El último round del abuelo: el sacrificio que silenció a una multitud despiadada

Sé que no pudiste cerrar la ventana sin saber qué pasó después de que ese anciano dio el primer paso hacia la jaula; hiciste bien, porque lo que ocurrió allí dentro nadie se lo esperaba.
"¿De verdad vale tanto la pena, Samuel?", se preguntó el anciano para sus adentros, sintiendo cómo el frío del suelo de concreto le subía por las plantas de los pies, atravesando las gastadas suelas de sus zapatos. Sus manos, nudosas y marcadas por décadas de trabajo en el campo, temblaban levemente, pero no era por el miedo a la muerte, sino por el terror de fallarle a la pequeña Lucía.
El Buitre, con su traje de seda brillante y una sonrisa que parecía tallada en mármol frío, lo miraba desde arriba del estrado. Sus ojos, ocultos tras unas gafas oscuras incluso en la penumbra del sótano, destellaban con una mezcla de morbo y diversión. Para él, Samuel no era un hombre, era un objeto de entretenimiento, una curiosidad que haría que las apuestas se dispararan.
—¿Estás seguro, abuelo? —preguntó El Buitre, su voz resonando a través del sistema de sonido local, cargada de un sarcasmo que hizo que los presentes soltaran una carcajada colectiva—. Mira que el seguro médico no cubre "suicidios por cuenta propia".
Samuel no respondió de inmediato. Levantó la vista, buscando la cámara que transmitía el evento. En su mente, no veía el lente, sino el rostro pálido de su nieta en la cama del hospital, conectada a esas máquinas que pitaban rítmicamente, contando el tiempo que le quedaba si no conseguían el dinero para la operación del corazón.
—El dinero —dijo Samuel, con una voz que sorprendió a todos por su firmeza—. Solo quiero saber si los cincuenta mil dólares están listos. Si entro ahí y aguanto, mi nieta vive. Eso es lo único que me importa.
El Buitre soltó una carcajada estridente y señaló un maletín de aluminio que un guardaespaldas sostenía a su lado. Al abrirlo, el resplandor de los fajos de billetes de cien dólares pareció iluminar el rostro demacrado del anciano. Era una fortuna. Era la vida de Lucía envuelta en ligas elásticas.
—Aquí están, viejo loco. Pero no creas que te los vas a llevar por solo recibir un empujón. "La Bestia" no sabe lo que es la compasión. Él tiene hambre, y tú pareces un aperitivo muy ligero.
La multitud, compuesta por hombres de negocios con ganas de emociones fuertes y apostadores desesperados, comenzó a gritar. El ambiente estaba cargado de un olor a sudor, tabaco barato y algo más primario: la sed de sangre. El humo de los cigarrillos flotaba como una niebla sucia bajo las luces amarillentas.
Samuel comenzó a caminar hacia la jaula de hierro. Cada paso le pesaba como si llevara grilletes de plomo. A sus ochenta años, sus rodillas crujían con una protesta silenciosa, y el aire en sus pulmones se sentía escaso. Pero cada vez que sentía que iba a desmayarse, recordaba la promesa que le hizo a su hija antes de que ella falleciera: "Yo cuidaré de la niña, pase lo que pase".
Al llegar a la puerta de la jaula, un hombre gigantesco, con el torso cubierto de tatuajes y cicatrices, lo esperaba. Era "La Bestia". El luchador pesaba al menos tres veces más que Samuel y su mirada era la de alguien que ya no tiene alma. El gigante observó al anciano con una mueca de asco, como si le ofendiera tener que pelear con alguien tan frágil.
—No quiero matarte, abuelo —gruñó La Bestia, su voz era como el rugido de un motor viejo—. Vete a casa. Esto no es un juego.
—No es un juego para mí tampoco —respondió Samuel, entrando en el recinto y escuchando cómo el cerrojo de acero se cerraba tras él con un sonido definitivo—. Tú peleas por orgullo y por el aplauso de estos buitres. Yo peleo por el corazón de mi niña. Y el amor, hijo, golpea mucho más fuerte que cualquier músculo.
El Buitre se acercó a la rejilla, frotándose las manos. Miró a la cámara que transmitía en vivo para miles de personas en internet y rompió la cuarta pared con un guiño malicioso.
—Señoras y señores, lo que están a punto de ver no es una pelea. Es un milagro o una tragedia. ¿Podrá este anciano sobrevivir tres minutos contra la fuerza más bruta de la ciudad? Hagan sus apuestas, porque esto comienza... ¡ya!
La campana sonó, un eco metálico que vibró en los huesos de Samuel. El anciano cerró los ojos por un segundo, susurró una oración rápida y levantó sus puños temblorosos, mientras el gigante daba el primer paso hacia él, cerrando el espacio en medio de un silencio sepulcral que de pronto se apoderó del lugar.
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