La joven que todos creían indefensa y el secreto que cambió el penal para siempre

Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino de Elena estaba a punto de dar un giro radical...

La Coronela cerró el puño con una fuerza capaz de doblar barrotes, pero cuando el golpe debió haber impactado en el rostro de Elena, el aire fue lo único que encontró. Con un movimiento tan fluido que pareció una danza, la joven se deslizó hacia la izquierda, dejando que el impulso de la agresora la llevara hacia adelante.

No hubo un contraataque inmediato. Elena solo se quedó ahí, ajustando su postura. Sus pies se separaron a la anchura de sus hombros, sus rodillas se flexionaron ligeramente y sus manos, que antes colgaban sin vida, se elevaron en una guardia perfecta, compacta y profesional.

El oficial Méndez, desde la torre, dejó caer su cigarrillo. —Esa postura... —susurró para sí mismo—. Esa no es una pelea de calle. Eso es Krav Magá de alto nivel.

La Coronela, furiosa por haber fallado ante su público, se dio la vuelta con los ojos inyectados en sangre. —¡Maldita rata escurridiza! —gritó, lanzando una patada lateral que buscaba las costillas de la chica.

Elena no retrocedió. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia para anular la potencia de la pierna de su rival. Con la palma de su mano derecha desvió la rodilla de La Coronela, mientras que con el antebrazo izquierdo bloqueó el pecho de la mujer. En un abrir y cerrar de ojos, Elena utilizó el propio peso de la gigante contra ella. Con un giro de cadera y un tirón preciso del brazo, hizo que La Coronela perdiera el equilibrio y cayera de bruces contra el suelo con un estruendo que hizo vibrar el patio.

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El silencio que siguió fue absoluto. Se podía oír hasta el vuelo de una mosca. Nadie, absolutamente nadie en los diez años que llevaba La Coronela mandando en ese lugar, la había visto tocar el suelo.

—¡Levántense y agrédenla! —le gritó La Coronela a sus tres guardaespaldas, mientras intentaba recuperar el aire, con la cara llena de polvo y una expresión de pura incredulidad.

Las tres mujeres, conocidas por ser las más violentas del pabellón B, dudaron un segundo. Vieron a Elena. La chica ya no parecía delgada ni frágil. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con una intensidad gélida, como dos puntas de acero. Sin embargo, el miedo a su jefa fue mayor que la precaución, y las tres se abalanzaron sobre ella al mismo tiempo.

Fue una carnicería táctica. Elena no desperdició ni un solo movimiento. A la primera, que intentó tomarla por el cabello, la recibió con un golpe de palma en la nariz que la dejó fuera de combate instantáneamente. A la segunda, que lanzó un golpe desordenado, la interceptó con un bloqueo y un rodillazo al plexo solar que le quitó el aire de cuajo. La tercera se detuvo en seco al ver a sus dos compañeras en el suelo en menos de cinco segundos.

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Elena no la persiguió. Simplemente se quedó en su lugar, manteniendo esa respiración controlada. La Coronela ya se había puesto en pie, pero esta vez no atacó. Sacó de entre sus ropas un "punzón" artesanal, una pieza de metal afilada que brillaba peligrosamente bajo el sol.

—Aquí se acaba tu suerte, perra —siseó La Coronela, avanzando con el arma en alto.

Las internas retrocedieron. Un arma blanca cambiaba las reglas. Eso ya no era una pelea por respeto, era un intento de asesinato. Los guardias empezaron a bajar de las torres, pero estaban lejos. Elena estaba sola frente al metal afilado.

En ese momento, Elena cerró los ojos por una fracción de segundo. En su mente, no estaba en el patio de una prisión. Estaba en el campo de entrenamiento de las Fuerzas Especiales, escuchando la voz de su instructor: "El miedo es un recurso, Elena. Úsalo para agudizar tus sentidos, no para nublarlos".

Elena sabía que La Coronela no sabía usar un arma de verdad. La sostenía con demasiada tensión, mostrando sus intenciones antes de moverse. Cuando la gigante lanzó el estocazo hacia el estómago de Elena, la joven no esquivó hacia atrás. Dio un paso lateral y atrapó la muñeca de la agresora con una presa de hierro.

Se escuchó un crujido seco. Un "crack" que hizo que todas las presentes se estremecieran. La Coronela soltó un grito desgarrador mientras el punzón caía al suelo. Elena no se detuvo ahí. Con un movimiento fluido, pasó por detrás de la mujer, le inmovilizó el brazo detrás de la espalda y la presionó contra la pared de concreto.

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—¿Quieres saber por qué estoy aquí? —le susurró Elena al oído, mientras La Coronela gemía de dolor—. No estoy aquí porque sea una criminal. Estoy aquí porque protegí a mi hermano de hombres mucho más peligrosos que tú. Y si crees que este patio es un infierno, es porque no has visto el mundo real.

En ese momento, el oficial Méndez y otros cuatro guardias llegaron al lugar con las macanas en alto. —¡Sueltala, interna 402! ¡Ahora! —gritó Méndez.

Elena obedeció de inmediato. Soltó a La Coronela, que cayó al suelo sosteniéndose el brazo roto, y puso las manos en la nuca, arrodillándose voluntariamente. Su rostro volvió a ser esa máscara de serenidad que tenía al principio.

Pero el daño al orden establecido ya estaba hecho. Las internas miraban a Elena no con burla, sino con un respeto sagrado. El mito de La Coronela se había desmoronado en menos de tres minutos. Sin embargo, la verdadera sorpresa apenas comenzaba, porque cuando el oficial Méndez se acercó a ponerle las esposas a Elena, vio algo en su cuello que lo dejó helado.

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