El rugido del desierto: La deuda que se paga con sangre y el rescate de un ángel

Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento de mayor tensión...

El llanto de Sofía era como un rayo que partía el alma de Fausto en dos. Se detuvo detrás de un tanque de almacenamiento oxidado, haciendo una señal a sus hombres para que se mantuvieran en posición. El Chino, a su lado, le indicó con señas que había dos hombres armados custodiando la entrada de la pequeña tienda de la gasolinera.

No era solo Ramiro. Había alguien más detrás de esto.

—Patrón, son gente de "El Alacrán" —susurró El Chino, reconociendo los tatuajes en el cuello de uno de los guardias—. Esto no es un simple secuestro por dinero. Es una declaración de guerra.

Fausto sintió que la sangre se le convertía en hielo. El Alacrán era su rival más encarnizado, un hombre sin códigos que disfrutaba con el sufrimiento ajeno. Que Ramiro se hubiera vendido a él era la máxima expresión de la bajeza humana.

—No me importa quiénes sean —respondió Fausto en un susurro cargado de veneno—. Si se interponen entre mi hija y yo, van a conocer el infierno antes de tiempo.

Fausto levantó su arma. No esperó a que los francotiradores se posicionaran. Sabía que cada segundo que pasaba, el riesgo para Sofía aumentaba. Con un movimiento rápido, salió de su cobertura y disparó dos veces. Los guardias cayeron antes de que pudieran siquiera levantar sus fusiles.

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—¡Entren ahora! —gritó Fausto, lanzándose hacia la puerta de madera podrida.

Sus hombres irrumpieron en el local, rompiendo ventanas y derribando la puerta trasera. El lugar estaba lleno de polvo, estantes vacíos y el eco de los disparos. En el centro de la habitación, bajo una luz mortecina que colgaba del techo, estaba Ramiro.

El chofer sostenía a Sofía por el brazo. La niña tenía los ojos hinchados de tanto llorar y las mejillas sucias de tierra. Al ver a su padre, un grito de esperanza escapó de su pequeña garganta.

—¡Papá! —chilló la niña, intentando zafarse.

Ramiro, temblando visiblemente, le puso una pistola en la sien a la pequeña. Tenía el rostro desencajado, sudoroso, el aspecto de un hombre que sabe que ya está muerto pero se niega a aceptarlo.

—¡Atrás! ¡Ni un paso más, Fausto! —gritó Ramiro con la voz quebrada—. ¡Te juro que lo hago! ¡Te juro que la mato!

Fausto se detuvo en seco. Sus hombres formaron un semicírculo alrededor de Ramiro, apuntando sus armas, pero nadie se atrevía a disparar. El silencio que siguió fue más aterrador que los balazos anteriores. Solo se escuchaba la respiración agitada de Ramiro y el sollozo ahogado de Sofía.

—Ramiro —dijo Fausto, bajando lentamente su pistola, aunque sin soltarla—. Mírame a los ojos. ¿Te acuerdas de cuando tu madre estaba muriendo en aquel hospital de la capital? ¿Te acuerdas de quién pagó a los mejores especialistas del país para salvarla?

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—¡Cállate! ¡Eso no importa ahora! —chilló Ramiro, apretando más el arma contra la cabeza de la niña. Sofía cerró los ojos con fuerza, temblando como una hoja.

—Importa todo, Ramiro —continuó Fausto, dando un paso corto hacia adelante, con voz suave, casi paternal—. Te di una vida. Te di mi confianza. Te entregué lo más valioso que tengo, que es la seguridad de mi hija. ¿Cuánto te ofreció El Alacrán? ¿Diez millones? ¿Veinte? ¿Crees que te van a dejar vivir después de esto?

—Él dijo que tú me ibas a matar tarde o temprano —sollozó Ramiro—. Dijo que solo eras un viejo usando a la gente. ¡Él prometió que me sacaría del país!

—Ramiro, mírame —Fausto dio otro paso—. Estás rodeado por los mejores hombres de la región. No hay salida. Pero si sueltas a la niña ahora mismo, te doy mi palabra de hombre... te dejaré ir. Te daré una hora de ventaja.

El Chino miró al patrón con sorpresa, pero no dijo nada. Todos sabían que la palabra de Don Fausto era ley, pero también sabían que nadie traicionaba al patrón y vivía para contarlo.

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Ramiro dudó. El arma temblaba en su mano. Miró a la niña, luego a Fausto, y luego a las sombras que lo rodeaban. El miedo y la culpa estaban librando una batalla épica en su interior. Por un momento, pareció que iba a bajar el arma.

Pero entonces, un teléfono celular sobre un mostrador cercano empezó a sonar. Era una videollamada. La pantalla mostró el rostro lleno de cicatrices de El Alacrán.

—¡Mátala, Ramiro! ¡Hazlo ya o mis hombres que están fuera de la casa de tu madre entrarán y terminarán el trabajo! —gritó la voz desde el teléfono.

El rostro de Ramiro se transformó. El pánico absoluto se apoderó de él. Sus ojos se volvieron blancos y el dedo comenzó a presionar el gatillo.

—¡Lo siento, patrón! —gritó Ramiro, cerrando los ojos.

En ese milisegundo, el tiempo se detuvo para Fausto. Vio el dedo de Ramiro contraerse. Vio el terror en el rostro de su hija. Y en ese instante, el hombre que había construido un imperio sobre la base de la fuerza comprendió que el poder no servía de nada si no podía proteger ese pequeño milagro de cinco años.

Sin pensarlo, Fausto se lanzó hacia adelante, no para disparar, sino para interponer su propio cuerpo entre la bala y su hija.

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