El valor de una mirada: Lo que el hombre del traje caro nunca pudo comprar

Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión sube de nivel...
Mateo miró el fajo de billetes de Rodrigo con una mezcla de lástima y desinterés.
No era la primera vez que alguien intentaba medir su valor por el grosor de una billetera, pero sí era la primera vez que lo hacían con tanta saña.
"No necesito que se arrodille, señor", dijo Mateo con una tranquilidad que descolocó a Rodrigo.
"Solo necesito que aprenda que la ropa no hace al hombre, ni el dinero le da derecho a pisotear a los demás".
Rodrigo, rojo de la rabia por ver que su táctica de intimidación no funcionaba, se volvió hacia el gerente.
"Ernesto, ya basta de juegos. Saca a este payaso de mi vista o me llevo mis negocios a la competencia".
El gerente, temiendo perder una comisión jugosa, puso su mano sobre el hombro de Mateo, intentando empujarlo suavemente hacia la salida.
"Vamos, muchacho, ya tuviste tu minuto de gloria. No hagas que llamemos a la policía", ordenó Ernesto.
Mateo se soltó del agarre con un movimiento seco pero elegante.
"No es necesario que me toque. Me iré, pero antes, me gustaría que revisara algo en su sistema de ventas".
Rodrigo se cruzó de brazos, soltando un bufido de impaciencia.
"¿Qué sistema? ¿Vas a pedir un crédito a cien años?", se burló el millonario.
Mateo ignoró el comentario y miró fijamente a Ernesto.
"Busque el pedido número 7740-B. Se realizó hace tres meses bajo el nombre de 'Industrias Horizonte'".
El nombre de la empresa hizo que Ernesto se detuviera en seco.
Industrias Horizonte era el conglomerado tecnológico que había estado comprando propiedades en la zona industrial y del cual nadie conocía al dueño real, solo a sus abogados.
"¿Industrias Horizonte? Esa es la empresa que compró el lote de vehículos corporativos la semana pasada...", murmuró Ernesto, su tono de voz bajando varios octavos.
"Exactamente", confirmó Mateo. "Y en ese pedido, había un artículo especial. Un regalo de agradecimiento para el director ejecutivo por el cierre del año fiscal".
Rodrigo soltó una risa nerviosa, sintiendo que el suelo empezaba a volverse inestable bajo sus pies.
"No me digas que ahora eres el mensajero de Industrias Horizonte. Eso explicaría tu ropa de obrero".
Mateo finalmente sonrió. Fue una sonrisa llena de una sabiduría que no correspondía a su edad.
"No soy el mensajero, Rodrigo. Yo fundé Industrias Horizonte en un garaje, usando la misma ropa que llevo puesta hoy".
El silencio que siguió fue absoluto. Podría haberse escuchado caer un alfiler en el otro extremo del local.
Ernesto corrió hacia su terminal de computadora, sus dedos temblaban mientras tecleaba el código que Mateo le había dado.
Rodrigo se quedó petrificado, observando cómo el rostro del gerente pasaba del escepticismo al pánico absoluto.
"Señor... Don Rodrigo...", tartamudeó Ernesto, mirando la pantalla.
"El coche... este deportivo negro... ya no está en venta".
Rodrigo sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.
"¿Qué quieres decir con que no está en venta? ¡Yo vine hoy específicamente a poner el depósito!"
Ernesto tragó saliva, mirando a Mateo con unos ojos que suplicaban perdón.
"Fue pagado en su totalidad hace dos horas mediante transferencia bancaria. El contrato está a nombre de Mateo Salvador... el dueño de Industrias Horizonte".
Mateo caminó lentamente hacia el frente del vehículo, donde el emblema de la marca brillaba con orgullo.
Rodrigo estaba pálido. Sus manos, que antes agitaban billetes, ahora buscaban desesperadamente algo de qué sostenerse.
"No puede ser...", alcanzó a decir Rodrigo. "Tú... tú estabas aquí parado como un mendigo".
"Estaba esperando a que terminaran de prepararlo", explicó Mateo con sencillez.
"Me gusta venir así, sin trajes caros, para ver cómo trata la gente a quienes consideran inferiores. Es una buena forma de saber con quién no debo hacer negocios".
Mateo se volvió hacia el gerente, quien parecía estar a punto de desmayarse.
"Ernesto, me decepciona. Su empresa recibió una transferencia de mi parte por una suma considerable, y usted casi me echa a la calle por orden de un hombre que ni siquiera ha sacado su chequera".
"Señor Salvador, le ruego me disculpe, yo no sabía... yo pensé...", balbuceó el gerente.
"Ese es el problema de este mundo, Ernesto. La gente piensa demasiado en las apariencias y muy poco en la decencia".
Rodrigo, en un último intento por salvar su ego herido, trató de hablar.
"Escucha, muchacho... Mateo. Fue un malentendido. Uno ve a alguien así y... bueno, tú entiendes".
Mateo lo miró con una frialdad que hizo que Rodrigo retrocediera un paso.
"No, Rodrigo. Yo no entiendo. No entiendo cómo alguien puede sentirse superior por tener un traje de mil dólares mientras su alma no vale ni un centavo".
Mateo metió la mano en su bolsillo, buscando algo que cambiaría la tarde para siempre.
Rodrigo y el gerente observaban cada movimiento, como si estuvieran viendo una película de suspenso.
"Dijiste que este coche cuesta más de lo que veré en tres vidas", recordó Mateo.
"Pero te equivocas. Este coche es solo una herramienta. Lo que realmente no podrías pagar es la educación que mi padre me dio en ese taller mecánico donde aprendí a trabajar".
Mateo sacó un objeto metálico y pequeño.
Rodrigo todavía no podía creerlo. Su mente se negaba a aceptar que el joven al que había humillado era el dueño de la fortuna que él tanto envidiaba.
"¿Quieres ver si el coche realmente me pertenece?", preguntó Mateo con un tono desafiante pero educado.
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