La cancha a las tres de la tarde: el día que un balón de goma le cambió la vida a El Gato

Lo que empezaste a leer allá afuera no era un rumor, era una confesión, y aquí es donde el polvo del patio se convierte en memoria. — ¿Y si no lo suelto, qué? —dijo El Gato con la voz tan serena que hasta el viento pareció frenarse para escucharlo.

El sol caía a plomo sobre el patio de la penitenciaría, ese rectángulo de cemento gris que a las tres de la tarde se convertía en un horno donde los sueños se derretían más rápido que el hielo en un vaso de agua tibia. La cancha de baloncesto, con su aro oxidado y la red hecha jirones, era el único lugar donde los presos fingían que todavía tenían algo por lo que pelear.

Y allí estaba él, El Gato, un chico de veintitrés años, flaco como un alambre y con ojos que no parpadeaban cuando miraban de frente. Lo habían apodado así desde niño, por aquella manera felina de caer siempre de pie y de aparecer donde menos lo esperabas. Pero ese día, su apodo no le iba a servir de nada.

Frente a él, como una montaña de músculos y malas intenciones, se plantaba El Buitre.

El Buitre llevaba siete años mandando en esa cárcel. Siete años de imponer su ley a base de golpes y silencios. Siete años en los que nadie, ni el más valiente o el más loco, se había atrevido a decirle que no. Tenía el cuello ancho como un toro, los brazos llenos de tatuajes hechos con tinta de bolígrafo y una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha como un relámpago permanente.

Todo el patio los estaba mirando.

El balón de baloncesto, color naranja desgastado, descansaba bajo el brazo de El Gato. No era un balón especial. Estaba gastado, con el cuero pelado en varias partes y la cámara de aire que se asomaba por un costado. Pero era el único balón de la cárcel, y eso lo convertía en un tesoro.

—Te lo dije una vez, te lo voy a decir otra —masculló El Buitre, dando un paso al frente—. Acá las cosas se hacen como yo digo. ¿Y yo digo que ese balón es mío?

El Gato no se movió un centímetro.

Tenía la camiseta blanca sudada pegada al pecho y un pantalón de buzo azul que le quedaba grande. No parecía un héroe. Parecía un pendejo que no medía las consecuencias, que no entendía que en la cárcel las palabras pesan más que los golpes y que desafiar al equivocado puede costarte la vida.

—Yo lo encontré primero —dijo El Gato, con ese tono calmo que desconcertaba a todos—. Las cosas se respetan.

Un murmullo recorrió el patio. Cincuenta presos, tal vez más, se habían ido acercando en silencio formando un círculo alrededor de los dos hombres. Los más viejos se santiguaban mentalmente. Los más jóvenes contenían la respiración.

Porque todos sabían lo que pasaba cuando alguien le llevaba la contra a El Buitre.

El Hombre Araña, apodado así por aquellos tatuajes de telarañas que le cubrían los brazos, fue el último que lo intentó. Lo encontraron tres días después en la enfermería, con la mandíbula rota y dos costillas quebradas. Nadie dijo nada. Nadie hizo nada. Así funcionaban las cosas ahí dentro.

Y ahora, este flaco de cara limpia y ojos tristes, este muchacho que hacía apenas tres meses que había llegado por un robo de poca monta, estaba mirando a El Buitre como quien mira una mosca molesta.

—¿Sabés quién soy? —gruñó El Buitre, dando otro paso.

—Sé quién sos —respondió El Gato—. Por eso mismo no te tengo miedo.

El silencio se hizo tan denso que se podían oír las palomas arrullando en el techo de la celda de castigo.

Alguien, al fondo, soltó una risita nerviosa que se apagó al instante. El Gato se pasó la lengua por los labios secos. Sentía el corazón golpeándole el pecho con fuerza, pero su rostro no delataba nada. Había aprendido a esconder el miedo desde niño, cuando su padre llegaba borracho a casa y él tenía que fingir que no le temblaban las piernas.

—¿No me tenés miedo? —repitió El Buitre, y una sonrisa torcida le cruzó la cara—. Eso es porque sos nuevo, pendejo. No sabés lo que te espera.

—Sé exactamente lo que me espera —dijo El Gato, apretando el balón contra su pecho—. Pero también sé que no vas a hacer nada.

Otro murmullo. El Buitre lo miró entrecerrando los ojos. Algo en la seguridad de ese chico no cuadraba. Nadie en la cárcel confiaba tanto en sí mismo sin tener respaldo, sin tener algo guardado bajo la manga.

—¿Y por qué no voy a hacer nada? —preguntó El Buitre, hinchando el pecho.

El Gato sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero que encendió las alarmas de todo el patio.

—Porque sabés que si me tocás, el que te va a caer encima no soy yo.

La frase flotó en el aire como un golpe de calor. ¿Quién era ese pibe para amenazar al rey del patio? ¿Tenía familiares adentro? ¿Amigos conectados? Nadie sabía nada de El Gato más allá de que había llegado en marzo por robo a una casa, que no recibía visitas y que pasaba las tardes leyendo libros viejos de la biblioteca del penal.

Pero había algo en sus ojos. Algo que decía que no estaba mintiendo.

El Buitre dudó. Y en la cárcel, la duda es el primer paso hacia el abismo.

Pasaron unos segundos eternos. El sol seguía cayendo, el cemento seguía quemando, y los dos hombres seguían frente a frente sin que ninguno diera su brazo a torcer. El silencio se podía cortar con un cuchillo, y algunos presos ya empezaban a hacerse hacia atrás, buscando refugio por si la violencia estallaba.

Entonces El Gato hizo algo inesperado. Le dio un bote al balón.

Toc, toc, toc.

El sonido rebotó en las paredes de concreto como un latido artificial. Dio dos pasos hacia la cancha, ignorando al Buitre por completo, y se agachó para encestar un tiro aparentemente inocente. El balón giró en el borde del aro, dio tres vueltas completas, y cayó adentro con esa música única que solo el cuero contra la red sabe producir.

El Buitre lo miró hacer, con la sangre subiéndole a la cara. Esa estrategia de ignorarlo era peor que cualquier palabra. Era un desafío directo. Era una declaración de guerra en el silencio de la tarde.

—Te estás buscando la muerte, pendejo —gruñó, apretando los puños.

Y la muerte llegó.

No con un susurro ni con una amenaza.

Llegó con un puñetazo directo a la cara, con todas las fuerzas del Buitre concentradas en ese golpe que había tumbado a más de un hombre en su vida.

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El patio entero contuvo la respiración.

Pero El Gato no estaba donde el golpe iba a caer.

Fue un movimiento tan rápido que nadie lo vio venir. Un giro de cintura, un paso al costado, la cabeza que se ladea como si el golpe fuera una brisa. El puñetazo de El Buitre atravesó el aire vacío y el impulso lo arrastró hacia adelante, desequilibrado, vulnerable.

Y fue entonces que El Gato movió su pie derecho.

Un golpe seco, limpio, contra la parte posterior de la rodilla izquierda del Buitre. Sin fuerza bruta. Sin necesidad de más. Un movimiento calculado para que el propio peso del agresor hiciera el trabajo.

El Buitre cayó.

Cayó de rodillas sobre el cemento caliente, con un sonido sordo que retumbó en la cancha como una campanada.

Los dos quedaron frente a frente. El Buitre de rodillas, humillado. El Gato de pie, con el balón recogido, mirándolo desde arriba con una expresión que no era de burla ni de triunfo.

Era de calma.

—Andá a calmarte —dijo, y le dio la espalda.

El patio entero estalló en un silencio más atronador que cualquier grito.

Un preso levantó la mano con una risa nerviosa que se convirtió en carcajada contagiosa. Otro aplaudió sin querer. Y otro, uno que llevaba quince años ahí dentro, susurró una frase que pasó de boca en boca hasta convertirse en leyenda:

—El Buitre nunca va a levantar cabeza después de esto.

Porque en la cárcel no hay peor castigo que perder el respeto frente a todos. El miedo se construye sobre una reputación que se alimenta de cada victoria, de cada conquista, de cada golpe. Y el golpe que había recibido El Buitre no había sido un puñetazo: había sido una humillación en tiempo real ante cincuenta testigos.

El Buitre seguía de rodillas, con las manos apoyadas en el cemento, respirando con dificultad. No por el golpe, que había sido mínimo. Sino por la ira, por la vergüenza, por ese veneno que le corría por las venas como fuego líquido.

Cuando por fin levantó la cabeza, el patio entero sintió que el corazón se les caía al suelo.

Porque esa mirada no prometía venganza.

Esa mirada prometía muerte.

—Vas a pagar esto —masculló, con la voz tan apretada que apenas se le entendía—. Te voy a buscar hasta que te encuentre, y te voy a hacer mierda por partes.

El Gato, que ya se alejaba con el balón bajo el brazo, se detuvo medio segundo.

No se dio vuelta.

No respondió.

Siguió caminando hacia la sombra de la galería, con paso tranquilo, como si nada hubiera pasado.

Fue una actitud que dejó todavía más huella entre los presos. Porque cualquiera que hubiera ganado esa pelea habría corrido a esconderse o se habría jactado de la victoria. Pero ese chico ni siquiera miró atrás.

Como un gato, pensó el preso de quince años, que siempre aterriza de pie y se va como si nada.

Dentro de la celda 14, con la puerta cerrada y el corazón todavía latiendo con fuerza, El Gato se sentó en el borde de la cama y dejó el balón a sus pies. La ventana dejaba pasar una luz naranja que pintaba las paredes de colores tristes. El ruido del patio llegaba amortiguado: risas, gritos, el sonido mecánico de los barrotes.

—¿Qué hiciste, pelotudo? —se dijo a sí mismo en un susurro—. ¿Qué mierda hiciste?

Pero en el fondo lo sabía. Había hecho lo que tenía que hacer. Había llegado el día en que alguien tenía que parar a El Buitre, y ese alguien, por más improbable que pareciera, había sido él.

Y ahora el tiempo corría.

Porque la promesa de El Buitre no era una promesa vacía. En la cárcel las palabras tienen peso, y las amenazas se cumplen tarde o temprano. El Buitre buscaría el momento, el lugar, la situación perfecta para atacar cuando nadie lo viera, porque su reputación ya no le permitía hacerlo de frente.

No en público. No otra vez.

El Gato lo sabía. Lo sabía mejor que nadie.

Porque él no había llegado ahí por casualidad. Había llegado por el mismo de siempre: un robo a una casa del barrio, una cámara que lo grabó, un juicio rápido y una condena que le había arrancado la juventud de las manos. Tres meses adentro. Ocho años más por delante.

Ocho años.

Pero lo que nadie sabía, lo que El Gato guardaba como un secreto bajo siete llaves, es que él no tenía nada que perder. No tenía familia esperándolo. No tenía a nadie que llorara por él. No tenía planes para salir de ahí, ni sueños, ni esperanza.

Y eso, en un lugar como la cárcel, lo convertía en el hombre más peligroso del patio.

Porque un hombre que no tiene nada que perder no negocia. No retrocede. No tiene miedo.

Esa era la verdad que le había dado fuerzas esa tarde. Esa era la verdad que lo había hecho enfrentar al Buitre sin siquiera dudarlo.

Tres semanas pasaron.

Tres semanas de tensión palpable, de miradas cruzadas en el comedor, de cuchillos que se escondían y pistolas que no existían pero que se rumoreaban. Tres semanas en las que El Buitre desapareció casi por completo del patio, encerrado en su celda, maquinando algo.

Y El Gato no se relajó.

Sabía que la venganza del Buitre no iba a ser un golpe a mano limpia. Iba a ser algo más oscuro, algo más permanente. Metió el balón en una bolsa y lo escondió bajo su cama. No fue a la cancha ni un solo día.

La tensión se cortaba con las manos. Como cuando flota en el aire esa energía antes de que estalle una tormenta eléctrica.

El patio había cambiado después de aquella tarde. Los presos lo saludaban a lo lejos, bajando la mirada con respeto. Algunos le pedían consejos. Otros lo evitaban por miedo a verse envueltos en la guerra que se venía. Las apuestas corrían por los pasillos: ¿cuándo caería El Gato?

Cada noche, antes de dormir, El Gato repasaba aquella escena en su cabeza mil veces. El vuelco de la muñeca del Buitre. El pitido de la condena. El crujido del hueso que nunca llegó.

Y cada noche se preguntaba si había hecho bien.

La sorpresa llegó el día veintidós.

Un preso viejo, de esos que ya no hablaban con nadie, se le acercó en el patio mientras El Gato leía un libro en el rincón más sombrío, con la espalda pegada a la pared para tener todo a la vista.

—Pibe —dijo el viejo, con la voz aguardentosa y las manos marcadas por años de trabajo duro—. Tengo algo que contarte.

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El Gato levantó la vista del libro pero no dijo nada.

—Ese día, la tarde del balón —continuó el viejo—, yo estaba sentado en la grada vieja, la que está rota, la que nadie usa.

El Gato asintió.

—Vi todo —dijo el viejo, y hay que escucharlo decir “todo” con esa entonación que significa mucho más que todas las palabras que existen—. Vi cuando te esquivas del puñetazo. Vi cómo caes de rodillas. Vi la mirada del Buitre.

El Gato esperó.

—Pero también vi algo que nadie vio —dijo el viejo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Vi con qué se fue el Buitre después.

Y entonces el viejo sacó de su bolsillo un cuchillo. No un cuchillo grande, sino uno pequeño, hecho con una cuchara del comedor afilada contra el cemento hasta lograr un filo mortal.

—Lo encontré tirado en el lugar donde estaba el Buitre —dijo—. Te lo estaba esperando a vos. Se te cayó cuando caíste de rodillas.

El Gato miró el cuchillo.

Un cuchillo hecho a mano. Único. Imposible de rastrear.

—No tengo idea de quién es —dijo, y por primera vez en semanas, su voz sonó casi quebrada—. No lo vi.

El viejo asintió con una sabiduría que solo da el haber visto demasiado.

—Esa es la cuestión, pibe. Nadie lo vio hasta ahora. Y ese cuchillo significa dos cosas. Está el que lo usó para intentar clavarte por la espalda. Y está la pregunta de quién lo dejó ahí para que vos lo encontraras.

El Gato tomó el arma improvisada y la sopesó en la palma de la mano. El metal frío le pegaba contra la piel como una respuesta. Cualquiera hubiera visto solo un cuchillo oxidado. Pero él vio algo más.

Vio que la venganza que le prometieron no venía de frente.

Vio que la justicia, en la cárcel, se escribe con la punta de un arma escondida.

No dijo nada. Devolvió el cuchillo al viejo y se puso de pie, con el corazón golpeteando como un tambor.

Esa noche, El Gato durmió con un ojo abierto y el otro cerrado. Esa noche entendió que la humillación que le hiciera al Buitre no se cobraría con un puñetazo bien dado, sino que se cobraría con la vida.

Y lo que más le dolía no era que el Buitre estuviera detrás de él.

Lo que más le dolía era que ya no sabía en quién confiar.

Porque en la cárcel no hay amigos. Solo hay intereses.

Quien te sonríe hoy, te puede dar el cuchillazo mañana por la espalda.

El patio se convirtió en un campo minado. Cada mirada, cada susurro, cada movimiento parecía parte de una coreografía invisible que bailaba al ritmo de la paranoia. El Gato dejó de ir al comedor, mandando a otro preso a buscarle la bandeja. Cambió su horario de sueño. Durmió de día, cuando el sol y los guardias lo protegían, y veló de noche con los ojos clavados en la oscuridad.

Tres semanas más.

Veintidós días de silencio total por parte del Buitre, que seguía encerrado en su celda sin salir siquiera al patio.

Veintidós días en los que el miedo se fue convirtiendo poco a poco en rutina, y la rutina en algo parecido a la paz.

Hasta que un jueves, a las diez de la mañana, en el patio con el sol en su punto más alto, El Buitre apareció de nuevo.

No estaba furioso. No estaba gritando.

Estaba tranquilo. Sonriendo. Caminando recto hacia la celda 14, con un grupo de tres presos detrás que hacían las veces de guardia personal.

El Gato lo vio venir desde lejos, sentado en su lugar habitual, con el libro abierto en el regazo y uno de esos palos que había escondido a la vista, disimulado por una revista.

—Gato —saludó El Buitre, con una calma que sonaba a funeral—. Vine a hablar.

—Hablá —dijo El Gato, sin parpadear.

El Buitre se sentó frente a él, a unos tres metros de distancia.

—Ese día me pasé de la raya —dijo, y el patio entero se hizo un nudo en el estómago—. No tenías por qué aguantarme. Tuviste huevos que nadie había tenido.

El Gato no respondió. Lo dejó hablar.

—Estuve pensando —continuó El Buitre—. Mucho tiempo encerrado. Y llegué a la conclusión de que no quiero guerra con vos. Ya tuve demasiadas guerras.

La sorpresa recorrió el patio como una chispa. Los presos que escuchaban se miraron entre ellos, incrédulos.

—Propongo un pacto —dijo El Buitre extendiendo la mano—. Vos te quedás con tu balón. Yo me quedo con mi trono. Nadie toca a nadie.

El Gato miró la mano extendida.

Miró esos dedos gruesos, llenos de cicatrices y tinta de tatuaje.

Miró esa oferta de paz que llegaba demasiado fácil, demasiado rápido, después de semanas de silencio y amenazas.

Algo no cuadraba.

Un viejo refrán de la cárcel decía: “Cuando el enemigo se vuelve amigo tan rápido, es porque te está preparando el banquete de tu propio funeral”.

—¿Y el cuchillo? —preguntó El Gato, sin tomarle la mano.

El Buitre frunció el ceño.

—¿Qué cuchillo?

—El que me querías enterrar en la espalda desde aquel día.

El Buitre lo miró un momento. Después miró al suelo. Después, para sorpresa de todos los presentes, se rio. Y no fue una risa nerviosa. Fue una risa cansada, como la de un hombre que ya no quiere seguir peleando esa guerra.

—Ese cuchillo no era mío —dijo—. Yo nunca llevo armas a la cancha. Mi reputación me alcanza.

—Pero alguien lo llevó —insistió El Gato—. Y eso significa que alguien quiere que estés detrás de mí.

El Buitre se quedó en silencio. Y en ese silencio se abrió un abismo.

Porque las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con una claridad incómoda. El cuchillo no lo llevaba el Buitre. El Buitre había querido la venganza, sí, pero quería una venganza cara a cara, con los puños, como todas las suyas. El cuchillo escondido era la sombra de otra persona.

De alguien que quería ver a los dos acabarse mutuamente.

De alguien que esperaba que ese conflicto dejara el trono vacío.

De alguien más joven, más ambicioso, más frío, que había estado observando con paciencia desde afuera, esperando el momento de hacerse con el control del patio.

Y entonces, esa misma noche, mientras los dos enemigos dormían en sus celdas, el patio entero empezó a susurrar el nombre que todos conocían pero nadie se atrevía a nombrar en voz alta.

El Gato escondió el balón en el último cajón de su armario, debajo de ropa vieja y cartas nunca enviadas. No por el balón en sí, sino por lo que representaba: aquella tarde de sol en la que el chico que tenía miedo se decidió a ser valiente.

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El Buitre volvió a su celda sin mirar atrás.

Y el patio volvió a la normalidad, si es que en la cárcel existe algo parecido al silencio y a la calma.

A la mañana siguiente, descubrieron al Rastrillo en la enfermería con dos costillas rotas y la mano derecha pisada, como si alguien hubiera querido dejar claro que algunas trampas no se olvidan.

El día corrió igual que siempre. Las mismas rutinas, los mismos tormentos, las mismas horas que se arrastran como lombrices bajo el sol. Pero cuando el cielo comenzó a teñirse de un naranja moribundo y las luces del patio se encendieron con su parpadeo amarillento, todos supieron que ese era el momento.

Los presos empezaron a salir de sus celdas uno a uno, con pasos quedos, para ubicarse en los pasillos y mirar hacia el patio de la cancha.

El Gato bajó las escaleras con el balón bajo el brazo.

Solo.

Igual que el día que había llegado. Igual que el día que había plantado cara al miedo.

Cuando llegó a la cancha, el Buitre ya estaba allí, con las manos en los bolsillos, esperándolo como si hubieran quedado en verse. No había armas visibles. No había escoltas. El sol de la tarde se estaba poniendo como un telón de fondo.

—Sabés que esto no termina acá —dijo El Buitre.

—Sé que no termina —dijo El Gato.

—Esa gente no se va a quedar tranquila. La que te quiere muerto sigue afuera, esperando.

—Y sin embargo, acá estás caminando hacia mí, Buitre. De frente.

El Buitre sonrió por primera vez con honestidad.

—Porque aprendí que las cosas se resuelven mejor hablando que matando. Tardé siete años en aprenderlo, pero acá estoy.

El Gato asintió.

Y fue entonces, en el minuto más silencioso de aquella tarde, que los dos hombres se acercaron y caminaron juntos hacia el centro de la cancha.

No se dieron la mano.

No hicieron un pacto.

Solo compartieron el mismo espacio, el mismo aire, la misma verdad incómoda de que a veces el peor de tus enemigos termina siendo la única persona que entiende tu historia desde dentro.

La noticia del acuerdo se esparció como pólvora.

El patio se dividió en dos: los que vitorearon la paz y los que la sintieron como un balde de agua fría.

Los tres que rodeaban al Buitre en aquella aparición del jueves desaparecieron de circulación por completo, absorbidos por el silencio que la cárcel reserva para los traidores. El Rastrillo desapareció de la enfermería una noche y nadie volvió a verlo en el patio común.

El balón de basquetbol, el mismo que había sido el detonante de toda esa historia, se convirtió en el símbolo de la paz.

Se guardaba bajo llave en el centro de la cancha, dentro de una vitrina improvisada hecha con madera y un vidrio que alguien donó de la biblioteca. Solo se usaba los domingos, cuando el patio se llenaba de partidos amistosos, de risas, de momentos que aunque fueran breves, recordaban a esos hombres que todavía les quedaba algo por lo que vivir.

El Gato y El Buitre no se volvieron amigos.

No tenían que serlo.

Pero se respetaban, y en un lugar donde el respeto es la moneda más valiosa, eso valía más que cualquier amistad.

Los años pasaron.

El Gato salió en libertad condicional después de cumplir la mitad de su condena, seis años después de aquella tarde del sol y el balón. El Buitre todavía estaba adentro, cumpliendo una condena más larga, pero con una fama distinta a la que había construido antes.

La última vez que se vieron fue en la puerta de la salida.

—No te vuelvo a ver, ¿no? —preguntó El Buitre, con la voz ronca y un cigarro apagado en la mano.

—No sé —dijo El Gato—. El mundo es chico.

—Cuídate.

—Vos también.

Y se dieron la mano.El Gato salió a la calle con un bolso marrón al hombro y el recuerdo de aquel balón caminando a su lado.

Cruzó la puerta de la cárcel y el sol lo recibió con el mismo calor de aquella tarde, con la misma luz naranja que lo había visto pararse frente al Buitre sin doblarse. Dio unos pasos y luego se detuvo.

Se dio vuelta.

Y miró el edificio gris que lo había guardado durante años como una segunda piel.

Algo le quedó claro en ese momento: nunca volvería a tener miedo. No de esa manera, no de ese modo que te traba los pies y te nubla la cabeza. Porque la valentía no es no tener miedo. El había aprendido eso en la cárcel, con un balón naranja en las manos, con el corazón a mil, con el puño del Buitre viniendo hacia su cara.

La valentía es sentir el miedo y avanzar hacia él.

Y él se había ido a dormir muchas noches con el miedo apretándole la garganta, y sin embargo, al otro día, se levantaba, iba al patio y se sentaba en su rincón con un libro en las piernas, y respiraba, y seguía viviendo.

En la cárcel de todo se aprende.

Y él había aprendido a vivir, y no a sobrevivir.

Cuando por fin se alejó de la reja, caminando por la calle polvorienta hacia la ciudad, llevaba en el bolsillo una foto arrugada: la del día en que el sol estaba en su punto más alto y una cancha vacía los esperaba.

No había balón en la foto.

No había Buitre.

No había público.

Solo él, con la mirada en alto, con las manos en los bolsillos, esperando con la calma de quien ya entendió que no importa tanto cuántas veces te caigas, sino cuántas veces te levantas.

Esa misma noche, en una habitación prestada, con una cama que crujía cada vez que se movía y la luz opaca de una lámpara amarilla, El Gato sacó de su bolso el libro que había estado leyendo aquella tarde.

Entre las páginas, doblada, estaba la foto.

Y debajo de la foto, escrito con una letra pequeña y firme, un mensaje que había estado guardado todos esos años sin que nadie lo supiera:

_El balón no importaba.

Lo que importaba era recordarme que hay cosas que valen la pena proteger aunque duelan._

Afuera, la noche caía como una cobija negra sobre la ciudad.

Y en la cama prestada, el Gato cerró los ojos, sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, soñó con una cancha de basquetbol bajo el sol de la tarde.

Sin Buitre. Sin miedo.

Solo la red, el aro, y un balón naranja describiendo un arco perfecto hacia el cielo.

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