La Noche en que una Mujer Destruyó su Imperio con Sus Propias Manos

Cuando el suelo desaparece bajo los pies

Diego Brandt entró al salón como si lo estuviera persiguiendo algo.

Y en cierta forma, sí lo perseguía.

El socio de Valentina tenía cuarenta y dos años, el pelo castaño siempre bien peinado, y una habilidad casi sobrehumana para mantener la compostura en situaciones difíciles. Era el equilibrio de la empresa: si Valentina era el fuego, Diego era el agua fría.

Pero lo que Valentina vio en su cara esa noche era algo que nunca antes había visto.

Terror.

Diego caminó directo hacia ella esquivando mesas, murmurando disculpas automáticas a los invitados que casi rozaba, con la mirada fija en Valentina como si fuera el único punto fijo en un mundo que giraba.

—Necesito hablar contigo —dijo cuando llegó a su lado.

—Ahora no, Diego, estoy esperando que llegue el representante de Harlan y —

Valentina.

El tono la detuvo. Ese tono lo había escuchado pocas veces. Solo en los peores momentos.

—¿Qué pasó?

Diego la tomó del codo y la llevó hacia un rincón del salón, cerca de una columna decorada con flores blancas. Se aseguró de que nadie estuviera cerca. Su voz salió como un hilo:

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—Harlan canceló.

Valentina pensó que había escuchado mal. —¿Qué?

—Acabo de recibir el correo hace diez minutos. El contrato. Lo cancelaron. Dicen que ya tomaron otra decisión. Sin explicación adicional.

El salón seguía brillando. La música de cuerdas seguía sonando desde el rincón donde estaba el cuarteto. Los invitados seguían brindando, riendo, haciendo los mismos gestos vacíos de siempre.

Pero para Valentina, todo se había quedado en silencio.

—Eso no puede ser —dijo, y su voz sonó extraña, como si viniera de lejos—. Estábamos a punto de firmar. Nos dijeron que éramos la opción principal.

—Lo éramos —dijo Diego—. Hasta hoy.

—¿Dijeron algo más? ¿Alguna razón?

Diego dudó. Y esa duda, esa fracción de segundo en que sus ojos miraron hacia otro lado, le dijo a Valentina que había algo más.

—Diego. ¿Qué no me estás diciendo?

Él respiró hondo. —Cuando llamé al asistente del señor Harlan para pedir una explicación... me dijo que la decisión no la tomó el señor Harlan.

—¿Cómo? ¿Entonces quién?

—Me dijo que la instrucción vino directamente del propietario del Grupo. Del dueño real. No el director ejecutivo. El dueño. —Diego hizo una pausa—. Valentina, el Grupo Harlan no le pertenece a ningún Harlan. Ese apellido es solo el nombre comercial que usa la empresa desde hace décadas.

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Valentina sintió algo frío moverse por su espalda.

—¿Y quién es el dueño?

Diego sacó su teléfono. Abrió una página. Le mostró la pantalla.

Había una fotografía.

Un hombre mayor. Ojos grises casi transparentes. Arrugas profundas. Una sonrisa tranquila que tenía el peso de alguien que ya no necesita demostrarle nada a nadie.

No llevaba saco de tela marrón en la foto. Llevaba un traje hecho a medida, estaba sentado en una silla de cuero en una oficina con vista al océano, y la revista Forbes lo describía en el pie de foto como: "Ernesto Villareal, fundador y propietario del conglomerado Harlan Group. Patrimonio estimado: 1.4 mil millones de dólares."

Valentina no pudo hablar.

No por segundos. Por casi un minuto completo.

Su mente repasó cada imagen como si fueran fotografías que alguien le pasara en cámara lenta: el saco marrón, los zapatos viejos, la copa de agua mineral, sus propias manos agarrándole el brazo, la puerta cerrándose, esos tres segundos de silencio en que él la miró sin decir nada.

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Esos ojos grises.

¿Está segura de eso?

—Dios mío —murmuró.

—Valentina —dijo Diego, y su voz era casi un ruego—. Necesitamos hacer algo. Sin este contrato, en cuarenta y cinco días no podemos cubrir la nómina. En noventa, perdemos las oficinas. En seis meses—

—Ya sé lo que pasa en seis meses.

—¿Qué hacemos?

Ella no respondió de inmediato.

Porque por primera vez en muchos años, Valentina Sorel no tenía respuesta.

Miró hacia la entrada del salón.

La puerta por donde había empujado a ese hombre seguía cerrada.

Silenciosa.

Como una tumba.

Y entonces el teléfono de Valentina vibró.

Un mensaje. De un número desconocido. Cinco palabras:

"Buenas noches, señorita Sorel."

Nada más.

El teléfono se le resbaló de las manos y golpeó el mármol con un sonido que a ella le pareció el más fuerte que había escuchado en su vida.

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