El último round del abuelo: el sacrificio que silenció a una multitud despiadada

Seguimos exactamente donde quedó la escena, con el corazón en un hilo y la jaula cerrada...

La Bestia no se lanzó de inmediato. Había algo en la postura de Samuel que lo detenía. No era una postura de pelea técnica; era la postura de un hombre que ya no tiene nada que perder porque ya lo ha entregado todo. El gigante dio un paso lateral, midiendo al anciano. Samuel, a pesar de su debilidad física, mantenía los ojos fijos en el pecho del luchador, tratando de anticipar el primer movimiento.

—¡Muévete, animal! ¡Rómpele las costillas! —gritó un hombre desde la primera fila, lanzando un poco de cerveza hacia la jaula.

El Buitre observaba desde su silla de cuero, disfrutando de la tensión. Para él, esto era arte. El contraste entre la piel marchita del abuelo y los músculos aceitados del joven era una imagen que vendería miles de suscripciones.

De repente, La Bestia lanzó un jab rápido, casi de prueba. Samuel intentó esquivarlo, pero sus reflejos ya no eran los de un joven de veinte años. El puño, aunque solo rozó su mejilla, lo mandó directo contra las barras de metal. El impacto fue seco y doloroso. El anciano sintió el sabor metálico de la sangre en su boca.

—¡Levántate, viejo! —le gritó El Buitre con una sonrisa burlona—. ¡Apenas estamos empezando!

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Samuel se apoyó en los barrotes. Sus dedos se aferraron al metal frío. El dolor en su espalda era agudo, como si un rayo lo hubiera atravesado. Pero en su mente, vio la imagen de Lucía sonriendo, sosteniendo un dibujo que le había hecho en la escuela: un sol grande y un abuelo con capa de superhéroe.

"Solo tres minutos, Samuel. Solo tres minutos", se repetía a sí mismo mientras recuperaba el equilibrio.

La Bestia se acercó de nuevo. Esta vez no hubo duda. Lanzó un golpe directo al estómago. Samuel se dobló, el aire escapando de sus pulmones en un quejido sordo. Cayó de rodillas, golpeando el suelo con un estruendo que hizo que algunos en la audiencia apartaran la mirada. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de la respiración agitada del anciano.

—Uno... dos... tres... —empezó a contar el árbitro, un hombre con cara de pocos amigos que disfrutaba del conteo.

El Buitre se levantó de su asiento, acercándose a la jaula. —¿Eso es todo? ¿Tanta valentía para terminar en el suelo en treinta segundos? Qué decepción, abuelo. Tu nieta se va a quedar esperando.

Esas palabras fueron como un latigazo para Samuel. La mención de Lucía en la boca de ese hombre sucio le dio una fuerza que no provenía de sus músculos, sino de su alma. Con un esfuerzo sobrehumano, apoyó las manos en el suelo y comenzó a levantarse. Sus piernas temblaban como hojas al viento, pero se puso de pie.

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La Bestia se detuvo. Sus ojos, antes fríos, ahora mostraban una sombra de duda. Había golpeado a hombres mucho más fuertes que se habían quedado en el suelo pidiendo clemencia. ¿Por qué este viejo, que parecía que se rompería con un soplo, seguía de pie?

—Pégame otra vez —dijo Samuel, escupiendo un hilo de sangre—. Todavía estoy aquí.

El gigante rugió, frustrado por su propia indecisión, y lanzó una serie de golpes que Samuel bloqueó como pudo con sus antebrazos. Cada impacto sonaba como madera rompiéndose. La audiencia estaba en shock. Nadie gritaba ya. El morbo se había convertido en una especie de asombro sagrado. Estaban viendo a un hombre morir de pie por amor.

La Bestia lo agarró por el cuello de su camisa desgastada y lo levantó en el aire. Samuel era tan ligero que el gigante parecía no hacer esfuerzo alguno. —¡Pide que paren! —le susurró La Bestia al oído, con una urgencia que nadie más escuchó—. Si te golpeo de nuevo, te mataré de verdad. ¡Ríndete!

Samuel, con el poco aire que le quedaba, miró a los ojos del luchador. —No puedo... ella me está esperando... si me rindo, ella muere... mátame si quieres, pero no me rendiré.

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El gigante se quedó congelado. En ese momento, recordó por qué él mismo estaba en ese mundo de peleas clandestinas. Recordó a su propia madre, enferma y sin medicinas, y cómo él había aceptado ser "La Bestia" para que ella tuviera un plato de comida. Por un instante, el luchador y el abuelo no eran rivales; eran espejos de la misma desesperación.

El Buitre, notando que el ritmo de la pelea decaía, empezó a gritar desde fuera. —¡Mátalo de una vez! ¡He pagado por una ejecución, no por una charla de café! ¡Bestia, acaba con él ahora mismo o no verás un centavo de tu comisión!

La Bestia apretó los dientes. Sus músculos se tensaron. Levantó el puño para dar el golpe de gracia, un golpe que seguramente rompería el cuello del anciano. Samuel cerró los ojos, aceptando su destino, con el único deseo de que, aunque él muriera, alguien en esa sala tuviera la decencia de darle el dinero a su nieta.

El puño de La Bestia descendió con la velocidad de un rayo, directo a la sien de Samuel.

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