La Última Apuesta del Reo: Sabía que el Motín Estaba Cerca y Nadie lo Podía Parar

El sudor corría por su frente como un presagio, y tú, que venías de ver el primer destello de esta historia, sabes que no podías quedarte sin saber qué pasaba después. Aquí sigue.

César «el Calacas» Mendoza dio dos vueltas al cigarro entre sus dedos, sintiendo el papel áspero contra la yema. No era el momento de encenderlo, pero el simple gesto de tenerlo cerca le calmaba los nervios que jamás admitiría tener.

—¿Y si no aguanta, Calacas? —preguntó El Gato, su compañero de celda, con la voz tan temblorosa que casi parecía un maullido lastimero.

César lo miró de reojo, sin mover un solo músculo del rostro. El Gato era joven, veintitrés años, ojos todavía con ese brillo de esperanza que el sistema penitenciario no había logrado arrancarle. Pero César sabía que ese brillo se apagaba rápido. Siempre se apagaba.

—La pregunta no es si aguanta —respondió con una calma que incomodaba—. La pregunta es qué va a confesar primero.

La celda olía a humedad, a tabaco rancio y a esa mezcla particular de desesperanza que solo se respira entre rejas. A través de la ventana con barrotes, la luna apenas alcanzaba a colarse, pintando de plata el rostro huesudo de César.

El Calacas llevaba catorce años encerrado. Dos condenas completadas y una tercera que estaba cumpliendo con la paciencia de un hombre que ya no tenía prisa por nada. Conocía el lenguaje de la cárcel mejor que cualquier guardia: sabía leer los silencios de los pasillos, el ritmo de las llaves, el tono exacto de las voces cuando algo se cocinaba.

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Y algo se estaba cocinando.

—El Chino se va a desmoronar como castillo de naipes —continuó César, ahora con una sonrisa torcida que no llegaba a sus ojos—. Lo vi ayer durante la hora de patio. Los miraba a ustedes, los miraba a todos, como quien espera que el suelo se lo trague.

El Gato se pasó la mano por la nuca sudorosa.

—Pero el Chino siempre ha sido duro, Calacas. Usted lo ha visto pelar con los del pabellón tres.

—Eso es puro teatro, chamaco.

César se incorporó sobre la litera, dejando que las tablas crujieran bajo su peso. Sus dedos, largos como los de un pianista, señalaron hacia la pared de concreto que separaba su celda de la contigua.

—¿Tú sabes lo que se siente cargar una delación en la conciencia? ¿Sabes lo que se siente saber que por tu culpa alguien dejó de respirar?

El Gato bajó la mirada.

—Eso fue hace años.

—Pero lo cargas todos los días —sentenció César, ahora con un tono más bajo, casi susurrante—. Y cuando llega el momento del miedo, de ese miedo putrefacto que se te mete hasta los huesos, todo eso sale. Sale como pus de una herida infectada.

Se hizo un silencio tenso entre ellos. De fondo, se escuchaban los sonidos habituales de la noche en la cárcel: algún que otro ronquido, el quejido metálico de las tuberías, y ese murmullo lejano que César conocía bien. Ese murmullo que, la noche anterior, le había confirmado todo.

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La revuelta iba a ser esa madrugada.

—¿Y usted cómo sabe tanto, Calacas? —preguntó de pronto El Gato, levantando la cara con una mezcla de curiosidad y temor reverencial.

César se quedó pensando un momento, el cigarro ahora entre sus labios resecos. Un viejo ritual que le servía para escudarse.

—Porque yo también he tenido miedo, chamaco. Y conozco la cara que pone el miedo antes de hacer de las suyas.

La frase quedó flotando en el aire como humo invisible. Pero antes de que El Gato pudiera hacer otra pregunta, los dos se congelaron al escuchar el ruido.

Un golpe seco contra la puerta de la celda.

—¿Calacas? —la voz era rasposa, urgente—. ¿Calacas, me escuchas?

Era el Chino.

El Gato abrió los ojos como platos, una mezcla de pánico y curiosidad en el rostro. Pero César mantuvo la expresión imperturbable. Con parsimoniosa lentitud, se bajó de la litera y se acercó a la puerta, pegando la cara contra la rejilla metálica.

—¿Qué se te ofrece, Chino? —preguntó sin un ápice de sorpresa.

—Tengo que hablar contigo —dijo el Chino al otro lado, la voz quebrada, casi un sollozo—. Es sobre lo de mañana. Sobre lo que se viene.

El Calacas se quedó en silencio, una sonrisa invisible en la oscuridad. Se volvió hacia El Gato, quien lo miraba desde la litera con un terror apenas disimulado.

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—¿Ves, chamaco? —murmuró César, apenas con labios—. Ya empezó el desmoronamiento.

Pero algo en la mirada del Chino a través de la rejilla le dijo al Calacas que esta vez no era solo la cobardía. Había algo más en esos ojos. Algo desesperado.

—Deja que entren los guardias de la mañana —dijo el Chino con urgencia—. Tenemos que hablar antes de que lleguen las noticias.

—¿Qué noticias, Chino?

El Chino tragó saliva. Se escuchó el ruido de sus dientes castañeteando, tan fuerte que incluso El Gato pudo oírlo desde la distancia.

—Se lo dijeron a mi hermano. Mi hermano que trabaja en el correccional de allá afuera. —El Chino respiró profundo—. Hay un motorizado viniendo para acá con una orden de traslado. Para ti, Calacas. Mañana al amanecer te sacan de aquí. No sabemos a dónde.

El silencio que se formó fue más pesado que cualquier condena. César el Calacas sintió que el cigarro se le caía de los labios, pero no hizo nada por recogerlo. Catorce años de paciencia y cálculo se desmoronaban en una sola frase.

Su plan para el motín jamás había contemplado la posibilidad de no estar ahí para vivir lo que él mismo había provocado.

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