La niña tocó la estrella del tatuaje y dijo: "Mi papá tenía uno igual"

Niña de siete años tocando con el dedo el tatuaje de una calavera con estrella en el brazo de un motero

Esa parte que te dejó con el corazón apretado tiene una continuación, y empieza justo ahora.

Marc tenía la servilleta arrugada entre los dedos cuando la puerta del restaurante se cerró detrás de la mujer y la niña.

El ruido de la carretera volvió de golpe.

Los platos siguieron chocando en la cocina.

Uno de sus compañeros, Ramiro, fue el primero en atreverse a hablar.

—Marc… ¿qué acaba de pasar?

Marc no respondió.

Miraba la fotografía que Lucía había dejado sobre la mesa.

Cinco motos alineadas frente a un atardecer naranja.

Cinco hombres con los brazos cruzados y las chaquetas abiertas.

Él y Gabriel al centro, mostrando aquel tatuaje idéntico que se habían hecho la misma tarde, en el mismo local, con las mismas agujas sucias.

—Marc.

—Dame un minuto.

Ramiro se calló.

Los demás también.

Todos conocían la historia.

Todos sabían que había un nombre que no se podía decir delante de Marc sin que se le apagara la cara.

Y esa niña acababa de decirlo como si nada, con la voz tranquila de quien dice el nombre de su papá porque es lo más normal del mundo.

Marc giró la fotografía otra vez.

Leyó la frase escrita a bolígrafo en el reverso.

Cinco hermanos. Una carretera. Siempre volvemos a por el que queda atrás.

La había escrito Gabriel.

No había duda.

Esa letra inclinada, con la ese de "siempre" torcida hacia la izquierda, era inconfundible.

Marc cerró los ojos.

Seis años.

Seis años convencido de que conocía la vida entera de su mejor amigo.

Seis años creyendo que Gabriel se había muerto solo, sin nadie más esperándolo en casa.

Y ahora resultaba que tenía una hija.

Una hija de siete años.

Una hija que acababa de reconocer un tatuaje antes que una cara.

—¿Vas a ir? —preguntó Ramiro.

Marc miró la dirección escrita en la servilleta.

Una calle del barrio viejo.

De la parte de la ciudad que no se toca si no tienes un motivo.

—Voy a ir.

—¿Quieres que te acompañe?

—No.

Ramiro asintió.

Sabía cuándo insistir y cuándo hacerse a un lado.

Marc pagó la cuenta.

Dejó la fotografía doblada con cuidado dentro de la chaqueta, en el bolsillo interior, el que va pegado al pecho.

Antes de salir, miró su propio brazo.

La calavera oscura.

La estrella pequeña escondida entre las líneas.

La estrella que la niña había tocado con el dedo, como si supiera exactamente dónde estaba.

Cuando montó en la moto, el motor rugió más de lo normal.

O quizás fue él.

El barrio viejo

Marc llegó veinte minutos antes de la hora.

Se quedó sentado sobre la moto, con el casco en las rodillas, mirando la casa.

Una casa baja, de paredes crema descascaradas.

Una reja oxidada.

Un pequeño jardín con dos macetas de barro y una planta de romero creciendo de lado.

En la ventana había cortinas de encaje y una calcomanía de mariposa pegada al vidrio.

Marc sintió algo raro en el pecho.

No era tristeza.

Era la sensación de estar mirando una vida que no le pertenecía.

Una vida que Gabriel había tenido lejos de él.

A las seis en punto, la puerta se abrió.

Lucía salió corriendo primero.

Llevaba un vestido amarillo y sandalias azules.

—¡Mamá, ya llegó!

La mujer apareció detrás.

Se había cambiado de ropa.

Ahora llevaba una blusa gris y el pelo recogido.

Se veía más cansada que en el restaurante.

Más vulnerable también.

—Pasá —dijo.

Marc cruzó la reja.

El patio olía a humedad y a detergente.

En una esquina había una bicicleta pequeña con rueditas.

En otra, una pelota desinflada.

Lucía lo tomó de la mano sin pedir permiso.

—Te voy a mostrar mi cuarto.

—Lucía.

—Es rapidito, mamá.

La mujer suspiró.

—Está bien.

Marc dejó que la niña lo arrastrara.

El cuarto era pequeño pero estaba lleno de vida.

Dibujos pegados con cinta adhesiva.

Una cama con sábanas de flores.

Y sobre la mesa de noche, un marco con una foto.

Marc se acercó.

Gabriel.

Sonriendo.

Con Lucía en brazos, cuando era bebé.

Tenía la misma nariz.

La misma forma de entrecerrar los ojos cuando reía.

Marc tuvo que apoyarse en el borde de la mesa.

—¿Te gusta? —preguntó Lucía.

—Mucho.

—Mamá dice que me parezco a él.

Marc tragó saliva.

—Sí. Te parecés bastante.

Lucía se puso contenta.

Empezó a sacar juguetes de un cajón.

Hablaba rápido, saltando de un tema a otro.

Que en la escuela había una niña que se llamaba igual que ella.

Que su color favorito era el morado.

Que quería aprender a andar en moto cuando fuera grande.

Marc la escuchó.

No sabía qué más hacer.

Era una niña.

Una niña que no tenía idea de que su existencia acababa de partirle algo por dentro a un hombre que ella no conocía.

—Lucía, dejá a Marc tranquilo.

La madre apareció en la puerta.

—Vení. Te preparé algo.

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La mesa

Se sentaron en la cocina.

Una mesa de formica.

Tres sillas.

Un mantel de cuadros azules.

La mujer sirvió café para los dos y leche con galletas para Lucía.

—¿Cómo te llamás? —preguntó Marc.

—Carolina.

—Carolina.

La probó.

No le sonaba de nada.

Gabriel nunca la había nombrado.

Nunca.

Ni una vez.

En once años de amistad.

En once años de compartir cuarto, carretera, peleas y silencios.

—Él nunca me habló de vos.

Carolina asintió lento.

—Ya sé.

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—¿Por qué?

—Porque yo se lo pedí.

Marc frunció el ceño.

—¿Por qué ibas a pedirle eso?

Carolina miró a Lucía.

La niña estaba entretenida mojando una galleta en la leche.

—Hay cosas que una niña no tiene por qué escuchar.

—Lucía, andá a ver la tele un rato.

—Pero mamá…

—Andá.

La niña obedeció con un suspiro dramático.

Cuando se cerró la puerta, Carolina se recostó en la silla.

Se veía como alguien que había ensayado un discurso mil veces.

Y que igual no sabía por dónde empezar.

—Gabriel y yo estuvimos juntos cuatro años.

Marc se quedó quieto.

—Cuatro años.

—Sí.

—Yo lo conocí once.

—Ya sé.

—Y nunca…

—Nunca.

Marc apretó la taza de café.

—¿Por qué?

Carolina lo miró fijo.

—Porque vos eras su hermano de ruta. Y yo era la vida que tenía escondida.

Marc sintió el golpe.

No era un reproche.

Era peor.

Era la verdad dicha sin adornos.

—Él quería contarte.

—¿Entonces?

—Pero siempre pasaba algo.

—¿Como qué?

—Un viaje. Una pelea. Una deuda.

Carolina hablaba despacio.

—Siempre había un motivo para dejarlo para después.

Marc recordó.

Recordó todas las veces que Gabriel le había dicho "te tengo que contar algo" y él había respondido "después, ahora tengo lío".

Todas las veces.

Una tras otra.

—Cuando quedé embarazada, él quiso decírtelo.

—¿Y?

—Yo le dije que no.

Marc la miró.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

—De que me dejaras fuera.

Carolina respiró hondo.

—Gabriel te quería más que a nadie, Marc. Más que a mí. Eso yo lo sabía desde el principio. Y yo no quería competir con eso.

Marc no supo qué decir.

—Cuando nació Lucía, él se volvió loco de felicidad.

Carolina sonrió leve.

—Le mandó una foto a su madre. A nadie más. Durante tres meses.

—¿Y después?

—Después se lo contó a sus otros hermanos de ruta.

Marc la miró.

—¿A cuáles?

—A Ramiro.

Marc sintió que el suelo se movía.

—Ramiro lo sabía.

—Ramiro lo sabía.

—¿Y nunca me dijo nada?

Carolina no respondió.

No hacía falta.

La pregunta

Marc se levantó.

Caminó hasta la ventana.

Afuera, el sol se estaba poniendo sobre los techos del barrio.

—Ramiro estuvo conmigo seis años.

—Sí.

—Se sentó conmigo todas las noches del primer mes. Me aguantó borracho. Me aguantó callado. Me aguantó gritándole a la pared.

—Sí.

—Y nunca me dijo que Gabriel tenía una hija.

—No.

Marc se giró.

—¿Por qué no?

—Porque Gabriel se lo pidió.

—¿Cuándo?

—Antes de morir.

Marc se quedó duro.

—¿Antes de morir?

Carolina asintió.

—Ramiro fue el único que llegó al hospital a tiempo.

Marc sintió un frío en las manos.

—Yo no llegué.

—No.

—Porque no contesté el teléfono.

—No.

Marc volvió a sentarse.

De golpe.

Como si las piernas no lo sostuvieran.

—¿Qué te dijo Ramiro?

Carolina lo miró.

—Que Gabriel, en los últimos minutos, le hizo prometer dos cosas.

—¿Cuáles?

—La primera: que no te dijera nada de mí ni de Lucía hasta que él llevara un tiempo muerto.

—¿Por qué?

—Porque no quería que te sintieras culpable de algo que no era tu culpa.

Marc se rio.

Una risa amarga, corta.

—Qué irónico.

—Sí.

—¿Y la segunda?

Carolina se levantó.

Fue hasta un armario.

Abrió el cajón de arriba.

Sacó una caja de madera pequeña, del tamaño de un libro grueso.

La puso sobre la mesa.

—La segunda: que yo te diera esto cuando estuvieras listo.

Marc miró la caja.

Tenía una pequeña estrella pintada en la tapa.

La misma estrella del tatuaje.

Marc la abrió con dedos temblorosos.

Adentro había una carta doblada y un reloj de hombre.

Un reloj barato, de correa gastada.

El reloj que Marc le había regalado a Gabriel cuando cumplió veinticinco.

—El reloj… —murmuró.

—Lo llevaba puesto el día del accidente.

Marc sintió que se le cerraba la garganta.

Desdobló la carta.

La letra inclinada.

La ese torcida.

Hermano:

Si estás leyendo esto, es porque ya sabés lo de Lucía. O porque Carolina se cansó de esperar. Cualquiera de las dos me sirve.

Marc tuvo que parar.

Respiró.

Siguió.

No te enojés conmigo por no habértelo dicho. Lo intenté como veinte veces. Pero cada vez que te miraba y pensaba "este va a ser el momento", me acordaba de todo lo que habíamos pasado juntos y me daba miedo que me miraras distinto.

Vos sos mi familia, Marc. La familia que yo elegí. Y tenía miedo de perderte.

Pero también tenía miedo de otra cosa.

Tenía miedo de que Lucía creciera sin saber que en el mundo había un hombre como vos.

Un hombre que arregla motos con paciencia.

Un hombre que se queda cuando todos se van.

Un hombre que dice la verdad aunque duela.

Marc dejó la carta sobre la mesa.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Lucía seguía viendo la tele en el cuarto.

Carolina lo miraba en silencio.

—¿Puedo seguir leyendo?

—Es tuya.

Marc tomó la carta otra vez.

Cuando nació Lucía, lo primero que pensé fue "este va a ser su tío favorito".

Y que vos le ibas a enseñar a andar en bici. Y a silbar. Y a hacer esas tortas fritas que hacías en los campamentos.

Pero las cosas no salieron como yo quería.

Si algo me pasa, Marc, no te hundas. Eso te lo pido.

Y no le des la espalda a Lucía. Ella no tiene la culpa de que yo fuera un cobarde.

Yo me muero tranquilo si sé que vos vas a estar ahí.

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Le podés contar de mí lo que quieras. Lo bueno también, eh. Que no me acuerdo solo de las peleas.

Te quiero, hermano.

Siempre volvemos a por el que queda atrás.

Gabriel.

Marc terminó de leer y se quedó con la carta en las manos.

El papel temblaba.

O era él.

—¿Terminaste?

Marc asintió.

No podía hablar.

—Esa carta la escribió dos semanas antes del accidente.

Marc la miró.

—¿Dos semanas antes?

—Sí.

—¿Cómo la tenés vos?

—Me la dio Ramiro.

Carolina se sentó otra vez.

—Gabriel la escribió y se la dio a Ramiro, con instrucciones de entregártela solo si algo le pasaba. Pero también le dijo que esperara.

—¿Esperar a qué?

—A que vos estuvieras listo.

Marc cerró los ojos.

Seis años.

Seis años de estar esperando.

Seis años de estar sin estarlo.

Lo que nunca supo

—Hay algo más —dijo Carolina.

Marc levantó la cabeza.

—¿Más?

—Sí.

Ella dudó.

Marc no la apuró.

—La noche del accidente, Gabriel venía a verte.

—Eso ya me lo dijo.

—No. No te dije todo.

Marc la miró.

—Gabriel no venía solo a arreglar la pelea.

—¿A qué venía?

Carolina se mordió el labio.

—Venía a pedirte algo.

—¿Qué cosa?

—Que nos cuidaras.

Marc frunció el ceño.

—¿Él ya sabía que iba a morir?

—No. No era eso.

Carolina respiró profundo.

—Gabriel tenía una deuda.

Marc se puso tenso.

—¿Una deuda?

—Con un grupo de la costa.

Marc conocía ese mundo.

Lo conocía desde adentro.

—¿Cuánto?

—No importa.

—Carolina.

—No importa, Marc.

—Sí importa.

—Ya está saldada.

Marc se quedó callado.

Carolina continuó.

—Gabriel sabía que si algo le pasaba, esa gente iba a venir por mí. Y por Lucía.

—¿Y por eso me buscaba?

—Él quería pedirte que nos protegeras. Que nos sacaras del barrio si hacía falta.

Marc sintió que todo encajaba.

La pelea no había sido una tontería.

Había sido Gabriel intentando protegerlos.

Y Marc, en su orgullo, lo había dejado solo.

—Yo no contesté el teléfono.

—No.

—Y él se murió creyendo que yo estaba enojado.

—No.

Marc la miró.

—¿No?

—Se murió sabiendo que vos ibas a venir. Aunque estuvieras enojado. Aunque te hubiera mentido. Aunque pasaran años.

Marc no pudo más.

Se llevó las manos a la cara.

Y lloró.

Lloró como no había llorado en seis años.

No de rabia.

No de culpa.

De alivio.

De saber que su hermano, incluso muriéndose, había confiado en él.

Lucía

En algún momento, la puerta se abrió.

Una vocecita.

—¿Mamá?

Carolina se limpió los ojos rápido.

—Sí, mi amor.

Lucía entró.

Miró a Marc.

Lo vio llorando.

Se acercó despacio.

Le tocó la mano.

—¿Estás triste?

Marc levantó la cara.

—Un poquito.

—¿Por mi papá?

—Sí.

Lucía pensó un momento.

—Mamá dice que mi papá está en el cielo.

Marc miró a Carolina.

Carolina miró al piso.

—¿Vos creés eso?

Lucía se encogió de hombros.

—No sé. Mamá dice que no se puede preguntar esas cosas.

—Yo sí te voy a contestar.

—¿Sí?

—Sí.

Lucía se puso seria.

Se sentó en la silla de al lado, con las piernas cruzadas.

—¿Dónde está?

Marc pensó.

—En un montón de lados.

—¿Cómo?

—En las cosas que te enseñó sin que te dieras cuenta.

—Pero yo no me acuerdo de él.

—No importa. Igual te enseñó.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué me enseñó?

Marc la miró.

—A poner cara de concentrada cuando algo te importa.

Lucía se rio.

—¿Cómo sabés?

—Porque lo vi.

—¿Lo conocías mucho?

Marc pensó antes de responder.

—Era mi mejor amigo.

Lucía abrió los ojos grandes.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Y por qué no viniste antes?

Carolina se tensó.

Marc la miró.

Y respondió con la verdad.

—Porque no sabía que existías.

Lucía lo pensó.

—Ah.

—Pero ahora sí sé.

—¿Y vas a volver?

Marc miró a Carolina.

Carolina lo miró.

Los dos sabían lo que significaba esa pregunta.

—Si tu mamá me deja.

Lucía giró.

—¿Mami?

Carolina tragó.

—Vamos a ver.

—¡Mami!

—Lucía.

—¡Por favor!

Carolina suspiró.

Y por primera vez en toda la tarde, sonrió de verdad.

—Vamos a ver.

La promesa

Marc se quedó hasta que se hizo de noche.

Ayudó a Lucía a lavarse los dientes.

Le leyó un cuento sobre una ballena que se perdía.

La tapó.

Apagó la luz del cuarto con la puerta entreabierta.

Cuando volvió a la cocina, Carolina estaba lavando las tazas.

—Puedo hacer eso.

—No, está bien.

Marc se apoyó en la mesada.

—¿Cuánto le debés a esa gente?

—Marc.

—Cuánto.

Carolina cerró la canilla.

Se secó las manos.

—Nada. Ya te dije.

—¿Seguro?

—Seguro.

Marc la miró.

Carolina no estaba mintiendo.

—¿Gabriel lo pagó antes de morir?

—Sí.

—¿Cómo?

—Vendió la moto.

Marc se quedó helado.

—La moto.

—Sí.

—La moto que yo lo ayudé a armar.

—Esa misma.

Marc tuvo que sentarse.

La moto que habían armado juntos, pieza por pieza, durante seis meses.

La moto que Gabriel había jurado que nunca vendería.

La había vendido para pagar una deuda que lo protegía a él.

A Marc.

—Esa moto era su vida.

—Ya sé.

—¿Y nunca me dijo nada?

—Nunca.

Marc se pasó la mano por la cara.

—Era un hijo de puta. Un hijo de puta generoso.

Carolina sonrió con tristeza.

—Sí.

Marc miró el reloj de la mesa.

Las once.

—Me tengo que ir.

—Podés quedarte.

Marc la miró.

—Hay un cuarto de huéspedes.

—No, gracias.

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—Como quieras.

Marc se levantó.

Se puso la chaqueta.

Antes de salir, sacó la fotografía del bolsillo.

La miró otra vez.

Cinco motos.

Cinco hombres.

Cinco hermanos.

—¿Puedo quedarme con esto?

Carolina lo pensó.

—Sí.

—Gracias.

—Marc.

Él se giró.

—Sí.

—No desaparezcas.

Marc la miró.

—No voy a desaparecer.

—Te lo digo en serio.

—Yo también.

Carolina asintió.

Marc salió.

En el patio, la luna estaba alta.

Antes de subir a la moto, miró hacia la ventana del cuarto de Lucía.

La luz estaba apagada.

Pero algo se movía detrás de la cortina.

Una manita pequeña saludando.

Marc levantó la mano.

Saludó.

Y arrancó la moto.

Seis meses después

Marc tardó un mes en volver a aparecer.

No porque no quisiera.

Porque necesitaba tiempo.

Necesitaba procesar.

Necesitaba pensarlo todo.

Pero volvió.

Volvió con un casco pequeño, rosa, del talle de Lucía.

Volvió con una caja de herramientas para arreglar la bici con rueditas.

Volvió con dos tortas fritas envueltas en papel de diario.

Lucía lo recibió en la puerta, saltando.

—¡Mami, llegó Marc!

Carolina salió con una sonrisa cansada.

—Pasá.

Esa tarde, Marc le enseñó a Lucía a andar en bici sin rueditas.

Ella se cayó tres veces.

Se levantó cuatro.

La cuarta la levantó Marc, riéndose.

—Ya está. Basta por hoy.

—¡Una más!

—No.

—¡Una!

—Lucía.

—¡Una!

Carolina miraba desde la puerta.

Y por primera vez en mucho tiempo, pensó que quizás Gabriel había tenido razón.

Que Marc era la clase de hombre que se queda.

Que Marc era la clase de hombre que vuelve a por el que queda atrás.

Con el correr de los meses, Marc se volvió parte de la casa.

Los sábados iba a almorzar.

Los domingos llevaba a Lucía a andar en bici por la plaza.

En el verano le enseñó a arreglar una cadena.

En el invierno le enseñó a tomar mate.

Lucía lo llamaba "tío Marc".

Al principio le costaba.

Después se acostumbró.

Un día de primavera, Lucía le preguntó:

—¿Vos me vas a cuidar siempre?

—Siempre.

—¿Como mi papá?

Marc pensó.

—Como tu papá me pidió que te cuidara.

—¿Y él te lo pidió?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de irse.

Lucía se quedó callada.

Después dijo:

—Entonces mi papá te quería mucho.

Marc sintió que se le cerraba la garganta.

—Sí.

—Y vos también lo querías.

—Mucho.

—Entonces está todo bien.

Marc se rio.

—Sí. Está todo bien.

Esa noche, cuando volvió a su casa, Marc abrió el cajón donde guardaba las cosas importantes.

Sacó la carta de Gabriel.

La leyó otra vez.

Siempre volvemos a por el que queda atrás.

Marc dobló el papel.

Lo guardó.

Y por primera vez en seis años, sintió que podía dormir tranquilo.

El último secreto

Tres años después del reencuentro, Carolina enfermó.

Nada grave.

Una operación, unos meses de reposo.

Marc se instaló en la casa.

Se ocupó de todo.

De Lucía, de la casa, de los trámites.

Cuando Carolina salió del hospital, él la esperaba en la puerta con las llaves.

—¿Listo?

—Listo.

En el camino, Carolina le dijo:

—Hay algo que nunca te conté.

—¿Más?

—Sí.

Marc no insistió.

Carolina continuó.

—La noche antes del accidente, Gabriel vino a verme.

—¿A vos?

—Sí.

—¿Y?

—Me dijo que si algo le pasaba, vos ibas a venir.

Marc la miró.

—¿Cómo lo sabía?

—Porque te conocía.

Marc no dijo nada.

—Y me dijo otra cosa.

—¿Qué?

—Que no te dejara solo.

Marc sintió que el pecho se le apretaba.

—Que no te dejara solo con la culpa.

Marc tuvo que estacionar.

Se quedó con las manos en el volante.

—Carolina.

—Sí.

—¿Por qué nunca me dijiste esto antes?

—Porque no estabas listo.

—¿Y ahora?

—Ahora sí.

Marc la miró.

Carolina sonrió.

—Ya está, Marc. Ya está todo dicho.

Marc arrancó otra vez.

Manejó en silencio hasta la casa.

Cuando llegaron, Lucía los esperaba en la puerta, con un cartel dibujado en cartulina.

Bienvenida, mami.

Debajo, con otra letra más chica:

Y bienvenido, tío Marc. Los quiero.

Marc leyó el cartel.

Y por primera vez desde que Gabriel se había muerto, sintió que había vuelto a casa.

El tatuaje

Un año después, Marc se hizo otro tatuaje.

En el brazo izquierdo, junto al que ya tenía.

No una calavera.

No una estrella.

Una frase.

Pequeña, en letra inclinada.

Igual a la letra de Gabriel.

La escribió el mismo tatuador.

Siempre volvemos a por el que queda atrás.

Cuando Lucía lo vio por primera vez, se quedó mirándolo mucho tiempo.

Después tocó la frase con el dedo.

—¿Qué dice?

Marc se agachó.

—Dice algo que tu papá me enseñó.

—¿Qué cosa?

—Que la familia no se elige por sangre.

—¿Y por qué se elige?

Marc la miró.

—Por lealtad.

Lucía pensó.

—¿Y vos sos mi familia?

—Sí.

—¿Y mi mamá?

—También.

—¿Y mi papá?

—Más que nadie.

Lucía sonrió.

Se abrazó a su brazo.

—Entonces está todo bien.

Marc la abrazó.

Y en el silencio de esa tarde, en el patio de la casa del barrio viejo, con el aroma del romero creciendo de lado y una bici sin rueditas apoyada en la pared, Marc entendió algo que tardó seis años en aprender.

Gabriel no se había ido.

Gabriel estaba en la niña que tocaba los tatuajes.

En la mujer que esperaba en la cocina.

En la frase que Marc llevaba ahora tatuada.

Gabriel había vuelto.

Como siempre.

A por el que queda atrás.

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA

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