El rugido del desierto: La deuda que se paga con sangre y el rescate de un ángel

Sabía que no podías quedarte con la duda, y aquí la verdad sale a la luz.
A veces, el destino no te avisa con nubarrones; te golpea de frente con un cielo despejado, recordándote que hasta el hombre más poderoso camina sobre un cristal muy delgado.
Don Fausto no era un hombre de lágrimas. En el mundo donde él se movía, el llanto era una invitación para que los buitres te devoraran las entrañas. Pero en ese momento, frente a los monitores de alta definición de su oficina blindada, sentía que el oxígeno se le terminaba.
Sus ojos, curtidos por décadas de ver lo que nadie debería ver, estaban fijos en la imagen granulada de la cámara 4. Ahí estaba ella. Su pequeña Sofía, de apenas cinco años, con su vestido color rosa pastel y sus coletas saltando, caminando de la mano de un hombre hacia la parte trasera de las caballerizas.
El hombre no era un desconocido. No era un comando enemigo saltando las bardas electrificadas. Era Ramiro. Su chofer de confianza. El hombre que se sentaba a su mesa, el que conocía sus rutas, sus miedos y, lo más sagrado, los horarios de la niña.
—¡Preparen los motores! —rugió Fausto, y su voz no pareció humana, sino el estruendo de un volcán a punto de reventar—. ¡Quiero a todos los hombres en los blindados ahora mismo!
El silencio de la hacienda se rompió en mil pedazos. En menos de tres minutos, el patio central se llenó con el sonido metálico de las armas siendo cargadas y el rugido de seis camionetas negras, modificadas para resistir cualquier calibre.
Fausto caminó hacia la salida, pero se detuvo un segundo frente al espejo del pasillo. Vio a un hombre de cincuenta años, con canas en las sienes y un traje italiano impecable, pero sus ojos ya no eran los del empresario que exportaba ganado. Eran los ojos del "Lobo de la Sierra", el alias que había intentado enterrar por amor a su hija.
—Patrón, los analistas tienen el GPS de la camioneta de Ramiro —dijo "El Chino", su jefe de seguridad, mientras le entregaba un radio encriptado—. Va hacia el norte, por la carretera vieja. Lleva diez minutos de ventaja.
—No quiero excusas, Chino —respondió Fausto, subiéndose al asiento del copiloto de la unidad líder—. Si ese hombre toca un solo cabello de mi hija, no va a necesitar una tumba. Yo mismo me encargaré de que el desierto se lo trague vivo.
El convoy salió de la hacienda como una exhalación, levantando una nube de polvo que ocultó el sol de la tarde. La velocidad era suicida, pero a Fausto no le importaba. Cada segundo que pasaba era un puñal en su pecho, imaginando el miedo en los ojos de Sofía.
En el interior de la camioneta, el ambiente era gélido. Los hombres de Fausto, tipos que no le temían a nada, evitaban mirarlo a los ojos. Sabían que el patrón estaba en ese estado de "furia fría" donde cualquier error se pagaba con la vida.
Fausto apretaba el radio con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Pensaba en Ramiro. ¿Por qué lo hizo? Le había dado casa, le había pagado las cirugías de su madre, lo trataba como a un hermano menor. La traición dolía más que la pérdida de dinero. La traición olía a azufre.
—Señal confirmada, patrón —informó la voz del analista por el radio—. Están entrando en la zona del desierto muerto. No hay señal de celular ahí, pero el satélite los tiene marcados. El sospechoso se detuvo en una gasolinera abandonada a veinte kilómetros de su posición.
—Aceleren —ordenó Fausto, mientras sacaba su pistola personalizada, una calibre .45 con cachas de oro y el nombre de su hija grabado en el cañón—. Y escúchenme bien: el que dispare sin mi orden y ponga en riesgo a la niña, no regresará a casa.
El paisaje comenzó a cambiar. El verde de los valles desapareció para dar paso a la tierra árida y los cactus que parecían centinelas de la muerte. El sol empezaba a caer, pintando el horizonte de un rojo sangre que parecía un presagio.
Fausto cerró los ojos un instante. Recordó la mañana de ese mismo día, cuando Sofía le dio un beso en la mejilla y le pidió que le trajera un helado de vainilla al regresar del trabajo. "Te lo prometo, mi princesa", le había dicho él. Esa promesa ahora pesaba más que todo su imperio.
De repente, a lo lejos, una silueta metálica brilló bajo el sol poniente. Era la camioneta de Ramiro, estacionada junto a una estructura derruida que alguna vez fue una estación de servicio.
—¡Apaguen las sirenas! —ordenó Fausto—. Rodeen el lugar. No quiero que tenga escapatoria.
El convoy se detuvo a unos quinientos metros. Los hombres bajaron con movimientos coordinados, como sombras que se fundían con el terreno. Fausto no se quedó atrás. A pesar de su edad, se movía con la agilidad de un depredador.
Llegaron a la periferia de la gasolinera. El viento soplaba con fuerza, arrastrando arena y el olor a gasolina vieja. Se escuchó un grito. Un llanto menudo, agudo, que perforó el corazón de Fausto. Era ella.
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