El juramento en la arena: Lo que el millonario no sabía sobre la bestia y el muchacho

Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.
El silencio en la plaza privada de Don Rodrigo no era un silencio de paz, era un silencio de muerte. Se podía escuchar el crujir de la arena bajo las botas desgastadas de Mateo y el resoplido pesado, casi rítmico, de "General", un toro de lidia de casi seiscientos kilos de puro músculo y furia contenida.
Arriba, en el palco sombreado, el millonario sostenía una copa de cristal fino. Su risa, cargada de una arrogancia que solo el dinero puede comprar, cortaba el aire caliente de la tarde. Para él, esto no era más que un espectáculo privado, una forma de demostrar que hasta la vida de un hombre tenía un precio si se ponían los billetes suficientes sobre la mesa.
Mateo sentía el sudor frío corriéndole por la espalda. Sus manos temblaban, no solo por el miedo a morir, sino por la desesperación de saber que, si fallaba, su madre no tendría la cirugía que necesitaba. Eran cincuenta mil dólares. Una cifra que para Don Rodrigo era calderilla, pero para Mateo era la diferencia entre la vida y el luto.
—¿Qué pasa, muchacho? —gritó Don Rodrigo desde el palco, su voz goteando sarcasmo—. ¿Te ha comido la lengua el toro? Si quieres el dinero, tienes que quitarle esa cinta roja del cuerno. ¡Solo es un trozo de seda!
Mateo no respondió. Sus ojos estaban fijos en los ojos del animal. "General" no era un toro cualquiera. Era una mole de pelaje negro azabache, con astas que parecían lanzas talladas en hueso. El animal escarbó la tierra, levantando una nube de polvo fino que irritaba los ojos de Mateo.
En ese momento, el joven cerró los ojos por un segundo. Un recuerdo fugaz lo asaltó: el olor a alfalfa fresca, el calor de un establo y la voz de su abuelo, el antiguo capataz de esta misma hacienda antes de que los nuevos dueños lo echaran a la calle sin un centavo.
—Nunca le temas a la bestia, Mateo —le decía su abuelo—. Témale al hombre que la convirtió en bestia.
Mateo respiró hondo. Dio un paso adelante. No llevaba capote, ni espada, ni ninguna protección. Solo su camisa de algodón remendada y una fe ciega en un secreto que guardaba en lo más profundo de su pecho.
El toro bajó la cabeza. El mensaje era claro: un paso más y la embestida sería inevitable. Los invitados de Don Rodrigo, hombres y mujeres vestidos con sedas y linos caros, se asomaron por la barandilla, algunos con morbo, otros con una pizca de remordimiento que ahogaban en sus tragos.
—¡Mira cómo tiembla! —se burló uno de los amigos del millonario—. Rodrigo, vas a terminar con sangre en tu arena nueva.
Don Rodrigo soltó una carcajada y encendió un habano. —Es su elección. La necesidad hace que los hombres hagan cosas estúpidas. Y yo amo ver hasta dónde llega la estupidez humana.
Mateo, ajeno a las burlas, empezó a hablar. Su voz era apenas un susurro, un hilo de sonido que solo el toro podía captar en medio de la tensión. —Tranquilo, viejo amigo... tranquilo. Sé quién eres. Sé que te acuerdas de las manzanas que te llevaba al corral cuando eras solo un becerro asustado.
El toro dejó de escarbar. Sus orejas se movieron, captando la vibración de la voz de Mateo. El joven siguió avanzando, centímetro a centímetro. Su corazón latía tan fuerte que sentía que le iba a romper las costillas.
Don Rodrigo frunció el ceño. Esperaba ver una persecución, gritos de terror, sangre salpicando las tablas. No esperaba ver a un muchacho caminando hacia la muerte con la calma de quien va a saludar a un pariente.
—¿Qué está haciendo ese idiota? —murmuró el millonario, dejando el habano en el cenicero de plata—. ¡Provócalo! ¡Haz que se mueva!
Uno de los peones de la hacienda, por orden de Don Rodrigo, lanzó una piedra que golpeó el lomo del toro. El animal lanzó un bramido que hizo vibrar el suelo. Sus ojos se inyectaron en sangre y el instinto salvaje, ese que ha sido alimentado por siglos de genética, se apoderó de él.
Mateo se quedó petrificado. Estaba a solo tres metros de distancia. Podía oler el almizcle del animal, ver las moscas revoloteando alrededor de sus ojos. La cinta roja, el premio de su salvación, ondeaba burlona sobre el cuerno derecho de la bestia.
—"Lucero"... —susurró Mateo, usando el nombre que el animal tenía antes de que lo rebautizaran como "General" para las corridas—. "Lucero", mírame. Soy yo.
El toro dio un paso lateral, bufando con fuerza, el vapor saliendo de sus fosas nasales como si fuera un dragón de leyenda. La tensión era insoportable. Mateo estiró la mano, la palma abierta, mostrando que no llevaba armas.
En el palco, el silencio se impuso. Hasta los más cínicos habían dejado de beber. Era una escena irreal: la fragilidad de un chico de veinte años frente a la fuerza bruta de la naturaleza.
Mateo estaba lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba del cuerpo del toro. Con los dedos rozando casi el hocico húmedo del animal, el joven sintió una conexión eléctrica. Por un instante, el toro pareció reconocerlo. La tensión en sus músculos se aflojó ligeramente.
Pero Don Rodrigo no estaba dispuesto a perder su apuesta, ni su entretenimiento. —¡Ya basta de juegos! —gritó, poniéndose en pie—. ¡Suelten a los perros si no embiste de una vez!
El grito del millonario rompió el hechizo. El toro se sobresaltó y, en un movimiento rápido como el rayo, lanzó un derrote hacia arriba. El cuerno pasó a milímetros del pecho de Mateo, rasgando su camisa.
El joven cayó hacia atrás, golpeándose la espalda contra el suelo duro. El polvo lo cegó por un momento. El rugido de la multitud en el palco fue una mezcla de horror y excitación.
—¡Se acabó! —gritó Don Rodrigo, con una sonrisa macabra—. ¡Ahora sí vamos a ver de qué estás hecho, muchacho!
Mateo intentó levantarse, pero el aire le faltaba. El toro, ahora completamente alterado por los gritos y el golpe previo, se preparó para la carga final. Raspó el suelo con una violencia inusitada, bajando la testuz, apuntando directamente al corazón del joven.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA