El juramento en la arena: Lo que el millonario no sabía sobre la bestia y el muchacho

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El mundo pareció detenerse para Mateo. Desde el suelo, la figura de "General" se veía todavía más imponente, una montaña de carne y nervios lista para aplastarlo. El joven podía ver la cicatriz en la oreja del animal, la misma que se hizo cuando era un becerro y se enganchó en una valla de espinos. Él mismo lo había curado con ungüento y paciencia mientras su abuelo le sostenía la cabeza.

—No lo hagas... —suplicó Mateo, aunque sabía que un animal acorralado no entiende de súplicas.

Don Rodrigo, desde lo alto, disfrutaba el momento. Para él, esto era arte. El arte de ver a alguien perderlo todo. —¡Cincuenta mil dólares, Mateo! —gritó con malicia—. ¡Están aquí, en este maletín! ¡Solo levántate y tómalos!

Mateo sabía que el millonario mentía. No quería pagarle, quería verlo humillado. Pero el dinero era real, y la necesidad de su madre también lo era. Con un esfuerzo supremo, Mateo se puso de pie, tambaleándose. Sus piernas eran como gelatina, pero su mirada se volvió de acero.

—No es por el dinero, Rodrigo —dijo Mateo en voz baja, aunque el millonario no pudiera oírlo—. Es por la justicia que le robaste a mi abuelo.

El toro inició la carga. No fue una embestida lenta, fue una explosión de potencia. Mateo no corrió. Si corría, moriría. Se quedó quieto, como una estatua de sal en medio del desierto.

En el último microsegundo, cuando el cuerno estaba a punto de atravesarlo, Mateo hizo algo que nadie esperaba. En lugar de esquivarlo hacia los lados, se dejó caer de rodillas y se inclinó hacia adelante, pegando su frente a la del animal.

El impacto fue seco. El toro, sorprendido por la falta de resistencia y por el contacto directo, frenó en seco, clavando sus pezuñas en la arena y levantando una cortina de polvo que ocultó a ambos de la vista del palco.

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—¿Qué pasó? ¿Lo mató? —se preguntaban los invitados, estirando el cuello.

Cuando el polvo se asentó, la escena dejó a todos mudos. Mateo seguía de rodillas, con la frente apoyada en el testuz del toro. El animal no lo estaba atacando. Estaba quieto, temblando levemente, mientras Mateo le susurraba al oído palabras que nadie más podía entender. Eran las mismas nanas que su abuelo cantaba en las noches de tormenta para calmar al ganado.

—Eso es... eso es... tranquilo, Lucero. Estamos juntos en esto.

Con una mano temblorosa, Mateo alcanzó el cuerno derecho. El toro no se movió. Los dedos del joven se cerraron sobre la cinta roja de seda. Con un tirón suave pero firme, desató el nudo.

Tenía la cinta. Tenía el premio.

Se puso de pie lentamente, con la cinta en alto. Su rostro estaba sucio de tierra y sudor, pero sus ojos brillaban con un triunfo que el dinero jamás podría comprar. El toro permaneció a su lado, como un guardián silencioso, ignorando por completo los gritos que empezaban a llover desde el palco.

Don Rodrigo estaba lívido. Su rostro, antes rojo por el alcohol, ahora estaba pálido de rabia. Se suponía que el toro debía despedazar al chico, o al menos hacerlo huir despavorido. Ver esa muestra de dominio absoluto y de conexión animal lo hacía sentir pequeño, insignificante.

—¡Es un truco! —bramó Don Rodrigo, golpeando la barandilla—. ¡Ese animal está drogado! ¡Peones, saquen a ese chico de ahí y traigan los perros!

—¡Usted dio su palabra, Don Rodrigo! —gritó Mateo desde el centro de la arena—. ¡Tengo la cinta! ¡Pague lo que debe!

Los invitados empezaron a murmurar. Entre ellos había gente de negocios, personas que, aunque crueles, valoraban la palabra dada en una apuesta pública. Don Rodrigo sintió la presión de las miradas sobre él.

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—Págale, Rodrigo —dijo una mujer elegante, con una voz cargada de desprecio—. El muchacho ha ganado. No seas un mal perdedor.

El millonario apretó los dientes tanto que temió que se le rompieran. Miró a Mateo, luego al toro, y finalmente al maletín que descansaba sobre la mesa. —¿Quieres tu dinero? —preguntó con una sonrisa gélida—. Ven a buscarlo. Pero te advierto, nadie sale de mi hacienda con mi plata tan fácilmente.

Mateo empezó a caminar hacia la salida de la arena, pero antes de irse, le dio una última palmada en el cuello a "Lucero". —Pronto vendré por ti —le susurró—. Te lo prometo.

Pero lo que Mateo no sabía era que Don Rodrigo tenía un plan B. Mientras el joven se dirigía hacia las escaleras del palco, el millonario le hizo una señal imperceptible a uno de sus guardaespaldas. El hombre asintió y desapareció en las sombras de los pasillos de la hacienda.

Cuando Mateo llegó al palco, la atmósfera era eléctrica. Don Rodrigo abrió el maletín. Los fajos de billetes de cien dólares brillaban bajo la luz de las lámparas.

—Aquí tienes —dijo el millonario, extendiendo un fajo—. Pero hay un pequeño detalle que olvidé mencionar en nuestra apuesta, muchacho.

Mateo se detuvo, con la mano a mitad de camino hacia el dinero. —¿Qué detalle?

—La apuesta era quitarle la cinta al toro —dijo Rodrigo, ensanchando su sonrisa—. Pero nunca dije que te dejaría salir vivo de la propiedad con ella. En mi tierra, el que entra sin permiso se queda para siempre. Y tú, técnicamente, entraste a mi arena privada.

En ese momento, cuatro hombres armados aparecieron detrás de Mateo, bloqueando las salidas. Los invitados retrocedieron, algunos asustados, otros simplemente curiosos por ver cómo terminaría el drama.

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—¿Vas a matarme por cincuenta mil dólares? —preguntó Mateo, manteniendo la calma a pesar de que su corazón quería salirse de su pecho.

—No es por el dinero —respondió Don Rodrigo, acercándose hasta que su aliento a tabaco y alcohol inundó el rostro de Mateo—. Es por la insolencia. Es por recordarme que hay cosas que no puedo comprar. Y por ese maldito toro. Mañana mismo será enviado al matadero.

Al oír eso, algo se rompió dentro de Mateo. No era miedo, era una furia antigua, la misma furia que su abuelo debió sentir cuando lo humillaron.

Pero antes de que Mateo pudiera reaccionar, un estruendo sacudió el palco. Un sonido de madera rompiéndose y un rugido que no parecía humano llenó el aire.

Abajo, en la arena, "Lucero" no se había quedado tranquilo. Al ver que se llevaban a Mateo y al sentir la agitación en el palco, el animal había arremetido contra la puerta de madera que separaba la arena de la zona de invitados.

El toro, guiado por un instinto que iba más allá de la razón, estaba destrozando las vigas de soporte del palco. La estructura empezó a ceder, inclinándose peligrosamente.

—¡¿Qué está pasando?! —gritó Don Rodrigo, perdiendo el equilibrio.

Los guardaespaldas, distraídos por el temblor, bajaron la guardia. Mateo aprovechó el momento. No fue por el dinero, fue por la vida. Se lanzó hacia el maletín, lo cerró de un golpe y se preparó para lo peor.

El palco crujió una vez más. El suelo bajo los pies de Don Rodrigo se abrió. El millonario lanzó un grito de terror mientras caía hacia la arena, donde un toro enfurecido lo esperaba con los ojos fijos en él.

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