La Novia Que Se Burló De Otra Mujer No Sabía Que La Fiesta Guardaba Un Secreto: Lo Que Pasó Al Final Me Dejó Sin Palabras

Viste el inicio y no pudiste quedarte con la duda: hiciste bien en venir por el final. En ese instante, con el vestido blanco impecable cayendo sobre sus hombros, Valeria se miró al espejo y sonrió con una satisfacción que solo conocen los que se sienten superiores. "Que venga y que llore si quiere", pensó, mientras ajustaba el velo con manos temblorosas de emoción. No era miedo lo que sentía, era una seguridad absoluta. Ella había ganado, y lo sabía.
El salón de bodas del Club Campestre Los Arrayanes brillaba con una elegancia que había costado más que el auto que su prometido manejaba. Luis, su futuro esposo, era un hombre exitoso, dueño de una cadena de restaurantes, y ella... ella era la mujer que siempre había soñado con una vida así. Desde que era niña, Valeria había aprendido que el mundo se dividía en dos tipos de personas: las que nacían para brillar y las que nacían para mirar desde afuera. Y ella, definitivamente, había nacido para brillar.
A su lado, su dama de honor y mejor amiga, Daniela, reía con complicidad mientras le pasaba el labial rojo que combinaba con los detalles de la decoración.
—¿Viste cómo vestía esa tipa cuando llegó? —dijo Valeria sin dejar de mirarse al espejo—. Parecía que había comprado su vestido en un mercado de pulgas.
Daniela soltó una carcajada que resonó en el vestidor privado que la pareja había reservado para las damas.
—Ay, no seas mala. Pobre Ana María, seguro que hizo un esfuerzo enorme para estar aquí.
—¿Esfuerzo? —Valeria giró la cabeza con una ceja arqueada—. ¿Tú viste esos zapatos? Parecían de segunda mano. Y el peinado... Dios mío, parece que se peinó con un batidor de cocina.
El nombre de Ana María llevaba años quemándole la boca a Valeria. No era solo que hubiera sido la novia de Luis antes de que ella apareciera. Era más que eso. Era que Ana María había sido la mujer que acompañó a Luis en sus años de pobreza, cuando él apenas empezaba a construir su imperio gastronómico. Y cuando el éxito llegó, Valeria también llegó. Con su cabello perfecto, sus uñas perfectas, su vida perfecta.
Pero esa noche, Ana María había tenido la osadía de aceptar la invitación a la boda. Luis, con ese corazón noble que a veces exasperaba a Valeria, había insistido en que era lo correcto, que eran viejos amigos, que no había rencor. Y Valeria, con su sonrisa de porcelana, había aceptado. Porque sabía que esa mujer no soportaría verlos juntos, jurándose amor eterno frente a todos sus invitados.
—Se va a ir antes del primer baile —murmuró Valeria, mirando su reflejo como si estuviera hablando con una confidente—. Esa mujer nunca tuvo estómago para estas cosas. Demasiado sensible, demasiado débil. Va a ver lo que Luis y yo tenemos, y va a querer salir corriendo a llorar al baño.
—¿Y qué más da? —preguntó Daniela, ajustándose el vestido azul marino—. Al final, la que se casa con él eres tú.
—Eso es lo único que importa.
Pero mientras decía esas palabras, Valeria sintió algo raro. Un escalofrío que le recorrió la espalda, como si el aire acondicionado se hubiera encendido de golpe. Se ajustó el vestido y respiró profundo. No era momento de pensar tonterías. Era el día más feliz de su vida, y nada ni nadie iba a arruinarlo.
La puerta del vestidor se abrió y una de las organizadoras de la boda asomó la cabeza.
—Todo está listo, Valeria. La ceremonia va a comenzar en diez minutos.
Valeria asintió con altivez, como si la mujer fuera una sirvienta más del montón. Tomó el ramo de rosas blancas que descansaba sobre la mesa y lo levantó frente a su nariz, inhalando el perfume suave que había sido cuidadosamente seleccionado para el gran día.
—Vamos —le dijo a Daniela—. Es hora de que Ana María vea lo que se perdió.
Caminaron por el pasillo alfombrado que llevaba al jardín donde se realizaría la ceremonia. Las luces colgaban de los árboles como lágrimas de cristal, y los invitados, vestidos con sus mejores galas, se giraron para verla pasar. Valeria era la imagen perfecta de la novia soñada: esbelta, elegante, radiante. Cada paso era una declaración de poder, una patada simbólica a la humildad que alguna vez había conocido en su propia casa, antes de que su padre hiciera fortuna con contratos gubernamentales.
Pero algo le llamó la atención en el fondo del salón. Una figura femenina de pie, junto a una de las columnas de mármol, con las manos entrelazadas al frente y una expresión que Valeria no pudo descifrar por completo.
Ana María.
Pero no vestía como la mujer que Valeria había imaginado. No llevaba ropa de segunda mano ni un peinado descuidado. Llevaba un vestido azul noche que le caía como una segunda piel, con un escote sutil pero elegante que la hacía parecer una estrella de cine clásico. Su cabello castaño estaba recogido en un moño bajo, con algunas ondas sueltas que le enmarcaban el rostro. Pasaba de los 30, igual que Luis, pero su piel parecía luminosa, y sus ojos verdes brillaban con una calma que a Valeria le crispó los nervios.
—¿Ella? —murmuró Daniela, sorprendida.
Valeria apretó el ramo con fuerza. Las rosas crujieron bajo la presión de sus dedos.
—Dijeron que estaba pasando por un mal momento —susurró con desdén—. Que estaba deprimida, que no se cuidaba. ¿Quién la invitó? ¿Quién la vistió?
—Quizás el mismo diablo —respondió Daniela, y ambas soltaron una risa nerviosa.
La ceremonia comenzó, y Valeria caminó hacia el altar donde Luis la esperaba con una sonrisa radiante. Pero el corazón de Valeria no estaba completamente en el camino. Estaba pensando en Ana María, en el vestido azul, en esa luz rara que emanaba de su presencia. No importa, se repetía. Va a huir. Los débiles siempre huyen.
Y entonces llegó el momento que Valeria había esperado con ansias: el primer baile. Las luces se atenuaron, la música comenzó a sonar, y las parejas se apartaron para dejar el centro del salón vacío. Luis tomó la mano de Valeria y la guió hacia el círculo de luz.
Valeria vio a Ana María de reojo. Estaba de pie, justo donde había estado, con las manos todavía entrelazadas. No parecía a punto de llorar. No parecía débil. Parecía... expectante. Como si estuviera esperando algo.
Y fue en ese momento, cuando Valeria levantó los brazos para abrazar a su esposo, cuando todo se detuvo.
La música se cortó en seco.
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