Dos Motociclistas, una Mujer Embarazada y un Coche Rojo que No Debería Haber Frenado

Si llegaste desde Facebook, ya sabes lo que viste y no pudiste creer. Ya sentiste ese nudo en el estómago. Ahora quédate, porque lo que pasó después fue algo que ni el conductor del coche rojo ni su acompañante van a olvidar en su vida.
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La lluvia había empezado como esas lloviznas traicioneras que no avisan.
Primero unas gotas tímidas. Luego el cielo se abrió de golpe.
Valeria llevaba ya casi veinte minutos parada en esa acera. Sus pies estaban hinchados, como lo estaban todas las tardes desde el séptimo mes. El paraguas que tenía en la cartera era demasiado pequeño para protegerle el vientre, ese vientre enorme y redondo que ella cargaba con una mezcla de orgullo y agotamiento que solo entienden las mamás.
Tenía el cabello pegado a la nuca. El vestido blanco, el favorito que guardaba para las citas prenatales porque la hacía sentir bonita en un momento donde el cuerpo ya no se siente propio, estaba empapado desde las rodillas.
Pero Valeria esperaba.
Esperaba el autobús de las cinco y cuarto que siempre llegaba tarde, esperaba con esa paciencia callada que desarrollan las mujeres que han aprendido a aguantar el mundo sin quejarse demasiado.
A su lado, una señora mayor también esperaba. Le echó un vistazo a Valeria y sin decir nada le corrió el parasol de su paraguas hacia ella, como si fuera lo más natural del mundo.
Valeria le sonrió.
Todavía hay gente buena, pensó.
Y en ese momento fue cuando apareció el coche.
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El Coche Rojo y la Gente Que Se Cree el Mundo
Era un deportivo de esos que gritan dinero a dos cuadras de distancia.
Rojo encendido. Motor rugiendo como si la ciudad entera le debiera respeto. Ventanas polarizadas bajas a medias, con el volumen de la música tan alto que las vitrinas de la tienda de al lado temblaron levemente.
Venía rápido. Demasiado rápido para una calle mojada, para una zona de tráfico lento, para cualquier lugar donde hubiera seres humanos caminando.
La calle tenía un charco enorme frente a la parada del autobús. De esos charcos oscuros que acumulan días de lluvia, polvo, aceite de los carros y tierra de las banquetas. Un charco que cualquier conductor con dos dedos de frente habría bordeado, o al menos reducido la velocidad para no levantar una muralla de agua sucia.
El conductor del coche rojo no redujo la velocidad.
Al contrario.
Algunos testigos dijeron después que lo aceleró.
El agua golpeó a Valeria como un bofetón frío y brutal. Una ola completa de agua lodosa que le cayó de frente, que le empapó el vestido blanco hasta volverlo transparente, que le salpicó la cara, el cabello, los brazos, y que manchó de barro oscuro exactamente el lugar donde su bebé dormía adentro.
El vientre.
Ese vientre que ella cubría con las manos cuando caminaba entre multitudes. Ese vientre al que le hablaba por las noches.
Completamente manchado.
Valeria no gritó. No maldijo. No hizo nada de lo que uno haría en un primer instante de furia.
Simplemente se quedó paralizada, con los brazos abiertos, mirando hacia abajo, mirando la mancha oscura que se extendía sobre su vestido blanco.
Y desde adentro del coche, se escucharon las carcajadas.
Una risa masculina, fuerte y cruel. Y una risa femenina, aguda, como la de alguien que encuentra gracioso algo que no tiene ninguna gracia.
La ventana del copiloto bajó del todo y asomó una cara con gafas de sol, bronceado de spa y una sonrisa que daba más rabia que cualquier insulto.
—¡Camina más rápido, gorda! —gritó la voz masculina desde adentro—. ¡O métete en tu casa!
La mujer del asiento del copiloto se tapó la boca con la mano, fingiendo escandalizarse, pero sin dejar de reírse.
El coche arrancó de nuevo. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto mojado.
La señora mayor del paraguas soltó un insulto en voz baja que Valeria nunca le repetiría a su hijo. Otras personas en la parada se quedaron inmóviles, con esa mezcla de indignación y parálisis que nos atrapa cuando el mundo nos muestra lo peor de sí mismo de golpe.
Valeria seguía sin moverse.
Le temblaban las manos. Tenía los ojos llenos de lágrimas que se mezclaban con el agua de lluvia y que nadie, desde afuera, podría distinguir.
¿Por qué? Solo eso pensaba. ¿Por qué la gente puede ser así?
Fue entonces cuando escucharon el sonido.
Dos motores. Distintos al rugido arrogante del deportivo. Más graves, más pausados. El sonido de dos motocicletas que venían por el mismo carril por donde el coche rojo había pasado como una bala.
Eran dos hombres vestidos completamente de cuero negro. Cascos oscuros, chaquetas con parches, el tipo de presencia que hace que la gente aparte la mirada en una esquina normal.
Pero estas no eran circunstancias normales.
El primero de los motociclistas frenó exactamente frente a Valeria. Se quitó el casco con una sola mano, revelando una cara de unos cuarenta años, con barba de varios días y ojos que habían visto la escena completa.
La miró a ella. Miró el vestido manchado. Miró el vientre.
Y algo en su cara cambió.
—Señora —dijo, con una voz sorprendentemente tranquila—, ¿está usted bien?
Valeria abrió la boca para decir que sí, que estaba bien, como siempre decimos cuando no estamos bien.
Pero solo salió un temblor de labios.
El motociclista bajó de la moto sin apagar el motor. Se sacó la chaqueta de cuero y antes de que Valeria pudiera decir nada, se la puso sobre los hombros.
—No se preocupe —le dijo, mirándola directamente a los ojos—. Eso tiene consecuencias.
Y luego le habló al otro motociclista que seguía sobre su moto, con el motor encendido y la mirada fija en la dirección que había tomado el coche rojo.
—¿Lo perdiste de vista?
—Negativo —respondió el otro, con una calma que era casi inquietante—. Dobló por la avenida. Lo tengo.
El primero asintió. Se volvió a poner el casco. Y antes de subirse de nuevo a la motocicleta, giró la cabeza hacia la pequeña multitud que los rodeaba, hacia la cámara de alguien que había estado grabando desde el inicio, y esbozó una sonrisa.
Una sonrisa que decía van a ver algo bueno.
Y arrancaron.
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