El ataúd que guardaba el secreto más terrible: la verdad de su padre lo dejó sin aliento

La escena quedó en suspenso y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace. Aquí sigue.
— ¡Suéltame! — gritó Juan Pablo, forcejeando contra los brazos del hombre que lo sujetaba con fuerza contra la pared del pasillo.
El eco de su propia voz resonó en el salón velatorio, pero nadie acudió. El lugar estaba vacío, salvo por ellos tres y el ataúd cerrado al fondo de la sala, rodeado de arreglos florales que empezaban a marchitarse.
Sofía, la madrastra, se ajustó el chal negro con una calma que helaba la sangre. Tenía los labios pintados de un rojo intenso, como si hubiera salido de una fiesta y no del funeral de su esposo. Sonrió con una frialdad que Juan Pablo conocía desde hacía años, pero que nunca había visto tan descarada.
— Ay, Juan Pablo, siempre tan dramático — dijo ella, sacudiendo la cabeza con fingida compasión —. Solo necesito tu firmita en estos papeles y te prometo que todo esto termina rápido.
— ¿Firmar qué? ¿Para qué? ¡No voy a firmar nada hasta ver a mi papá!
El hombre que lo sujetaba — uno de los empleados de la funeraria, o eso había dicho — apretó más el brazo contra el cuello de Juan Pablo. Olía a tabaco y a alcohol barato.
— Tu papá ya no está, niño — intervino el hombre, con una voz áspera que no tenía nada de profesional —. Deja que doña Sofía haga las cosas como debe ser.
Una gota de sudor recorrió la frente de Juan Pablo. Tenía veintiocho años, pero en ese momento se sintió como un niño de doce, asustado y confundido, frente a la misma mujer que le había amargado la existencia desde que su padre la trajo a casa.
— ¿Por qué no me dejan verlo? — insistió, y su voz se quebró —. Es mi derecho, es mi papá...
Sofía suspiró con teatral impaciencia. Sacó un espejo de bolsillo del bolso y se retocó los labios, como si estuviera en una escena de telenovela.
— Mija, entiéndeme — dijo, guardando el espejo con parsimonia —. Tu padre dejó instrucciones muy claras. No quería que lo vieran así. Pero dejó estos documentos, y si no los firmas, no hay entierro. ¿Eso quieres? ¿Que tu papi se quede sin sepultura?
Las palabras le dolieron como una puñalada. Juan Pablo miró los papeles que Sofía sostenía en la mano, con su letra pequeña y sus sellos oficiales. Algo olía mal. Muy mal.
— ¿Y por qué necesitas mi firma? — preguntó, intentando mantener la calma —. Si tanto amor le tenías, ¿por qué no firmas tú?
Los ojos de Sofía parpadearon rápido. Demasiado rápido.
— Porque la ley es la ley, hijito. Y tú eres el hijo mayor. Necesito tu consentimiento para... bueno, para los arreglos finales.
El brazo del hombre presionó un poco más, y Juan Pablo sintió el dolor agudo en el hombro. Pero no era nada comparado con el dolor que le estallaba en el pecho desde que recibió la llamada esa mañana.
«Tu padre sufrió un infarto. Ha muerto.»
Ocho palabras que le habían desarmado el mundo entero.
Ocho palabras que ahora resonaban en el vacío de esta sala fría y sospechosa.
— Déjame verlo — repitió Juan Pablo, pero esta vez no fue una súplica. Fue una exigencia.
— No — respondió Sofía, ya sin filtros.
— ¿Qué?
— Que no, Juan Pablo. No vas a verlo. Firme esos papeles y váyase de aquí. No compliques las cosas.
Algo se rompió dentro de Juan Pablo. La tristeza se transformó en rabia, un volcán que venía acumulando presión desde hacía años. Desde la muerte de su madre, cuando su padre apareció tres meses después con esta mujer en el brazo. Desde que empezó a notar las llamadas raras, las cuentas vacías, el silencio de su padre cuando le preguntaba si todo estaba bien.
— ¿Sabes qué, Sofía? — dijo, logrando liberar un brazo del agarre del hombre —. No voy a firmar nada. Nada. Y voy a llamar a la policía si hace falta. Porque esto que estás haciendo no es normal. ¡Esto no es un entierro, esto es un secuestro!
La madrastra se quedó quieta. El hombre que lo sujetaba también. Por un momento, Juan Pablo pensó que había ganado.
Pero entonces Sofía sonrió.
Y esa sonrisa era peor que cualquier cosa que hubiera visto antes en su vida.
— ¿La policía? — rió con sorna, mientras comenzaba a caminar lentamente hacia el ataúd —. ¿Y qué vas a decirles, mi vida? ¿Que no te dejé ver a tu papacito muerto? ¿Que quieres abrir el cajón para llorarle encima?
Se detuvo junto al ataúd, acariciando el borde de la madera oscura con la punta de sus dedos, como si acariciara a una mascota. El maquillaje perfecto, la ropa elegante, el perfume caro: todo en ella era una fachada.
— Pobrecito Juan Pablo — continuó, con la voz empalagosamente dulce —. Toda la vida llorándole a la mamita que se murió, y ahora también quiere llorar al papi. Pero dime, ¿tú de verdad crees que tu papá te quería? ¿De verdad?
Juan Pablo apretó los puños.
— Claro que me quería. Él siempre fue bueno conmigo.
— ¿Bueno? ¿Bueno? — Sofía soltó una carcajada que rebotó en las paredes del salón —. Ese hombre era un tonto. Pobre, pero un tonto. Y yo... — se tocó el pecho con una mano enjoyada — fui lo único inteligente que hizo en su vida.
— ¿Qué estás diciendo?
— Que tu papacito creía que yo lo amaba. Que me dejó administrar sus cuentas, su negocio, su pensión. Todo. — Confesó Sofía, encogiéndose de hombros —. Y yo, hazme el favor, me encargué de que todo el dinero cambiara de dueño. Poco a poco. Sin apuro. Sin que él sospechara.
El corazón de Juan Pablo dio un vuelco. El hombre lo soltó, dándose por vencido, porque ya no era necesario contenerlo. Ni siquiera para su propio bien.
— ¿Qué hiciste? — susurró Juan Pablo.
— ¿Qué hice? — Sofía inclinó la cabeza, disfrutando cada segundo —. Lo que cualquier mujer inteligente haría, mi cielo. Estuve contigo por tu plata, me casé contigo por tu plata, y cuando terminé de sacarte todo... — hizo una pausa dramática, saboreando las palabras — se me acabó el amor.
Juan Pablo sintió su cuerpo entumecerse. Recordó las noches en las que su padre hablaba por teléfono con la luz apagada, recordó el plato de comida incompleto, recordó las veces que le dijo «estoy bien, hijo, no te preocupes». Y nunca se preocupó. Y nunca vio nada.
— Eres... — empezó, con la voz rota — eres una...
— ¿Ibas a decir? — lo cortó Sofía, abriendo el bolso para guardar los documentos —. Ni siquiera me importa. Terminemos esto. Llora, firma y lárgate. Tú papá está ahí dentro y no va a resucitar por mucho que pidas verlo.
Fue entonces cuando Juan Pablo escuchó el sonido.
Fue débil, muy débil. Al principio pensó que era su imaginación, un latido de sangre en sus oídos por la rabia. Pero luego lo volvió a escuchar, más claro, más desesperado.
Un golpe seco.
Desde el ataúd.
Un golpe que no podía ser real.
Juan Pablo levantó la vista lentamente, sin aliento. Al frente, Sofía estaba hablando todavía, su boca moviéndose como una marioneta rota, pero el sonido de su voz ya no llegaba hasta él. Solo el golpe. Otro golpe. Como un corazón asustado, golpeando la pared desde el otro lado.
— ¿Qué fue eso? — preguntó Juan Pablo, con la voz apenas audible.
Sofía dejó de hablar de inmediato. Sus ojos se abrieron, por primera vez, con un destello de miedo.
— Nada — respondió rápido, demasiado rápido —. Es la madera, el aire, las tuberías...
Otro golpe.
Esta vez más fuerte. Más urgente.
— ¿Eso suena a tuberías? — Juan Pablo dio un paso hacia el ataúd.
El hombre que lo había sujetado palideció. Sofía movió la cabeza de un lado a otro, con una negación enfática.
— No te acerques, Juan Pablo. Te estoy diciendo que NO te acerques.
Pero Juan Pablo ya no escuchaba.
Estaba caminando hacia el ataúd, con las piernas temblorosas, con el corazón desbocado. Cada golpe que llegaba desde la madera era una llamada, un eco, una señal imposible de ignorar. Pasó por el lado de Sofía, que intentó tomarlo del brazo, pero él se la sacudió con una fuerza que lo sorprendió hasta a él mismo.
Llegó al ataúd y se detuvo.
El silencio llenó la sala.
Y entonces, desde adentro, un sonido aún más horrible que los golpes: un gemido apagado, sofocado, como de alguien que intenta gritar pero tiene la boca tapada.
Juan Pablo respiró hondo.
Y levantó la tapa.
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