El hombre de las botas empolvadas que le dio una lección de humildad al mundo de los negocios

Llegaste a la parte final de la historia, el momento donde todo se pone en su lugar...
Mauricio se dejó caer en el mismo sillón que Don Anselmo acababa de abandonar. Sentía que el mundo le daba vueltas. El silencio en la terminal ahora era sepulcral, roto solo por el lejano rugido de los motores del jet de Santacruz que comenzaba su maniobra de rodaje.
En ese momento, su teléfono celular volvió a sonar. Era su jefe, el director general de la firma de inversiones para la cual Mauricio trabajaba con una ambición desmedida.
—¿Mauricio? —la voz al otro lado del teléfono sonaba urgente y nerviosa—. ¿Ya llegaste a la terminal?
—Sí, jefe... estoy aquí —respondió Mauricio con voz débil.
—Escúchame bien. El negocio con el Grupo Santacruz se acaba de complicar. Me acaban de informar que el mismísimo Don Anselmo estuvo en la ciudad de incógnito para evaluar personalmente a sus futuros socios. Se dice que le gusta observar cómo se comportan las personas cuando creen que nadie importante las está viendo. Si lo ves por ahí, o si logras identificarlo, haz lo que sea necesario para causar una buena impresión. De este contrato depende que nuestra empresa no quiebre el próximo mes.
Mauricio sintió un frío glacial recorriéndole la columna vertebral. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó sobre la alfombra de la terminal. La ironía era tan cruel que parecía sacada de una tragedia griega. Había tenido frente a él al hombre que sostenía el destino de su carrera profesional, y lo único que había hecho fue humillarlo por su vestimenta.
A través del enorme cristal de la sala VIP, vio cómo el imponente jet blanco despegaba con una elegancia asombrosa, perdiéndose rápidamente entre las nubes del atardecer. Con ese avión se iba no solo el contrato más importante de su vida, sino también su soberbia.
Sofía, la recepcionista, se acercó a él con una pequeña nota en la mano.
—El señor Santacruz dejó esto para usted antes de subir al avión —dijo ella con una mezcla de lástima y serenidad.
Mauricio tomó el papel con manos temblorosas. En él, con una caligrafía firme y clara, Don Anselmo había escrito una sola frase:
"El polvo de mis botas se quita con agua, pero la mancha de la arrogancia no se quita ni con todo el oro del mundo. Hoy no perdiste un negocio, joven; hoy perdiste la oportunidad de ser un hombre de honor."
Mauricio se quedó mirando el horizonte mucho tiempo después de que el avión desapareciera. Ese día, el ejecutivo no tomó su vuelo. Regresó a su casa en silencio, caminó por las calles de la ciudad y, por primera vez en años, se fijó en las personas que limpiaban las aceras, en los que cargaban bultos en el mercado, en los que sudaban bajo el sol para que la ciudad siguiera funcionando.
Aprendió que detrás de cada camisa gastada hay una historia de esfuerzo, y que la verdadera riqueza no es la que se exhibe, sino la que se lleva en el espíritu.
Don Anselmo, por su parte, regresó a su rancho. Esa misma noche, se quitó las botas empolvadas, se sentó en el porche de su casa de madera y contempló las estrellas. Sabía que su dinero podía comprar muchas cosas, pero lo que más valoraba era seguir siendo el mismo hombre sencillo que una vez salió de ese mismo campo con nada más que sueños en los bolsillos.
La historia del vaquero y el ejecutivo se corrió como pólvora en los círculos empresariales. Se convirtió en una leyenda urbana, en un recordatorio necesario para todos aquellos que, al subir un par de peldaños en la escalera del éxito, olvidan dónde está el suelo.
Porque al final del día, todos somos iguales ante la tierra que nos vio nacer y la que un día nos recibirá de nuevo. Y aquel que se cree superior por lo que tiene, termina siendo el más pobre de todos por lo que le falta en el alma.
Nunca juzgues a un libro por su portada, ni a un hombre por el polvo en sus botas. Porque podrías estar despreciando al dueño del cielo que pretendes conquistar.
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