necesitan presumir lo que tienen porque todo en su postura ya lo dice. Cargaba una carpeta de documentos bajo el brazo, traía el cabello peinado hacia atrás con sencillez, y vestía un pantalón de vestir gris con una camisa blanca de manga larga arremangada hasta los codos.
No era el tipo de empresario que llegaba con escolta ni con secretaria pisándole los talones.
Llegaba solo. Como siempre.
Fue en ese momento, mientras cerraba la puerta de su vehículo, que la vio.
Una muchacha joven, no mayor de veinte años, cargando una hielera de plástico azul desgastada por el uso. Caminaba despacio entre los carros estacionados, con una tela de colores amarrada a la cintura como delantal improvisado, y gritaba con una voz que intentaba sonar segura pero que traicionaba el cansancio.
—¡Agüita fría! ¡Agüita fría a cinco pesos!
Rodrigo se quedó mirándola un momento sin que ella se diera cuenta.
Notó sus tenis blancos que ya no eran del todo blancos. Notó que el dobladillo de su pantalón estaba descosido de un lado. Notó, sobre todo, que a pesar de todo eso, la muchacha sonreía cada vez que alguien se acercaba a comprarle.
Una sonrisa honesta. De las que ya no se fabrican.
Se le acercó sin pensarlo mucho.
—Buenos días —le dijo, sacando un billete de su bolsillo—. ¿Me da una, por favor?
Ella lo miró con esa mezcla de sorpresa y alivio que tienen las personas que no esperan que nadie las trate bien.
—Claro que sí, señor. ¿La quiere con limón?
—Como usted la tenga está bien.
Ella abrió la hielera, sacó una botella pequeña y se la entregó con cuidado, como si fuera algo valioso.
Rodrigo le pagó y le dijo que se quedara con el cambio. Luego, en lugar de despedirse y entrar al hotel, se quedó parado ahí un momento más.
—¿Cuánto tiempo lleva usted haciendo esto? —le preguntó.
La muchacha lo miró con algo de desconfianza, como calibrando si la pregunta venía de buenas intenciones o no.
—Desde los quince —respondió al final—. Primero ayudaba a mi mamá. Ahora ella está enferma, entonces salgo yo sola.
—¿Y tiene estudios?
—Terminé la prepa el año pasado, señor. De noche, porque de día trabajo.
Rodrigo asintió lentamente. Tomó un sorbo del agua. Luego la miró directo a los ojos.
—¿Le gustaría trabajar adentro? —le dijo, señalando con la cabeza hacia el hotel—. Tenemos una vacante en el área de atención al cliente. No requiere experiencia, solo disposición y buena actitud. Y usted, eso ya lo tiene a la vista.
La muchacha abrió los ojos. Por un segundo no dijo nada.
—¿Está hablando en serio, señor?
—Muy en serio. Pregunte por mí en recepción. Mi nombre es Rodrigo Castellanos. Diga que yo la mandé y que quiere información sobre la vacante.
Le extendió una de sus tarjetas.
La muchacha la tomó con las dos manos, como si fuera algo frágil.
—Me llamo Valeria —dijo con la voz ligeramente temblorosa—. Valeria Montoya. Muchas gracias, señor. De verdad.
—No me dé las gracias todavía. Venga esta tarde, a las tres.
Y con eso, Rodrigo Castellanos entró al hotel.
Valeria se quedó parada entre los carros estacionados, mirando la tarjeta, leyendo el nombre una y otra vez como para convencerse de que no lo había soñado.
Esa tarde, a las dos y cuarto, Valeria llegó al Hotel Mirador.
Se había cambiado de ropa. Traía una blusa de cuadros azules que era la más formal que tenía, un pantalón negro que le quedaba un poco grande de la cintura, y sus mismos tenis, ahora limpios como pudo dejarlos.
Se había peinado el cabello en una trenza cuidadosa que le caía sobre el hombro izquierdo.
Entró al lobby con pasos lentos, mirando todo a su alrededor con una mezcla de asombro y nerviosismo. El piso era de mármol. El techo tenía lámparas de cristal que lanzaban destellos suaves sobre las paredes beige. Había flores frescas en jarrones altos y un olor a limpio que ella nunca había respirado en ningún lugar.
Se acercó a la recepción.
Detrás del mostrador había una mujer de unos treinta y cinco años. Uniforme impecable, cabello recogido, uñas largas pintadas de rojo vino, y una expresión que dejaba muy claro que no estaba de humor para perder el tiempo.
Se llamaba Marcela Fuentes. Y llevaba seis años trabajando ahí.
Valeria carraspeó suavemente.
—Buenas tardes. Vengo a preguntar por una vacante. El señor Rodrigo Castellanos me dijo que...
Marcela no la dejó terminar.
La miró de arriba abajo. Lentamente. Con esa clase de mirada que no evalúa a una persona sino que la descarta.
—¿Rodrigo Castellanos? —repitió con una ceja levantada, como si el solo hecho de que esa muchacha pronunciara ese nombre fuera una ofensa.
—Sí, señorita. Me habló esta mañana afuera del hotel. Me dijo que viniera a las tres a...
—Mira —la cortó Marcela, bajando la voz de una manera que era más amenazante que si hubiera gritado—, no sé quién te dijo eso ni para qué cuento te metieron, pero aquí no tenemos ninguna vacante para... —hizo una pausa que duró más de lo necesario— ...alguien como tú.
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